Empezar la Semana Santa con un grave accidente de carretera en Tarragona y con los terribles atentados de ayer en Bruselas parece una coincidencia que no es del todo irrelevante. Durante estos días, tendemos a mirar las procesiones –ya sea en la calle o por televisión- con cierto desapego. En especial cuando se trata de contextos, como el valenciano, donde hay fuerzas interesadas en erradicar toda presencia religiosa de la vida pública, salvo por su valor cultural algo apolillado. La procesión, para muchos, es una reliquia de tiempos antiguos alejados de la vida real o sencillamente pintorescos. Actos culturales que reflejan lo que un día fue una fe devota hacia unas figuras inanimadas que constituían por sí mismas casi una idolatría.
Sin embargo, no hay ejemplos más claros de la realidad que vivimos que una Dolorosa o un Cristo sufriente en la Cruz. No me refiero a una mirada religiosa o propia de creyente. Sin duda, los católicos ven en esos pasos el resumen de su fe, de su vivencia de la Semana Santa y de todo aquello en lo que creen. No me estoy refiriendo a eso. Hablo de quienes, sin creer, puedan mirar hacia esos rostros y sentirse identificados.
En la Dolorosa están esos padres italianos que no pueden ni levantarse del suelo porque están destrozados tras haber perdido a sus hijas. Está ese padre que decía haber mandado a su hija a estudiar “a un país amigo” que se la devolvía muerta. Tanto si se cree en la Virgen como si no, su dolor y su imagen representan el de tantos padres y madres, hijos o hermanas, que han de sostener en sus brazos el cuerpo inerte de un ser querido, muerto injustamente mucho más pronto de lo esperado. Ese dolor existe. No es una imagen de madera que recrea una leyenda, como resumen algunos. Es el desgarro del padre de Aylan, el niño sirio muerto en la orilla de la playa. Lo mismo puede decirse del Cristo que mira suplicante al cielo, cuando ya no le queda ninguna esperanza en la tierra. Es el llanto del hombre que se disparó un tiro antes de que llegara la comisión judicial para desahuciarlo. O el de quien se quemó a lo bonzo en Idomeni para reclamar que abrieran las fronteras y les permitan confiar en una vida lejos de la violencia, la barbarie y la guerra.
Podrán desautorizar con incredulidad la humilde fe de quien reza a la Dolorosa cuando recorre las calles del Cabanyal o llora ante el Cristo cuando se para en la procesión justo delante y parece recoger las penas de cada cual. Podrán recluir la fe en las sacristías y transformar la Semana Santa en un “estallido de primavera valenciana”, como quiere Ximo Puig. Pero cada vez que el Mal nos derrumbe, no habrá primavera que nos consuele ni Estado que nos abrace como lo hace la Dolorosa del Grao o el Santísimo Cristo de los Afligidos. Incluso a quienes creen que solo son empolvadas tallas dignas de un museo sacro.