Ser profesor es el modo más eficaz de medir el paso del tiempo. Los alumnos siempre tienen la misma edad pero el profesor, no. Eso hace que las referencias de unos y otros vayan cambiando hasta el punto de que lo evidente para el maestro no es ni conocido para el estudiante.
Como llevo casi veinte años dando clase he tenido ocasión de experimentar esa lenta separación de las “placas tectónicas” entre ellos y yo. Empecé poniendo como ejemplo las portadas de prensa de Barcelona 92; los reportajes sobre la unificación alemana y las viñetas sobre Juan Guerra y ahora dudo de que lo entendieran. A veces les suena. Un poco. Con suerte, es un capítulo de su libro de Historia. Ya no pregunto si saben quién fue Juan Guerra ni por qué una viñeta le retrataba robando limones tras una tapia, al son de “mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla…”.
El otro día volví a darme cuenta de que yo era de otro siglo. Fue comentando la noticia sobre el Maserati del cantante Francisco.
Ya me imaginé algo cuando una alumna me preguntó el apellido. Me quedé en blanco. ¿Francisco? Es Francisco. Punto. Como Raphael. O como Lolita. Sin más. ¿Recuerda usted el apellido de Francisco? Y, sobre todo, ¿necesita saberlo para averiguar de quién hablamos? ¿Verdad que no?
Pero luego vino algo más. No contenta con mi respuesta inútil, consultó con su compañero por lo bajo: “¿quién es Francisco?”, a lo que él contestó “el de “Per ofrenar noves glories a Espanya”. Definitivo.
Entre mis amigos nunca hubiéramos apelado al Himno de la Exposición para identificar a Francisco. Y no porque no se lo hubiésemos oído cantar mil veces. Más bien porque conocimos al cantante de Alcoy cuando representó a España en la OTI con su “Latino”. Eso fue en el 81. Una década antes de que nacieran mis interlocutores. Para ellos, dentro de poco, será “el del Maserati”. No es que sea incierto, pero se han perdido al gran Francisco. Una pena.