“Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros” es una de las frases más célebres de Groucho Marx. Y aunque parezca increíble, es aplicable a algunos nacionalistas que, llegado el momento, dicen “estas son mis líneas rojas: sobre mi bandera, mi lengua y mis instituciones, pero si no le gustan, tengo otras”. En su caso no es tanto que no gusten al interlocutor como que no convengan al personaje.
No me rasgo las vestiduras ante la contradicción. Todos somos contradictorios alguna vez, pero lo sabio es tener conciencia de ello y no presentarse como ser puro e inmaculado. A algunos nacionalistas me refiero. Cuando se trata de sus señas de identidad son inflexibles, inflexibles, hasta que ceden.
Eso es al menos lo que me pareció al ver a Artur Mas declarando ante la Audiencia Nacional. Habló en castellano para, según dijo, evitar errores de la traducción. Tiene razón en cuidar la interpretación de sus palabras y las traicioneras traducciones simultáneas. Sin embargo, me pregunto si eso es válido también en el Senado, donde el servicio de traducción no solo es caro para las arcas públicas sino que pone en riesgo el sentido de lo dicho por sus señorías procedentes de los condados catalanes, las Vascongadas y Finesterre.
Ahora bien, lo que más me llama la atención es la admisión, sin alharacas, de la competencia jurisdiccional de la Audiencia Nacional. Los mismos que no reconocen la autoridad del Tribunal Constitucional cuando les conviene o que reclaman una Hacienda catalana, ahora aceptan que un tribunal español de apellido “Nacional” juzgue un hecho acontecido en Barcelona sobre la soberanía del Parlament. No es que me parezca mal. El hecho justifica el proceso judicial y que la ley caiga sobre quienes impidieron el libre ejercicio de la actividad parlamentaria catalana. Pero es curiosa la capacidad de elegir, en cada momento, lo que España ofrece a Cataluña. No pido que hagan como los etarras negando validez al tribunal sino, al contrario, que piensen si no sería mejor aceptar el mayor grado de autonomía posible dentro de España y no fuera. A veces, no parece que les vaya tan mal.