El dopaje es como un PhotoShop del éxito. Quien recurre a él lo hace obligado por la necesidad permanente de triunfo aunque sus cualidades, preparación o esfuerzo no le den para ello.
Es una marca imposible, que solo alcanzan cuatro, la que quiere compartirse. «Yo también puedo», parecen querer decir quienes se presentan en una portada con medidas impropias de la gente normal o quienes se suben a un podio superando los límites normales en el ser humano.
No significa que sea imposible para todos. Seguramente son dos o tres los que pueden presumir de estar próximos a la perfección en cada generación pero la maquinaria del éxito nunca para y necesita seguir alimentándose ¿Cómo decirle a una audiencia necesitada constantemente de noticias nuevas que solo va a conocer un record del mundo cada veinte años?
Sin embargo, hay un «pero» en ese planteamiento. Es verdad que todos nosotros estamos exigiendo más, más espectáculo y más ídolos a los que adorar; también los medios de comunicación y las empresas que invierten tantísimo dinero en el seguimiento del deporte para obtener rentabilidad, cada vez más rentabilidad.
Pero ningún deportista está obligado a «meterse» nada, prueba de ello son los muchísimos que no lo hacen. Esos resultan doblemente discriminados: primero, por quedar en un segundo plano frente a quienes, artificialmente, lograban los éxitos que ellos por sí mismos no podían y segundo, por resultar todos bajo sospecha.
Lo que deberíamos plantearnos los demás es nuestro nivel de exigencia. No lo digo para disculpar el engaño que no tiene disculpa alguna, sino para analizar qué parte de responsabilidad recae sobre quienes consideramos fracasado el deporte nacional solo porque no supera a los otros, quienes solo nos interesamos por un deporte solo cuando bate todas las marcas o quienes nos desentendemos de los clubes que no pueden continuar porque no tienen patrocinador.