‘Qué te llevarías a una isla desierta’ es todo un clásico donde los haya; (no vale aquí decir el IPhone o la tablet). Recuerdas escuchar a muchos entrevistados en los antiguos programas de televisión -la entrevista, ese género maravilloso tan en desuso- responder que tal o cual libro. Y quizá la contestación fuera cierta y alguno de ellos -de verse en tal supuesto- se llevaría tal o cual ejemplar para no aburrirse. De sí mismo. Creo que dicho supuesto nunca se dio. El del libro. ¿Quien sería el primero en formular la ya tan famosa pregunta?.
Todos hemos sido náufragos alguna vez. Hemos sentido que el mundo se inundaba por completo a nuestro alrededor y casi no existía tierra a que aferrarse. Hasta que surgía una tabla de salvación o un islote a la vista. Tú invertirías el orden y te llevarías la isla desierta a una de estas librerías, a poder ser. Y leerías mientras bebes agua de coco que a lo visto alimenta casi tanto como algunas lecturas. Bromas aparte habrá un tiempo quien sabe si lejano en que recordemos las librerías que hoy casi nos pasan desapercibidas como antiguos lugares de culto para Crusoes y atiborrarnos de libros con que llenar el alma en apacible soledad. Dentro de un tiempo aún indeterminado ‘libro’ será una palabra arcaica en los mares del E-book.
A ti no te ha hecho falta cruzar el océano o perderte en los mares del Sur. Tú no más tenías que girar la esquina hasta la librería París-Valencia o cruzar hasta Grabador Esteve para encontrarte en Railowsky, fantástico vergel hecho de fotografía, cine y comunicación en donde has hojeado tanto o más que leído. En este o cualquiera de los lugares que aparece en un artículo de librerías con encanto de Jot Down pedirías asilo aunque proliferan últimamente en las redes imágenes de los establecimientos más especiales a nivel planetario que sería una gozada conocer y que ya aparecen relacionados en la lista de Manuel Caro de librerías más bonitas del mundo.
‘¿Qué es para ti un libro?’. Con doce años te presentaste a un premio bajo ese título y lo ganaste. Y te regalaron un lote precioso que aún guardas como oro en paño. Ya desde aquel entonces y todavía hoy un buen título, una portada atrayente, la clase de ilustraciones, una textura de papel, su tacto, olor, tipografía te animan casi tanto como el nombre del autor o la trama o el tema. Fetichismo le llaman. O agujero por el que se va el dinero, también. Para el librómano cualquier espacio tiene su atractivo, hasta la sección de libros de ‘El Corte Inglés’. Luego aparte necesitas sentirte prendada por quien sepa hacer magia con unas letras estremeciéndote más allá de donde nunca alcanzará tu vida. Y por quien sepa hacerte sentir en la ‘isla del tesoro’ perdida entre estantes repletos, secciones originales, alguna edición especial o ejemplares firmados por el autor. Para eso son decisivas las indicaciones del librero, porque cada librero en sí mismo es un libro, un personaje de libro por descubrir. Y cada librería un escenario de novela.
No, las librerías ya no serán lo que eran, un lugar donde guarecerse en el cual pasar el rato haciendo tiempo sin la insistencia del vendedor, que suele ser invariablemente ese señor de barba canosa y aspecto desaliñado con pinta de no necesitar vender libros. La transformación del sector es innegable e imparable; no serán un lugar para ocultarse sino -según dicen- un lugar para ser encontrados porque tu E-book también te espía. Desconcertantes nuevos tiempos.