La Estación del Norte de Valencia no debería desaparecer nunca. Es un lugar especial con un encanto muy propio. No debería hacerlo ni cuando por fin se lleve a cabo el eterno proyecto del Parque Central. Sus dimensiones arquitectónicas, su modernismo y sus ecos te elevan un poco por encima de esta época gris hasta el limbo del viajero, ese lugar de posibilidades por el que transitáis tu hija mayor y tú desde un tren de cercanías hoy mismo.
Siempre te gustó el tránsito, mezclarte entre maletas y sus historias, sentirte pasajera. Además te encanta la línea de cercanías a Valencia, un placer en sí mismo sin necesidad de más. Pero para quienes disfrutáis de la gente es un lugar por el cual deambular en un intercambio vital exprés. Luego hay que ver lo que ésta es capaz de contar delante de extraños de viaje como si no hubiera nadie más ahí o fuerais a convertiros en estatuas de sal. Lo dices porque acaban de subir al tren dos señoras ya entradas en edad en la estación de Algemesí. Os han saludado y después de dirigiros unas frases amables continúan a lo suyo en lo que parece una conversación que ya les venía ocupando un buen rato. El cauce del río Magre es espectacular. No quieres pecar de indiscreta pero te resulta inevitable escucharlas mientras te deleita el paisaje.
–Fija’t que li ho vaig tindre que dir…
–I ella qué et va contestar?
–Que no, que no podia, aixina, sense pensar-se-ho ni dos segons…
El tren arranca de nuevo mientras miras absorta a través de la ventana y te dedicas -bendita intrascendencia-, a intentar recomponer el puzzle del tema que les ocupa. Al parecer una de ellas es viuda, y algo desgavellà te atreverías a añadir. Su acompañante interviene poco y asiente como lo hace quien está acostumbrada a hacerlo. Por lo que le cuenta sin ambages la hija tiene algún problema respecto al tiempo a pasar con la familia política. Después habla del nuevo trabajo del hijo y de cómo pasa ella los fines de semana. A juzgar por sus ropas, perfume y tipo de conversación ambas disfrutan de una posición acomodada pero se entrevé que a la primera no le debe estar resultando fácil su situación emocional. Retazos, anécdotas, matices personales se suceden en una deliciosa historia para cualquier oído curioso así que no logras abstraerte.
Tu hija te mira algo perpleja haciendo un esfuerzo por no reír pero finalmente lo hace con esa preciosa e inocente complicidad de los once años. Le devuelves el gesto consciente de estar compartiendo con ella aquel viejo escenario, aquel viejo tren de la línea de cercanías en donde vivías un efervescente preámbulo al mundo más allá de tu entorno. Al otro lado del vagón ajenos al barullo imperante dormita un señor mayor, wassapea una estudiante y poco más así pues casi das las gracias porque tu niña al menos no haya tenido que escuchar a un par de adolescentes. Con la carita de emoción porque vais las dos solas muy pocas veces a ningún lado te recuerda ahora cuando ibais a casa de unos amigos por Fallas en medio de otro vagón atiborrado que le pareció entonces una fiesta, un cúmulo de sensaciones y de vidas cruzadas rumbo a la estación del Norte.
La linea de cercanías a Valencia debería ser declarada patrimonio inmaterial de la Humanidad y tus acompañantes de compartimento también, afirmarías a estas alturas del trip. ‘Ha llegado a su destino’, escuchas así que os incorporáis. Os despedís. Chirriar de frenos, último fogonazo de la calefacción en plena cara, atolondramiento recogiendo abrigos y bártulos, algún bostezo. Apertura de puertas, frío que inunda el andén, olor a vía y a estación. Ya estáis en Valencia.