Llevo meses resistiéndome a escribir esta columna porque durante mucho tiempo pensé -lo sigo creyendo- que lo mejor que le puede pasar a una ciudad es sustituir el tráfico rodado contaminante por otro sostenible, relajado y económico. En una palabra, los coches por las bicicletas o el paseo a pie.
Por eso cuando la ciudad apostó por Valenbisi me alegré y, cuando supe que alguno de mis amigos lo usaba, le consulté para sacarme la tarjeta y combinar trayectos en bici, autobús y caballito de San Fernando, que es mi medio de transporte más ecológico hasta la fecha.
Esa es la razón por la que no quería escribir contra la bicicleta. El problema es que en estos meses no he parado de percibir el uso de la bicicleta (el mal uso, hay que decir) como un factor de agresión, de desestabilización social y de enrarecimiento de la convivencia sin que el Ayuntamiento de Rita Barberá parezca esforzarse por evitarlo. Prácticamente cada día alguien me pregunta por qué no escribo sobre el abuso que algunos hacen de las bicicletas por parques, aceras y jardines públicos.
En estos meses he visto a madres al borde del infarto porque un desalmado ha pasado a un centímetro de su niño y a velocidad de vértigo. Recuerdo una a la que su amiga tuvo que calmar tras el susto. También he visto a ancianos mirándome con cara de angustia cuando un hijo de mala madre le ha gritado «quita, viejo» solo porque su capacidad para atravesar un carril bici no es la de Jesse Owens, aunque compartan generación. Hasta he vigilado con discreción que una bicicleta o un monopatín -también prohibido por las aceras- no hiciera caer a un discapacitado llevándose por delante su bastón blanco.
No hablo de mí. Hoy debía esta columna a quienes me lo piden a diario. Lo haré otro día. Muchos días. Hasta que vea a un policía multar a esos desgraciados. Y no hablo de los ciclistas cívicos sino de quienes ensucian su buen nombre.