Para explicar y hacer accesibles algunas exposiciones de arte actual, creo necesario primero que conozcamos dónde se exponen esas obras y porqué se exponen de ese modo. Y sobre todo, entender cómo han llegado a convertirse las salas de exposiciones de los largos y anchos pasillos coloridos de los museos con solera como El Prado, el British Museum o el Louvre a ese espacio diáfano, luminoso y sin ventanas de las actuales galerías: el conocido White cube (cubo blanco)
Brian O’Doherty, escultor, artista conceptual y crítico de arte de origen irlandés, escribió una serie de artículos en la revista Artforum en 1976 que sentaron las bases para la metamorfosis del espacio expositivo. Tras años de soportar la pesada carga de la tradición a la hora de mostrar las obras de arte y, viendo que el arte en los años 70 ya no eran cuadros de Rubens sino que abarcaban desde perfomances en la que los artistas se golpeaban contra paredes hasta montañas de basura inundando las salas, era obvio que el modelo anterior no cuadraba con las nuevas formas de expresión artística. Temiendo una posible contaminación del exterior, las paredes de las galerías se empezaron a pintar de blanco, se evitó los vanos en las paredes y se iluminó las salas siempre con luz artificial y posicionada de arriba a abajo. Como un gran quirófano, lo exterior no debía influir en lo interior.
La primera contradicción a esta forma de albergar las obras es que permanecen en un limbo atemporal, cuando el arte de las últimas décadas se ha esforzado por reflejar precisamente lo que pasa a las afueras de las salas de arte. El arte de denuncia, el hiperrealismo, la performance, etc., se reproducen en un habitáculo parecido a una habitación en el que el tiempo y el motivo de la vida se han detenido. Pero también da una ventaja a la obra que se expone porque la despoja de toda humanidad, la supravalora y hace aumentar su precio en el mercado del arte.
Al igual que los edificios religiosos como las iglesias o mezquitas, nada debe distraerte de la adoración que vas a realizar allí dentro. Tan impoluta, tan etérea, hace que sus obras sean muchas veces inaccesibles a la mayoría del público de su significado visceral (porque lo tienen, para eso ha salido de un cuerpo de carne y hueso). Sin embargo, es hermoso cuando por fin logras comunicarte con la obra y entender qué te está diciendo, aunque no tenga nada que ver con lo que le está diciendo al tipo de al lado que la observa igual que tu. A eso se le llama experiencia estética, esa conexión con la obra. Muchos expertos y expertas en arte coinciden en que debe acercarse al significado original de la obra, es decir, a lo que quiso comunicar el o la artista con ella. Yo ya os digo que ese enlace con ella es tan personal como que alguien te diga cómo debes acostarte con tu marido. Personal e intransferible.
Opino que la teoría del cubo blanco y su modo de presentación de las obras es beneficioso para algunas y terrible para otras. Pero sí que es cierto que tiene un grado alto de adaptabilidad que el resto de antiguos museos no tienen. Puedes apagar las luces y dejar la sala a oscuras si la instalación artística de ese momento lo requiere o reducirla al tamaño de un estrecho pasillo si allí debe ubicarse un laberinto en miniatura por donde deben pasar los y las espectadoras.
Lo que no tengo duda alguna es que una manera expositiva como el cubo blanco suele apartarnos de este mundo para ubicarnos en un limbo artístico, y eso me recuerda demasiado a Platón. Un idealista que creía por encima de todo en la idea de Bien, de Bondad, en la IDEA, en fin, de todo lo terrenal y divino y se alejaba de la experiencia, algo que no apoyaba Aristóteles (el polo opuesto de Platón). Y eso me resulta bastante contradictorio, porque siempre he creído que la experiencia es la que hace arte.