5000 euros al mes en comidas. Los de Emarsa no necesitaban un auditor sino ¡un dietista! Es evidente que esas facturas se refieren no tanto a comidas pantagruélicas que pudieran poner en riesgo las arterias de sus comensales como al uso y abuso de la ‘comida de empresa’ como vía de enriquecimiento ilícito.
Dicen que no pueden justificar los gastos y yo digo «gracias a Dios». Gracias, porque si lo hicieran, estaríamos ante una situación distinta pero no mejor.
Una cosa es embolsarse descaradamente dinero público y otra, gastarlo innecesariamente a manos llenas. Al parecer Emarsa está en el primer supuesto lo que convierte el asunto en un robo. El segundo es distinto porque no significa usar el riñón que nos quitan a usted y a mí en cada recibo para irse de viaje o llevarse maletines a casa, pero el resultado para el contribuyente es igualmente desastroso.
Esta última situación es a la que se refería la Defensora del Pueblo cuando pidió que se penalizara el derroche para que no tengan que estar pagando las deudas las generaciones venideras. No en vano, ahora que estamos viendo las consecuencias de un endeudamiento extremo, gastar un euro público de forma irresponsable debería ser una carga moral para cualquiera que ocupe un cargo de responsabilidad.
Para empezar, debería formar parte de nuestras claves comunes. Quiero decir que dejemos de ver la paja en el ojo ajeno. Es verdad que lo de Emarsa no es una paja, es una viga del grosor del Micalet pero, salvando las distancias, debemos hacer autocrítica.
Y hacerlo en paralelo al endeudamiento. Hicieron mal las administraciones en gastar sin tener pero también los particulares que se metieron hasta el cuello sin perspectivas de pagar. Así, hacen mal los cargos que derrochan, pero también todos nosotros cuando no cuidamos los espacios, el mobiliario o los bienes públicos. Todos somos responsables de cuidar lo que es de todos.