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Fani Fernández

Mil piruetas

Mirarte a los ojos

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Todo tenía un precio. De usar y tirar. Nada pervivía. Vivía en un mundo recubierto de mil capas bajo las que yacía aplastada su autenticidad. Si alguna vez la tuvo. Como la de aquel guisante de cuento bajo montañas de colchones en donde lo único verdadero era el guisante. Ya ni siquiera las princesas lo eran.

El mercadeo la recubrió de condiciones de venta, la necesidad de agradar de atractivos postizos superpuestos, telas brillantes y luces estridentes. Intentaba cumplir objetivos escurridizos que exigían adaptarse sin ni siquiera saber a qué. Posibilismos, respeto por todo y por todos y gusto manifiesto por nada. Esta mañana se había vestido lo más impersonalmente posible para no llamar la atención en el trabajo y se había mirado a los ojos. Hoy le había dado tiempo a retocarse. Y no se conoció al menos tal cual se recordaba desde la última vez que se escrutó con detenimiento. De cerca y de lejos. Inclinándose ligeramente y retrocediendo ante el espejo descubrió huellas palpables de lo vivido en su rostro -curioso- y cierto mohín adusto asomando en un gesto al parecer imborrable e inmaquillable.

-¿Qué te sucede?… Tienes mala cara hoy.
-Últimamente no duermo bien. Esta mañana no encontraba mis gafas de sol. No recuerdo en donde las dejé.
-Toma, te presto las mías. Pero haz algo con esa cara por lo que más quieras, que esta tarde vienen los de la oficina de Madrid.

Hablan. Lee sobre una fantástica exposición de Paul Klee en Londres que sueñan con ver con otro compañero, una crítica de la ‘Casa de muñecas’ en el Rialto y algo por encima la programación de La Ciudad de las Artes y las Ciencias a la que renunciará nuevamente con el mismo dolor antiguo de los últimos años. Nadie la nombra hoy. A la crisis. Tú lo acabas de hacer. Están frente a frente en un bar almorzando, mirando a través del ventanal las dos solas porque hoy no ha venido Juan, el de Recursos Humanos. Ven pasar a la gente y dice que ya casi nadie se mira a los ojos por la calle, ni siquiera en las tiendas, el parque o el bar. Puede resultar peligroso, ya se sabe. Mera protección. Solar.

Salen. Las gafas de su compañera le están grandes y se las va recolocando mientras vuelven a la oficina que está justo al otro lado de la calle. Le llama la atención… ¿Qué es lo que le había llamado la atención?. Ah sí, aquella mujer… y ese señor… Suena un violín provocadoramente en una acera inundando la grisura asfáltica con su hacer. Se atreve a revolotear por los aires escuchando unos breves segundos y se obliga a aterrizar forzosamente. ¿Aún quedan músicos callejeros?. ¿Y no los multan por contaminación acústica para que desaparezcan?. Nunca le niega una moneda a un músico. Y recuerda que de niña estuvo a punto de elegir el violín. Ahora lo toca su hija. Un día se lo pidió un momento y se lo puso sobre su hombro, entre el corazón y el oído, recostando la cabeza. Lo hizo sonar. Y vibró.


Se quita las gafas en el ascensor. Se sienta ante el ordenador -tiene que regar el cactus-, e intenta concentrarse. Y sin casi darse cuenta mira por la ventana y se olvida de lo que realmente estaba pensando, de que alguna vez miró con nitidez algo de colores puros y limpios como la piel fresca, rugosa y verde intenso de aquel guisante. Como aquel violín o una pintura de Paul Klee, una vez, en Roma. De cuando el mundo se ofrecía entero ante sus ojos.


octubre 2013
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