De cristal verde. Diseño años 70 resistente a golpes y modas en forma de tazas Duralex repletas de risas, escasa preocupación y mucho sueño arrastrado entre cafés y apuntes. Tus recuerdos de aquellos años de estudiante van acompañados de sensaciones y lugares pero también de objetos tanto en el piso que compartías dos calles más allá con unas amigas como allí mismo, en la casa familiar de tu amiga. Te has sorprendido diciéndole -a tu amiga- que no se preocupe, que su piso es pequeño y tiene demasiado lío, que mejor te quedas a dormir en el de su madre que vive enfrente.
Y actúas en consecuencia avisando a Mari Tere para que se prepare, que vas. Te quedarás allí como aquellos años en que vivíais robando horas a las clases, al estudio y al sueño y no pasaba nada porque la energía era inagotable y el tiempo solo días rebosantes de presente. Después de una estupenda y entrañable cena de antiguos compañeros que prometéis repetir no te apetece ir de copas y como tu amiga debe madrugar regresáis juntas comentando qué tal la cena y qué tal todo para despediros en la esquina.
Los tacones te estaban matando así que no quieres hacer nada sino entrar por el portal, subir, atisbar el recibidor y el olor del embellecedor del parqué y dirigirte a descansar de una semana dura. No hay luz en el salón, Mari Tere debe estar acostada. Dudas si decirle que ya has vuelto aunque recordar su insomnio te decide a no hacerlo. Después de dormir regular ya por la mañana la has escuchado levantarse pero te haces la remolona como en los viejos tiempos. Además hoy no tienes que estudiar. Jijiji. Pero tienes una comida. Así que finalmente te levantas, te aseas y te diriges a la cocina. Sobre la parte superior de la barra hay dispuestas dos tazas de café, el azucarero y un tupperware con galletas light. También te ha dejado una nota – se te había olvidado cuánto le gustaba dejar notas- que anoche no viste.
Mari Tere no está. Debe haber salido a pasear a Dama por lo que decides esperarla. Miras con detenimiento cada uno de los rincones de la cocina donde tantas veces y tan bien has cenado antes de comenzar a estudiar. Salvo algún pequeño detalle todo sigue igual: los muebles blancos a medida sobre los azulejos azul intenso, los mismos electrodomésticos, el mismo leve tic-tac del reloj de pared imponiéndose sobre el silencio matinal, el frutero de tres pisos de cerámica, algún ruido esporádico desde el patio vecinal y el tendedero con sólo dos ó tres prendas. Hoy tiene una cacerola de barro aún sobre la encimera y ha añadido la silla de viaje de su nieta pequeña que viene a comer entre semana así como un dibujo de la mayor en la nevera dedicado a la abuela que acaba con un ‘I love you‘ de lo más colorido.
¿Alguna vez os riñó por algo?. ¿Por reír de madrugada? ¿Por no avisarle con antelación de cuántos érais a cenar?. Si fue así no lo recuerdas o lo olvidaste pronto. Esperas un poco o un mucho, no sabes. Llega comentando sobre la calle y el tendero. Su hija no está porque tiene bautizo. Que se chinche, reís. Así que hoy son dos las tazas. Charláis de todo durante un buen rato. Esta vez no nombra a Manolo aunque hay un par de momentos en que la ves engullir el recuerdo para sí a fin de no parecer una vieja que chochea (si no la conocieras). Te tienes que ir y le dices que se te hace tarde.
Os despedís con besos, un par de sabios consejos en el bolso, una sonrisa como pocas para su edad y mucha premura por tu parte. Y te das cuen’ de que la felicidad era esto cuando durante mucho ni siquiera sospechabas que pudiera serlo. De refilón atrapas su imagen nítida hasta la próxima ocasión y es entonces cuando le observas el gesto cansado de la edad que se retira hacia sus adentros ahora que cree que no la ves. Desde el rellano te volverías para darle otro achuchón pero no lo haces. Subes al ascensor que arranca con un leve crujido, como sucede cada vez que te vas, como te anuncia cada vez que llegas.