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Lidón Sancho

Más vida que arte

Ay, la belleza…

El crítico Arthur C. Danto ya lo dijo en su libro El abuso de la belleza: Lo bello ha cometido un daño irreparable al arte. Este perjuicio puede parecernos inocuo porque nos han enseñado a que las distintas disciplinas que estudiamos no interfieren en la vida diaria. Qué ilusos e ilusas somos a veces. Los cánones que ha impuesto la belleza en el arte se ha extendido hasta la forma, color e indumentaria que debe poseer nuestro cuerpo. Obviamente, la mujer es a la que más millones le han tocado en esta lotería.

Por eso, cuando a fecha de hoy, se sigue valorando en las instituciones culturales y los museos LA BELLEZA con mayúsculas, aquella que persiguió Platón y sus ingenuos discípulos como idea pura, se me ponen los pelos de punta. ¿Exagero? No, cuando esa persecución acabará en que yo tengo que seguir cabiendo en una 36-38 de vaqueros para ser bella.

Leí hace poco una entrevista a Henri Loyrette, director del Museo del Louvre. Lo primero que me descorazonó fue leer que su pasión son los impresionistas: ¿Por qué todo el arte contemporáneo se reduce a ellos siempre? (Os hablaré de mi teoría sobre el Impresionismo y su influencia en el público pronto)

En segundo lugar, porque en apenas unas cuantas cortas preguntas, perdí la esperanza en que una figura tan emblemática como el Sr. Loyrette, siguiera adoctrinando al público con ideas decimonónicas e ilustradas. Entiendo los parámetros que debe seguir un museo como el Louvre con un tipo de obras concretas, pero eso no significa que se haga apología de la belleza como condición indispensable para valorar un tipo de pieza.

En la pregunta 13 llegó mi desconsuelo:

Entrevistador/a: Exponen 35.000 obras pero tienen decenas de miles escondidas, ¿cuál es el criterio para mostrarlas o solo conservarlas?

Sr. Loyrette: La belleza. Como no caben todas, enseñamos las más valiosas desde el punto de vista estético. Pero si exponemos un Leonardo, tratamos de completarlo con obras de pintores que influyeron en él, para resultar más didácticos y ayudar a comprender el arte.

Primer embrollo: ¿Quién es el que dictamina lo que es bello de lo que no para su exposición al público?

Segundo embrollo: ¿Por qué es la belleza, y no otra cualidad como lo sublime o lo abyecto -también categorías estéticas bien reputadas- la que dictamina dicha elección?

Tercer embrollo: ¿resulta didáctico un museo que expone artistas influyentes de un autor en concreto con la información ínfima que se da en las cartelas del museo? (Sí, esos cartelitos minúsculos que nos dan una información valiosísima como las dimensiones del cuadro por si le queremos colgar en nuestro salón)

Muchas trampas en apenas tres líneas de respuesta que subyacen un tipo de cultura y de apropiación de un ideario sexista, doctrinario, y poco práctico. No estoy acusando en ningún momento al Sr. Loyrette. Su labor en una entidad de tanto peso en la cultura mundial ha sido extraordinario en muchos aspectos, sobretodo a la hora de reforzar la presencia del arte español en el Louvre. Pero él también es preso de una forma de entender el arte y la vida que responde a unos criterios distorsionados y sin estar sometidos a otro tipo de análisis y preguntas.

Se necesita un tiempo de reflexión para analizar todos estos conceptos que hemos extendido sobre la mesa aquí. Por eso, iremos desembrollando en una serie de artículos algunas ideas y actitudes respecto a lo que puede llegar a influir una visión unicista de lo que es arte y lo que no, y su correcta transmisión a las personas que somos espectadoras de él.

Lidón Sancho Ribés.

 

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Por Lidón Sancho

Sobre el autor

Me dedico al ARTE en mayúsculas porque inunda toda mi vida: soy poeta y escritora; comisaria de exposiciones y docente; canto, bailo, aprendo a tocar la guitarra, leo hasta caer desfallecida... Sé que la vida va más allá del arte (de ahí el nombre del blog) pero también sigo creyendo que la cultura es lo que nos salvará de la bestialidad.


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