Esperemos que el presidente iraní no necesite visitar Valencia para hacer negocios con la Comunitat. De lo contrario, habrá que evitarle un paseo por los alrededores de la Generalitat no sea que se encuentre con las impúdicas valencianas que rodean al Turia en la fuente de la Plaza de la Virgen. Lo último que quisiera él es verlas y yo, verlas tapadas como las estatuas de los Museos Capitolinos de Roma durante el tour de Rouhaní.
La visita a los Museos censurados ha sido todo un símbolo de la ambigüedad con la que Occidente vive su relación con la Modernidad. Se le llena la boca presumiendo de que el orden en el que se basa nació con la Ilustración pero reniega de ella en cuanto la estrategia se lo exige. En realidad debe más a la Taula de Canvis, de triste popularidad en estos días, que a la Enciclopedia. Al menos, la Europa que sostiene la UE, la de los mercaderes, incapaz de defender nada que no sea su orden económico. Ni a las personas migrantes que llaman a su puerta, ni a los vecinos ucranianos que demandan ayuda ante el tirano o, en su momento, a los bosnios y croatas sometidos a la tortura en los Balcanes. Para eso, Europa no encuentra momento de pactar una política común, firme y exigente. Para negociar con regímenes abominables que cuestionan todo lo que ha aportado el continente a la historia de la civilización, sí. Todo sea por abrir mercados, captar inversiones y conquistar consumidores. Europa presume de ser aconfesional no porque haya dejado de creer en los dioses sino porque solo tiene uno y está bañado en oro.
En ese contexto, se entiende que nuestras ministras vayan a Arabia Saudí en busca de contratos millonarios y lo hagan con velo o que Italia reciba a los dirigentes iraníes y tape las bellezas clásicas para no ofenderles. De tan ridículo resulta chistoso. Si no fuera porque esa cesión hace más daño que el Dáesh. Creemos que es el terrorismo el que nos da miedo y levantamos la voz diciendo “Je suis Charlie”, pero el terrorismo yihadista se alimenta de una mentalidad que desprecia la civilización y una civilización que considera necesario ocultar sus avances por un bien superior, que no es la convivencia sino el negocio. Desde el momento en que aceptamos plegarnos a un régimen teocrático que impone la sharía al no creyente estamos sometiendo nuestra forma de vida a la suya. No quiere decir buscar la provocación pero sí hacerle ver que debe acatar unas reglas de juego, sobre todo, una: la libertad. De culto, para que los musulmanes puedan construir mezquitas y vivir su fe, pero también de pensamiento y expresión para que el arte pueda incumplir mandatos divinos sin avergonzarse. El límite, en Occidente, está en la ofensa gratuita. Lo malo es que para un extremista la mera discrepancia es un insulto. Así es imposible entenderse; solo cabe callar. Y esconder lo que es uno.