Dice un proverbio persa que la paciencia es un árbol de raíces amargas pero de frutos dulces. No podrán hablar de dulzura los familiares de los asesinados en Sbrenica pero sí de cierto frescor en medio de una fiebre alta y persistente. Es el alivio que pueden haber sentido al conocer la sentencia del Tribunal para la antigua Yugoslavia que condena a 40 años de cárcel al carnicero Radovan Karadzic. La paciencia ha dado sus frutos, que se haga justicia por mucho que pasen los años, que casi hayan desaparecido los huesos de los muertos o que la opulenta Europa esté tan preocupada por su ombligo que no tenga energía para nada más. Ni siquiera para recordar que en su territorio se libró una de las peores guerras del siglo XX y eso que tiene al menos dos grandes competidoras, las llamadas guerras mundiales. La paciencia todo lo alcanza, decía también la santa de Ávila, pero en el mundo judicial son conscientes de que una justicia lenta no es justicia. En estas horas desde que se conoció el veredicto, no son pocos los que lo consideran tardío, incompleto y poco efectivo pero su valor es innegable. Aún con todo, la condena contribuye a cerrar un terrible episodio de la historia reciente y trata de resarcir a las víctimas diferenciando comportamientos aceptables de los que no lo son. No se trata tanto de ver entre rejas a un hombre como de indicar que su forma de actuar es impropia de seres humanos y de lanzar el mensaje que ayer recordaba el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos: “no importa lo intocables que se crea; no escaparán de la Justicia”. Los tribunales, así, quedan como último refugio para quien ha visto pisoteados sus derechos más básicos.
Lo curioso, sin embargo, es que somos capaces de compaginar la felicitación por una decisión judicial que penaliza el genocidio con hacernos los sordos ante los gritos de quienes hoy sufren persecución por sus ideas, sus creencias o simplemente por negarse a colaborar con los autócratas asesinos de ISIS. Quienes hoy ven cumplidos sus deseos de justicia también clamaron a la comunidad internacional cuando los sanguinarios de Karadzic los sacaban de sus casas y, tras el tiro de gracia, los enterraban en fosas comunes. Europa sabía entonces de las matanzas colectivas, de los campos de concentración y del exterminio que se había propuesto Serbia. Como hoy sabe de las penalidades que sufren quienes huyen y buscan refugio a sus puertas confiando en la avanzadísima, democrática, humanista y libre Europa. Sí, aquí sabemos lo que sucede, pero nos incomoda. Dentro de veinte o treinta años, cuando los niños de hoy hagan justicia, se preguntarán cómo permitieron que ocurriera algo así en sus fronteras; se felicitarán por la condena y sabrán que se ha hecho justicia. Pero quedará una mancha, un pecado original, que no se limpiará.