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Lidón Sancho

Más vida que arte

¿Y qué me dices de los impresionistas?

En un artículo en el que hablaba de los criterios expositivos del Louvre, ya me referí a los intocables impresionistas y de la adoración que sentía el director del propio museo, el Sr. Henri Loyrette, por ellos. No me sorprendió su afinidad por dicha pictórica porque TODO EL MUNDO QUIERE A LOS IMPRESIONISTAS. Y es normal, porque los artistas impresionistas hacen culto e interesante a cualquiera no entendido en arte. Uno se pone delante de una obra, como Los Nenúfares de Monet o El almuerzo de los remeros de Renoir y todo el mundo puede vislumbrar lo que allí le ofrece el pintor: un grupo de gente, una flor, un sol y, además, en el mismo pack, puede hacer tesis sobre la luz, los colores o la pincelada gruesa y fina. No existe una segunda lectura de lo que se plasma en el lienzo, ni se busca un significado profundo de sus personajes -en menor cantidad de apariciones-, y de paisajes.

Además, son agradables a la vista, algo verdaderamente importante para la mayoría del público, ya que sólo los sádicos se les ocurriría colgar una obra de Damien Hirst en estado de putrefacción en su salón. Eso sí, con el bolsillo repleto de billetes para adquirir tanto una obra impresionista como contemporánea. Pero que te gusten los impresionistas es una ventaja porque la obra impresionista se reproduce en láminas, copias en lienzo de mala calidad y estampas que quedan estupendas en la sala de estar.

Las casas de subastas como Sotheby’s y Christie’s se han hecho de oro con sus precios de puja por obras tanto de artistas afamados en esta corriente como los que no lo han sido tanto. Pero, ya se sabe, si se pone una marca vendible a algo desconocido, se vende igualmente por el mismo valor. Porque a las personas, lo que nos interesa son las etiquetas, no los contenidos. Y en el arte, por desgracia, pasa lo mismo.

Lo malo de todo esto es que se termina por desvalorizar otro tipo de arte más directo, barato y comprometido con el hecho de hacer pensar al cerebro de vez en cuando. Recuerdo la conversación sobre arte que tuve con una persona pudiente (doy este dato sólo para confirmar nuevamente que el dinero no hace cultura en el individuo). Le comentaba las obras de las artistas de performance con las que estaba trabajando en mi tesis. Había publicado hacía poco un artículo en la revista de arte contemporáneo CBN y le mostraba algunas instantáneas de sus trabajos. Esta persona las miraba con disgusto abierto (cosa que puedo entender porque el videoarte de Regina Galindo puede llegar a ser desasosegante y perturbador) y terminó por decirme la frase maldita con la que he debido lidiar muchas veces con mi trabajo de investigación: eso no era arte. Obviamente, le rebatí enseguida con un argumento que, para mí, me parece implacable: que todo es arte mientras tenga una intencionalidad para expresar algo y que esté realizado, por supuesto, por un ser humano. Madre mía, lo que dije. Que esa tía parecía que estaba loca, que cómo una persona en sus cabales podría hacer algo así (aquí me acordé de Van Gogh, su oreja cortada, y las cifras de sus obras vendidas en el siglo XX), y que era una tomadura de pelo (aquí me acordé de la cantidad de compradores de arte que han adquirido obras de artistas impresionistas de segunda, al mismo precio que los de primera en cuanto se ha cortado el grifo de ventas de grandes artistas impresionistas) Yo le comenté que ni el lienzo era el único material artístico ni la belleza el único atributo para el arte.

Y entonces, en medio del fragor de la conversación, me dijo, como si fuese un argumento incuestionable: ¿Y que pasa con los impresionistas? “¡Ay!”, pensé, ilusa de mí, “ahora ya sé en qué nivel estamos de conocimientos en arte”, no despreciando para nada las opiniones y cultura de mi conversadora, sino entendiendo que hablaba con una sectaria más, abducida por el gran monstruo de la antigua escuela artística, que aún cree que el arte terminó a principios del siglo XX. Un arte inalcanzable para algunas personas, tanto para ir a verlo y no digo para adquirirlo. Lo que me entristece de todo esto es que el arte de marca que está generando la industria del arte con los nuevos artistas contemporáneos está consignando las mismas pautas, cada vez más lejos del público que encumbra a los artistas porque los comisarios, periodistas, marchantes y eruditos lo dicen pero que sigue sin entender para qué narices crea el artista una cabeza de vaca llena de moscas.

Incluso, en cierto modo, tengo que darles la razón a esas personas que aman a los impresionistas. Sus creadores no buscaron en ningún momento explicación filosófica, moral o ética a sus trabajos. Sólo el tranquilo estudio de la luz incidiendo en objetos y personas, en paisajes y ambientes. Viviendo en una época en la que sólo queremos cerrar los ojos y mirar para otro lado, sin reflexionar ni pensar en lo que está sucediendo a nuestro alrededor, es aliviador (e irresponsable, inmoral, despreciable y deleznable) mirar plácidamente sólo cómo la luz modifica una silla en una terraza de bar. Lo que siempre he creído: el gusto por el arte es el termómetro de la sociedad.

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Por Lidón Sancho

Sobre el autor

Me dedico al ARTE en mayúsculas porque inunda toda mi vida: soy poeta y escritora; comisaria de exposiciones y docente; canto, bailo, aprendo a tocar la guitarra, leo hasta caer desfallecida... Sé que la vida va más allá del arte (de ahí el nombre del blog) pero también sigo creyendo que la cultura es lo que nos salvará de la bestialidad.


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