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Lidón Sancho

Más vida que arte

Hunos políticos

No se escandalicen ustedes aún; no he cometido ninguna falta de ortografía en el título de este artículo. Esa h tiene un porqué, o un quién, más bien dicho: Atila, rey de los hunos cuya frase atribuida “Yo soy el martillo del mundo…donde mi caballo pisa no crece la hierba” da cuenta de la destructividad en sus conquistas y purgas y sobre cómo le hizo la vida imposible al pobre Teodosio de Roma, mareándolo como una perdiz, con el ahora te dejo tranquilo y ahora te invado.

Leo en un artículo del National Geographic (que siempre tiene mucho empaque) que Atila invadió el Imperio Romano y llegó hasta las puertas de su capital para socorrer a la hermana del emperador, Honoria, con la que deseaba casarse. Amoroso propósito (si no contamos con los cientos de muertos que dejaría tras la estela de su caballo).

Atila, rey de los hunos.

Atila, rey de los hunos.

Ahora viene la comparación con nuestro políticos, también con un comportamiento similar al pueblo huno pero no con tan amoroso propósito. Los que ya no son concejales, diputados y alcaldes queman los fuertes que ya no van a gestionar dejando tras de sí un caos de presupuestos y proyectos culturales que quedan a mitad y, peor aún, sin pagar, entre muchos otros como sociales o económicos; pero la cultura es siempre la primera víctima en esta película de terror político que estamos viviendo. Y, claro está, todo esto solo para joder al que viene detrás y que lidie con esas personas a las que los antiguos políticos han abandonado sin tener la más mínima consideración por su esfuerzo y trabajo, o destituido tras estar al frente de una gestión digna.

Entonces, aquellos que ocupan sus nuevos cargos vuelven a subirse al caballo de Atila (por si aún queda algo en pie) y terminan por asestar el espadazo a los avances que se han logrado en la anterior legislatura, peleando como quien engulle carroña.

La diferencia entre el pueblo huno y ellos reside en que los primeros aniquilaban con aquello con lo que, de momento, no se sentían identificados cultural y socialmente. Pero los humanos solemos aprender de nuestros errores (a veces) como aquel gesto de Isabel la Católica al preguntar, sentada en el trono del rey Boabdil (último califa de Al-Andalus) qué eran esas letras que rodeaban toda la estancia; al decirle que afirmaban “Solo Alá es el Dios verdadero y Mahoma es su profeta” ella se negó a destruir dichas inscripciones, argumentando la gran belleza de la sala de los Reyes. Para ella, era un despropósito borrar semejante plenitud arquitectónica.

Pero, parece ser, que a nuestros políticos se las trae al pairo y no creen en absoluto que la cultura sea un valor digno de conservar legislatura tras legislatura y la devoran como Saturno a sus hijos.

Reflexionando me vienen dos ideas a la cabeza; la primera es obvia: la clase política no es digna de confianza, ni siquiera aquella que, en principio, luchó por tus proyectos. La segunda es que seguimos siendo una sociedad deficitaria en ética del trabajo para valorar la labor de miles de profesionales que nos dejamos la piel en un campo tan árido como es la cultura en España.

Y, ¿saben ustedes? Siempre se les echó la culpa a la gobernante comunidad cristiana sobre la quema de libros en la biblioteca de Alejandría. En realidad, tanto Julio César, como la intolerancia cristiana, la posterior invasión musulmana e incluso la propia dejadez de su ciudadanía autóctona acabó con ella. Blancos, azules, rojos o verdes se comportaron de igual vil y despreocupada manera y gobernantes y gobernados se cruzaron de brazos ante el desastre. Las generaciones siguientes son las que pagaron el pato, claro,  perdiéndose una fuente de conocimiento albergada en los miles de libros desaparecidos.

Más de viente siglos después, seguimos así: entre todos la mataron y ella sola se murió.

 

 

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Por Lidón Sancho

Sobre el autor

Este blog ha sido creado con un fin poco usual: hablar sobre arte contemporáneo real, práctico y claro. También para perderle el miedo a las exposiciones, así como criticar la gestión cultural de nuestras instituciones museísticas. Y se hablará no sólo de ARTE sino también de cuestiones sociales y reflexiones sobre la gestión que hacemos de la educación y la cultura en el mundo.


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