Los terroristas no ganan las batallas en el frente. Ni siquiera cuando el frente de batalla está en cada plaza y cada parada de metro. Ellos vencen en la retórica, las palabras y la narración histórica. Lo hemos visto estos días en Bruselas por mucho que algunos, como el alcalde Ribó, se empeñen en explicar el yihadismo en la acción de Occidente y la foto de las Azores. No es ajena su existencia a una intervención desafortunada de algunas potencias occidentales pero el extremismo radical y violento existiría sin que Aznar se hubiera hecho un inoportuno selfie avant-la-lettre con Bush y Blair. Reducir todo el fenómeno de los puristas del Islam, que pretenden imponerlo a sangre y fuego, a las guerras que Occidente se ha propuesto ganar en Oriente Próximo es ignorar sus propias raíces anteriores al nacimiento del presidente honorario del PP y las luchas de poder en territorio afgano. En cualquier caso, aunque el imperialismo y hasta la subvención de grupos locales para contrarrestar a Rusia durante la Guerra Fría hayan tenido influencia en la gestación del Daesh o de Al Qaed, es demasiado simplista establecer una relación causa-efecto tan pobre. Y lo que es peor, alimenta la retórica terrorista. Una cosa son los errores estratégicos de Occidente y otra, la justificación que un asesino encuentra de sus acciones. Ayer mismo lo vimos en ETA y su condena de los atentados de Bruselas. Dice la banda que son rechazables esas matanzas por dirigirse contra “simples ciudadanos”. Debe de ser que los 22 niños a los que ETA ha arrebatado la vida eran peligrosos estrategas militares y los 60 a los que ha mutilado o herido, como Irene Villa, eran terribles enemigos dispuestos a impedir el triunfo de la Confederación de Estados Vascos, en palabras de Iñigo Urkullu durante el Aberri Eguna.
Con su condena ETA, lejos de mostrar un talante nuevo y una reconversión nacida de su derrota, solo confirma lo que ya sabíamos: que el terrorista mata y luego se justifica. No al revés. Y no deberíamos aceptar como “simples ciudadanos” solo a los niños, trabajadores de autopistas o panaderos. También los policías nacionales, los jueces o los militares muertos en sus atentados lo eran. Como lo son las víctimas de Bruselas. Nadie ha declarado una guerra, sino los terroristas contra el mundo entero. Todos los ciudadanos libres que no queremos un modelo único y totalitario somos objetivos y enemigos. Y la policía, los militares o los servicios de espionaje están para garantizarlo. Por primera vez, las guerras se libran en las calles porque no buscan conquistar territorios sino almas. El terror quiere romper la convivencia, como ocurrió en el País Vasco y ayer mismo en la plaza de la Bolsa de Bruselas. Solo así conseguirá imponer su modo de vida. Por eso la unidad es la única respuesta eficaz, aunque sea a largo y amargo plazo.