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María José Pou

iPou 3.0

La magas

La Cabalgata de Reyes es para los niños. Ese debería se el principio básico sobre el que analizar las decisiones, propuestas, gritos en el cielo, pamplinas varias y gestos provocadores. Es una celebración nada dogmática pero muy querida, en especial en algunas localidades de la Comunidad Valenciana. Esto significa que, salvo en Alcoy -donde debe seguir cuidándose como lo que es, un bien cultural de primer orden-, podría suprimirse sin que se esté quitando una celebración fundamental, pero provocaría gran disgusto en las familias que ven a sus niños disfrutar con la llegada de los Reyes. Esos críos solo piensan en la emoción de sus Majestades y, como mucho, en los regalos o caramelos que pueden pillar durante el cortejo. Lo digo desde el recuerdo, un tanto borroso ya, de los 70: los Reyes se anunciaban con su paje cartero a las puertas de unos grandes almacenes y unos días después saludaban desde su carroza a quienes nos preguntábamos en la puerta de Correos cómo les daba tiempo a visitar todas las casas de Valencia en una sola noche. Eso es lo que suele recordar un niño de la Cabalgata. Poco más. El resto pertenece al entorno de los mayores: las sutilezas de las escenas bíblicas, las personalidades que representan a Melchor, Gaspar y Baltasar o la condición femenina, masculina o neutra de cada uno de los Reyes.

Por eso, cuando vi la polémica en Madrid con las “reinas magas”, desmentidas hace mucho tiempo por el Vaticano que acoge sin pudor a niñas para hacer de “magas de Oriente”, me apenó que unos dedicaran esfuerzos a provocar y otros a hacerse los ofendidos. Lo mismo sucede en Valencia: ni hace falta ir de “machito laico” para justificarse ni deberíamos arriesgarnos a una subida de tensión por tan poco.

La necesidad de cortar por lo sano con lo anterior lleva a algunos a quedarse colgados de un hilo. Me refiero a que los gestos grandilocuentes de “somos otra época, somos el progreso” pueden contentar a unos cuantos muy fieles pero incomodar a quienes, no siendo “de la colla” se han sentido próximos a ella hasta ahora. La estridencia refuerza a los convencidos pero aleja a los tibios que son quienes otorgan el poder. Salvo en Cataluña, claro. Convertir a Valencia en capital de la nueva República, como hizo el alcalde acogiendo a las “magas de Gener”, es atender a los propios pero no sé si a los valencianos. Esos esfuerzos por recuperar la II República casan mal con el rechazo a la Constitución del 78 utilizando el argumento de que “no la hemos votado los españoles de hoy”. Entre nosotros, aún quedan muchos menos que votaran en las municipales del 31 de modo que si queda lejos la democracia nacida de la Transición, más aún la anterior. Cuando el argumento se puede aplicar a un hecho pero no a todos los similares, deja de ser un ejercicio racional y se convierte en una muestra de sectarismo.

Temas

católicos, discriminación, políticos, religión

Socarronería valenciana de última generación

Sobre el autor

Divide su tiempo entre las columnas para el periódico, las clases y la investigación en la universidad y el estudio de cualquier cosa poco útil pero apasionante. El resto del tiempo lo dedica a la cocina y al voluntariado con protectoras de animales.

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