Se nos mueren Laurence de Arabia y Nelson Mandela y nos quedamos de nuevo un poco más huérfanos de mitos en estos tiempos de incertidumbre que convierten cada pérdida en aún más irreparable. Pensando ya en la mesa de Nochebuena -cuando más apetece soñar con un mundo dulce y bueno-, es cuando se va Madiba con esa ternura que sólo desprenden los grandes, destilando la generosidad de quien ha tocado fondo y decide salir adelante de una manera absolutamente desarmante. Estos días en que tanto se ha analizado la figura del político sudafricano han sido más tristes al poner de manifiesto la falta de líderes de su sencillez, magnitud y capacidad para el estímulo social.
Quizá la otra lección de Mandela -además de la ausencia de rencor-, haya sido combinar el activismo con el encanto personal. Algún día no muy lejano José Luis Rodriguez Zapatero y Francisco Camps reconocerán en sus memorias su influencia como ya lo ha hecho Obama. Es broma. O no. Pero no hay que desesperar. ¿Qué combinación de factores y en qué dosis exacta hace posible la magia de un Vicente Ferrer o un Madiba?. En un futuro próximo tal vez sepamos de qué madera está hecho un líder, bajo qué circunstancias se forja, cómo son por dentro a través de investigaciones por RMf (resonancia magnética funcional), que desentrañen los misterios y particularidades de sus cerebros. Será cuando además del funcionamiento de la mente humana ante estímulos físicos y emocionales conozcamos el apasionante campo de los estímulos y las respuestas sociales. Imagínate un programa informático capaz de calcular las variables posibles en las reacciones de un colectivo. ¿Llegará?.
De momento hemos de conformarnos con el estudio de las diferencias cerebrales por RMf entre hombres-mujeres que viene a demostrar algo que ya sabíamos aunque no con absoluto rigor: somos dos mundos aparte. No obstante, la eterna guerra de sexos ha sido vencida esta semana por goleada por un artículo en el cual Emilio Lledó apunta sin complejos que la verdadera crisis es la de la inteligencia: ‘Siempre se habla, y con razón, de libertad de expresión. Es obvio que hay que tener eso, pero lo que hay que tener, principal y primariamente, es libertad de pensamiento. ¿Qué me importa a mí la libertad de expresión si no digo más que imbecilidades? ¿Para qué sirve si no sabes pensar, si no tienes sentido crítico, si no sabes ser libre intelectualmente?’. http://www.diariodeavisos.com/2013/11/emilio-lledo-la-verdadera-crisis-es-inteligencia/
La ausencia o escasez de líderes nos niega duelos dialécticos como los de antes -a decir de los periodistas parlamentarios-, con debates ricos en ideas y adornados de fundada y graciosa confrontación dialéctica, con el arte de un Cyrano de Bergerac seduciendo a la plebe mientras argumenta.
En efecto, Mandela corrió inmensos riesgos. Con su propia vida. Perteneció a esa serie tan limitada de personajes capaces de transformar sueños en oportunidades. Su marcha sólo hace más patente el hambre de líderes, el hartazgo de mandatarios de salón y líderes que no lideran. Mejor pensar que no hay de qué preocuparse. De cuando en vez surge una voz que se hace escuchar, que lucha, se la juega y logra. Mientras le alabáis desde el sofá. Es tremendamente fácil. Lo trabajoso, si lo piensas, es otra cosa.