La capacidad de captación de público me parece cada vez más beligerante; bueno, no debería utilizar la palabra captación en esta frase, más bien engaño, pues a lo que me enfrento en estas líneas que siguen no es más que poner en énfasis cómo los mensajes publicitarios usan las herramientas artísticas y los procesos de imágenes contemporáneas como reclamo hipócritamente inocente.
Paseando frente a la Plaza de Toros de Valencia, un monumento tosco y rudo hecho de ladrillo que se asemeja pálidamente al Coliseo Romano (y dónde sólo torturan animales y no gladiadores, no se preocupen) me fijo en la nueva campaña de captación (perdón, de engaño) de público para la nueva temporada taurina. Son grandes carteles colgados a lo largo de la fachada de la plaza que me recuerdan, en un primer golpe de vista, a las obras del artista Roy Lichtenstein, un genio a la hora de plasmar la técnica usada en el grafismo del cómic en sus obras de gran formato…ilusa de mí…
Cuando me detengo y miro con más atención veo que los publicistas han aprovechado la estética de dichas obras gráficas para anunciar los actos que van a darse lugar en el recinto. Le pregunto a mi marido, que caminaba a mi vera, qué es lo que buscaban estos genios del panfleto, no porque yo no supiese la respuesta (que luego supe que efectivamente no la sabía completamente) sino para que me diese su punto de vista. Mi primera creencia fue pensar que era una simple llamada de atención a un sector más joven para que ocupara filas en su Coliseo cañí y dar un aire fresco a algo tan caduco y tan salvaje. Mi pareja mira más allá de la plaza y ve posicionado encima de las taquillas otro cartel que reza: «Acércate a tus héroes» acompañado de figuras de toreros, rejoneadores y demás farándula, presentando al grupo como si de un cómic de superhéroes se tratara. ¿Buscan captar gente joven? Sí, por supuesto, pero también una clase social más de los cuarenta y para arriba que hemos crecido en esa franja friki a las que muchos y muchas les daba alergia entrar cuando iban al instituto y preferían ser los guays de la clase llevando ropa pija y escuchando a los malditos Hombres G.
¿Héroes? ¿Perdón? A estos publicistas tan tan simples, ¿no se les ha ocurrido un eslogan que sea tan vergonzoso y tan humillante para los tiempos que corren? Se han atrevido a llamar héroes a unos individuos que cobran sumas millonarias, se benefician de subvenciones europeas, maltratan y torturan animales durante su jornada laboral y algunos incluso venden alguna que otra exclusiva con muchos ceros mientras la pobreza infantil suma enteros en nuestro país. En serio os lo digo: que me parece muy bien que haya gente muy rica gastando champán en vez de agua para bañarse en sus bañeras de mármol pero no confundamos los términos, por Zeus os lo pido. A las personas pobres, a la clase media que sólo nos queda la terminología para saber qué es verdadero y qué es una patraña y que ya la filosofía medieval del nominalismo se lo curró pero bien para poner nombres a las cosas sin armarse un lío con Dios, no nos toméis el pelo. Porque los héroes, al menos para mí, son gente que ni cobra esas millonadas ni tortura animales en pos de una tradición cavernaria. Para mí los y las héroes son aquellas personas que recogen animales abandonados en las calles y, sin apenas dinero, los acogen y los cuidan; a los servicios médicos que trabajan con el material que pueden (y no que tienen), a las madres y padres que se desgañitan por darles una comida al día a su prole, al cuerpo de bomberos que se dejan la piel por detener los incendios, al profesorado que se busca la vida para dar calidad educativa a su alumnado, al que tiene palabras de aliento para los desterrados sociales mientras ellos se sostienen con un pie ya alcanzando el acantilado del olvido social. Vamos, no me jodáis con vuestra publicidad de mierda, que aún sé lo que significa cada definición en vuestro mundo de rosas y champán.