Dicen que para saber si alguien es periodista solo hay que mirar hacia dónde se dirige cuando hay una catástrofe. Mientras todos salen huyendo de ella, el periodista corre hacia allí. Lo mismo puede aplicarse hacia las fuerzas de seguridad, los servicios médicos o los responsables de protección civil. Ellos son quienes van en dirección contraria. Lo pensaba estos días mientras veía alguno de los vídeos grabados por los ciudadanos que se encontraban cerca de las explosiones del aeropuerto de Bruselas. Un río de gente corría despavorida buscando una salida de la maldita terminal y dejando sus maletas, los trolley para llevarlas e incluso a la gente herida en medio de la sala. En esas circunstancias no es fácil quedarse a ayudar con el miedo de que haya más bombas a punto de estallar. Lo normal es intentar alejarse todo lo posible. Sin embargo, policías, bomberos o médicos superan su temor y atienden a las víctimas de la tragedia. De hecho, no son pocas las veces que una bomba actúa de señuelo para hacer explotar una segunda justo cuando llegan los servicios sanitarios y de seguridad. Su tarea, así, es especialmente sacrificada y profesional. Lo vimos con toda su crudeza en los atentados del 11-S en los que un buen número de bomberos de Nueva York perecieron al derrumbarse las Torres Gemelas cuando intentaban desalojarlas y apagar las llamas.
En los sucesos de Bruselas, como en los de París, también hemos comprobado cómo la policía, los bomberos y los sanitarios entraban en el aeropuerto, cortaban las calles o se adentraban en una estación de metro convertida en el infierno y sin saber si los terroristas habían planificado más dolor cuando lo hicieran. Su trabajo en estos días es duro en lo físico pero sobre todo en lo psicológico. Han de hacer frente al Mal en estado puro, al que hace daño gratuito en inocentes, en niños que van a la escuela o en padres de familia que dejarán huérfanos solo por la maldita casualidad de haber cogido un metro u otro. Por muy preparados que estén para encontrarse con eso y seguir cumpliendo los protocolos, hay que tener una vocación especial para no sucumbir, para no hacerse un descreído y terminar desconfiando de la bondad humana. El encuentro de esos hombres y mujeres con sus hijos después de una jornada así debe de ser especial. Imagino que no lo mostrarán ni dejarán que se les note pero cada noche debe de ser una celebración. Ellos están preparados para aceptar que puede que algún día no vuelvan a casa, justo lo que deberíamos aprender todos. Es una enseñanza que hemos perdido desde que creímos tener todo bajo control. Ellos saben cómo mantener ese control pero también que, una vez perdido, el resultado puede ser letal. No significa dejar de pelear por evitar el daño sino tener la conciencia de ser vulnerable. Y agradecer cada segundo como si fuera el único.