Si hay algo que sorprende desde un inicio en la deriva secesionista de Cataluña es la inexistencia de plan B. Cualquier buen estratega y hasta un sencillo abogado defensor plantea varios escenarios posibles y distintos modos de lograr el mismo objetivo. O, como mínimo, una pena alternativa a la peor, en caso de que las conclusiones del tribunal perjudiquen a su cliente. Bien lo sabe el ajedrecista que debe estar preparado para todos los movimientos que pueda hacer su oponente. Si mueve el alfil, él cubre al rey con la reina y si mueve el caballo, lo protege con la torre. Nada hay más suicida que planear una sola ruta para conseguir lo que se pretende. Aunque sea llegar al mismo punto. A veces la alternativa es hacer un camino más largo, dejar pasar un tren o volver al punto inicial para empezar de cero. Hasta en la conquista amorosa, no debe descartarse ninguna opción, incluso la renuncia presente y la búsqueda de un momento más oportuno, dentro de varias décadas, si fuera necesario.
Nada de todo eso ha sido contemplado por Artur Mas y quienes le están empujando al precipicio. Él, por sobrevivir políticamente al hundimiento de Convergència y los otros, por utilizarlo a él de escudo humano. Al final, su fracaso no puede ser mayor. La CUP quiere a otro candidato. Posiblemente el suyo, aunque no lo digan. Artur Mas no pasará a la historia por ser un héroe –aunque así lo crea en su enajenación- sino un insensato que se inmoló sin necesidad y sin tan siquiera un poco de agradecimiento. Ayer mismo lo vimos de nuevo: quienes lo han usado para que hiciera lo que ellos no han podido lograr durante cuarenta años al carecer de suficientes apoyos en la sociedad catalana, ahora lo dejan caer y piden el recambio.
En Cataluña no hay plan B. La elección es independencia o independencia. Ante eso la única vía que tiene el Estado es otra disyuntiva falsa: legalidad o legalidad. Sin embargo, tanto unos como otros deberían haber buscado un plan B con todas sus fuerzas. Diría más: aunque fuera oculto; aunque lo hubieran hablado en privado; aunque hubieran pactado con intermediarios. Ciertamente, en estos tiempos, no se puede negar transparencia a nuestros gobernantes pero entiendo que a veces hay que dar pasos sin focos ni cámaras, porque abrir el debate antes de tiempo puede frustrar el objetivo. Y aquí el objetivo era evitar el choque sin ceder soberanía. En lugar de eso han enfrentado, dividido y sembrado la discordia. Tropezaban, casi sin poder evitarlo, con el mensaje que unos y otros querían ofrecer a sus seguidores. Rajoy, de firmeza y Mas, de patriota, confundiendo sus intereses con los de todos. A ambos hay que reprocharles que les haya podido más esa exigencia que un final feliz para todos aunque les quemara a ellos en la hoguera. Terminará por devorar a ambos. Esperemos, al menos, que sea solo a ellos.