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Lidón Sancho

Más vida que arte

La objetividad de la separación

Vuelvo a echar un capote al profesorado. El cine también cree que es prioritario porque en menos de dos meses he visionado dos grandes películas basadas en la vida de un profesor -una de ellas, Profesor Lahzar, ya la comenté en su momento- y parece ser que es una forma de agradecer el trabajo que están haciendo con la juventud que pasa por sus manos todos los días. O una forma de alarmarnos con que algo está sucediendo con sus mentes, hipersensibles al entorno.

No me he parado a pensar qué traducción le han dado aquí en España. Su título original, Detachment, me parece mucho más revelador. Dice el Diccionario Collins Pocket: Separación, indiferencia pero también, objetividad. Su protagonista, Adrien Brody, se ha convertido en su profeta más brillante y atormentado, mucho más desconsolado y solo que cuando caminó llorando a través de una calle vacía de gente y llena de maletas y enseres, tras dejar a su familia en un tren de camino a un campo de concentración en la película El pianista. Sé que las comparaciones son odiosas pero esa imagen se me grabó en la retina como la definición de la desesperación que deja la muerte en los corazones de los que se quedan. Y separarse del mundo le da a una el don de la objetividad, aunque dicha independencia haya sido como un corte en la garganta: profundo y mortal.

Brody, Mr. Barthes en el film, camina solo también por las calles. Una soledad en cierto modo autoimpuesta por sus circunstancias personales. Ello le confiere un cariz de mártir, fuera de todo el dolor y sufrimiento que puedan ocasionarle, no porque sea insensible, sino porque ya está lleno de angustia y es conocedor de sus caminos y argucias. Su labor de profesor sustituto le lleva de un instituto a otro sin permanecer en un puesto fijo por más de un mes. Pero no es de naturaleza despegada sino más bien es un sanador del alma abrumado por el mundo enfermo. El guión está cargado de verdades incómodas: ¿cómo pretendemos que nuestros jóvenes tengan motivaciones si los estamos aniquilando culturalmente, cuando nosotros estamos vacíos y desalentados, cuando ni siquiera nosotros sabemos que vía tomar para salir del desaliento y la insolidaridad?

Resulta curioso que los guiones basados en el trabajo del profesorado estén sacando a la luz por fin el apoyo que verdaderamente merece todo el estudiantado, no aquel basado en que mi hijo sí que estudia y debes aprobarle porque sino te doy una paliza, sino en darnos cuenta de una maldita vez de que mi hijo no aprueba porque su desmotivación es tan grande que deben de entrarle ganas de vomitar cada vez que ve un libro y eso es consecuencia de mi comodidad mental; de mi falta de ganas por descubrirle el mundo, por darle preguntas a las que tenga que encontrar respuestas, por no esconderle la Play Station y devolvérsela cuando sepa que hay un mundo allá fuera y no se convierta en un pro-gamer en aquello que se está perdiendo tras la puerta de su casa: la vida,vaya.

Y darnos cuenta de los prejuicios que damos como herencia a la próxima generación, o de si somos capaces de asumir en papel de padres y madres con todas las consecuencias. No sólo de cambiar pañales y no dormir por las noches durante un año –que eso ya es para desquiciar a cualquiera- sino de reconocer que cada minuto de tu vida habrá alguien que necesitará tu apoyo y tu consejo de manera sabia y eficaz.

El ritmo de la película es una ráfaga constante de carga psicológica que nos aplasta en el sofá y nos obliga a mirar detalladamente cada diálogo, cada gesto y cada escena como si fuese un cuadro de El Bosco, con sus luces y sus sombras, con sus demonios y paisajes, con sus víctimas y sus verdugos, que se cambian los papeles o que son las dos cosas a la vez; una agudeza escénica que encuentra compasión donde jamás la hubiéramos sentido y dolor en las vidas de los chicos y chicas que les toca vivir esta época de exigencias corporales y bombardeo de imágenes consumistas. Imágenes que les acaban consumiendo a ellos en un montón de conceptos podridos y equivocados. Y que les quita la vida.

Una película que narra la verdad cruel, la solidaridad desnuda, la esperanza desesperada… esos sustantivos que, a mí, me valen. Si somos inteligentes, dejaremos atrás los adjetivos que los acompañan porque lo que importa es que siga existiendo humanidad en cada acto que hagamos cada día, aunque esté llena de adjetivos tan duros. Y dando clase ahora, eso debe permanecer más que nunca.

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Por Lidón Sancho

Sobre el autor

Me dedico al ARTE en mayúsculas porque inunda toda mi vida: soy poeta y escritora; comisaria de exposiciones y docente; canto, bailo, aprendo a tocar la guitarra, leo hasta caer desfallecida... Sé que la vida va más allá del arte (de ahí el nombre del blog) pero también sigo creyendo que la cultura es lo que nos salvará de la bestialidad.


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