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Lidón Sancho

Más vida que arte

Despreciar al público

Comentan en un simposio al que me invitan en un espacio de arte contemporáneo que sólo el 8% de la ciudadanía española va los museos. Y que, precisamente es un 8% las personas que nos dedicamos al arte en España. ¿Endogamia? No, pienso yo, clasismo, más bien.

La organización de la jornada versaba sobre las alternativas que podía utilizar la exposición contemporánea para romper su antiguo formato, diversificarse, refrescarse, acercarse al público, al fin. Sacamos muchas cosas en claro y eso ayuda en tiempos de crisis. Pero en la mesa redonda (muy bien planteada y pensada por los organizadores Javier Marroquí y David Arlandis, grandes profesionales del sector de las artes a los que admiro) sólo teníamos a una espectadora que no se dedicaba al mundo artístico. Una persona de esas que, a los trabajamos en arte, nos aterra y atemoriza y que forma parte de ese gran público al que rehusamos complacer sistemáticamente.

Y sale esa frase que pretende deshacernos de ellos: el público no existe. Y pienso en Nietzsche, que acabó hasta los cojones de su familia, del mundo y de sus migrañas y dijo que Dios había muerto porque, en el fondo, no sabía cómo enfrentarse a un mundo atroz mientras Dios seguía impasible en su trono. Entonces me acuerdo de algo que escuché en una serie de ¿ficción? que argumentaba que existía el libre albedrío (y por tanto, el bien y el mal) porque Dios nos había dado grandes cerebros para pensar y discernir lo correcto de lo incorrecto…Siempre con esa manía humana de cargarle la responsabilidad a otro u otra o a mandarlo todo al carajo porque somos incapaces de manejar la situación.

Y vuelvo a asustarme cuando escucho que alguien dice la frase lapidaria «público de calidad» y que luego pretende arreglar el gazapo diciendo que el público de calidad es aquel que interactúa con la obra. ¿Y el que pasa por allí sin hacer ni puñetero caso al Mondrian colgado de la pared? No, ese cuenta para las estadísticas pero si no se pone a llorar frente a un cuadro, no es de calidad, obsesionándonos con que todas las personas que van a un museo deben tener una experiencia estética acongojante al menos, igual que cuando uno va al Dragon Khan y se tiene que ir con una foto suya con cara de habérselo hecho encima.

Y acaba pasándome siempre lo mismo en estos eventos. Empiezo a analizar más psicológica que artísticamente a las personas que allí nos reunimos y, entre grandes y profesionales ponentes, siempre encuentro a alguien que utiliza la máscara de socialista-marxista-grunge-progresista que se da ínfulas de tolerante y nos acusa a los demás de ser unos salvajes y que, en el fondo, esa persona tiene más peligro que la Santa Inquisición. Nos olvidamos que la crítica constructiva empieza no por lo que hacemos sino por lo que somos. Y si somos un lobo vestido de cordero, será más probable que nos comamos al público en vez de motivarle a ver una exposición de arte contemporáneo.

 

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Por Lidón Sancho

Sobre el autor

Me dedico al ARTE en mayúsculas porque inunda toda mi vida: soy poeta y escritora; comisaria de exposiciones y docente; canto, bailo, aprendo a tocar la guitarra, leo hasta caer desfallecida... Sé que la vida va más allá del arte (de ahí el nombre del blog) pero también sigo creyendo que la cultura es lo que nos salvará de la bestialidad.


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