Si a alguien se le ocurre comentar en estos meses que eliminar la filosofía de la rama de ciencias ―tanto para el curso académico como para el nuevo examen de selectividad― no acarreará consecuencias graves en el alumnado (futuros y futuras ciudadanas, por si se nos había olvidado), voy a contarles un cuento… de terror, obviamente.
Érase una vez un alumno de ciencias que andaba ensimismado en clase de inglés. Pensaba en un hecho acaecido hace poco en su ciudad que le había dejado con un resquicio de asombro y duda. Finalmente, se atrevió a verbalizarlo a su profesora:
―Profesora, ¿sabe que mataron a un hombre en nuestra ciudad?
―¿De veras?― la profesora detuvo su escritura en la pizarra y se volteó para escucharle.
Entonces, el alumno le contó que fue un ajuste de cuentas entre un deudor y su prestamista que acabó en un crimen digno de retratar en La huella del crimen; empezó con una paliza recordatoria y acabó en una mutilación múltiple (mediante una herramienta muy autóctona: un hacha) y cuarenta y cinco minutos de agonía de la víctima, semienterrada y desangrada hasta la muerte. Los autores del crimen, tres chavales de 20, 17 y 14 años. El más joven iba al instituto del alumno; una cercanía que dejaría azul al más valiente de los padres y madres. Y ahora viene lo gordo del asunto: al alumno le parecía inexplicable que casi le hubiese caído los mismos años de reclusión a un colega de instituto de 14 años por ser tan solo cómplice, como si no empuñar el hacha pero observar impertérrito cómo otros rematan la faena fuera justificable. Aquí, gentes de bien, es donde la ética juega un papel capital (insertar la filosofía aquí, como decían las recreativas: insert coin here). Le costaba entender un término casi olvidado entre la gente joven y no tan lozana: la responsabilidad moral.
La profesora le explicó que las decisiones de cada individuo son cruciales, y en casos extremos, deciden la vida o la muerte de una persona. Si a ese cómplice se le hubiese ocurrido darle un mamporro al leñador asesino, la víctima sería ahora una persona viva. Si al testigo del ese delito de sangre tan funesto se le hubiese dado filosofía (una rama que sirve para aprender a pensar, reestructurar y gestionar pensamientos complejos y no para citar autores griegos como un maldito snob) entendería el concepto del bien y del mal, de lo correcto e incorrecto y, sobre todo, de las consecuencias de sus actos. Y ahora, como una justificación velada muy típica de nuestro tiempo para eludir responsabilidades, leo que uno de ellos era un sociópata que lo tenía ensimismado al pobre chaval de 14 años… Es que la ética también sirve para diferenciar a los manipuladores emocionales y saber deshacernos de su influjo. Pero claro, los de ciencias eso no lo necesitan porque se ve que si le cantas la tabla periódica a un sociópata, este se desvanece como Drácula con la luz del sol: los de ciencias no necesitan moral. Las personas de letras debemos ser unas viciosas y corruptas por leer tanto a Baudelaire y necesitar filosofía a mansalva.
Luego vino algo mucho más terrorífico, cuando el alumno saltó al otro lado de la balanza y creyó que el incumplimiento de la responsabilidad moral debía desembocar en la silla eléctrica.
―Nadie tiene el poder de quitarle la vida a otra persona, ni siquiera las instituciones carcelarias― sentenció la maestra.
―¿Y si ha matado a veinte personas?
(La cantidad es un factor contemporáneo muy importante…)
―La única persona que tendría derecho a matarte es tu madre porque te ha dado la vida. Y debería matarte a collejas por haber suspendido ocho asignaturas, cenutrio.
Y, así, el alumno continuó en silencio con sus divagaciones entre la gramática inglesa y los delitos de sangre. La profesora se quedó con una sensación agria en la boca de desesperanza y pánico. La filosofía, fundamental para la construcción del pensamiento lógico y ético, desaparecerá de las mentes del futuro junto con Economía (para no entender la influencia financiera de nuestras sociedades), Historia del Mundo Contemporáneo (para no conocer los errores que no deberíamos repetir) y Literatura Universal (para no estetizarnos demasiado ni volvernos demasiados crític@s). Y entonces se acordó de su sentimiento de estupidez cuando no lograba entender las derivadas en Matemáticas… Y se sintió aliviada porque el alumnado de ciencias, a partir de ahora, tendría un problema mayor: no saber pensar.