Llevamos una semana durísima. No solo por el shock que supone tomar conciencia de que en España hay ébola y no se conoce en qué medida está incubándose, sino por la reacción política ante una crisis de resultado incierto. Y no solo, ni prioritariamente, de resultado electoral. Es cierto que en todo este asunto está presente una “marea blanca” de protestas y quejas por recortes y reestructuraciones en la Sanidad madrileña que no podemos ignorar. Hacerlo supondría obviar un factor que puede haber multiplicado el extremismo en determinadas actitudes. Sin embargo, manteniendo a raya la visceralidad, es imprescindible analizar cuál ha sido el comportamiento de quienes deben velar por la salud y la seguridad de todos nosotros. Ayer alguien se quejaba de que el contagio de ébola era un tema de salud y no político. Discrepo. Desde luego, lo urgente y primordial es la vida de las personas pero ésta, sobre todo cuando se trata de personal sanitario del sistema público de salud, está en manos de las administraciones, de sus medidas, de sus recursos y del cumplimiento de sus protocolos. En definitiva, es un asunto político.
El problema de las crisis, como la que vivimos desde hace 72 horas, es que ponen a prueba a los gobernantes. Dirigir un país en tiempos de bonanza y de aplauso público es muy fácil. Hacerlo en momentos de escasez y de irascibilidad es lo que da la medida de un jefe. Y ahí es donde todo falla. La crisis nos está devolviendo una imagen de mediocridad en la clase gobernante que pocas veces hemos visto. No están a la altura ni de los retos ni de las necesidades de los ciudadanos. No se trata solo de no saber estar en una rueda de prensa sino de considerar a ciudadanos y medios como enemigos. Por difícil que sea dar la cara, hay que darla aunque a uno se la rompan mil veces. Una crisis como ésta requiere un gabinete de expertos con un político de prestigio al mando y un portavoz bien entrenado al lado para dar sensación de seguridad y criterio. No se trata de ofrecer engañifas a la prensa para salir del paso sino de saber responder a sus preguntas que son muchas de las que se hace el ciudadano. El portavoz no está para echar balones fuera sino para contestar de forma comprensible sobre cuestiones médicas a periodistas y lectores, que no son especialistas. En lugar de eso hemos visto a responsables ocultos, con mensajes dispersos y notable incontinencia verbal. Las opiniones personales sobran. Si, además, son imprudentes e hirientes, mucho más. No sé si los protocolos sanitarios se cumplieron o no pero desde luego los informativos son un verdadero desastre. No es animadversión ni maniobra política de oscura intención pero alguien debería hacer examen de conciencia. Lo peor no era el perro pero aquello demostró lo que hemos visto multiplicado por mil: nerviosismo, improvisación y desamparo.