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Fani Fernández

Mil piruetas

Síndrome de Solomon

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El miedo, esa fuerza que mueve el mundo. La antifuerza. En la era de la comunicación y dotados como estamos de herramientas tan poderosas como las redes sociales te sorprende que la gente se enrede en consignas, frases hechas, o ‘me gusta‘ que podrían decir mucho pero en gran parte de las ocasiones aportan más bien poco. Desentrañar la personalidad de alguien rodeado de lugares comunes puede ser todo un ejercicio de observación, no lo vas a negar, pero solo hasta cierto punto puesto que las viñetas o noticias del periódico pueden transmitir información escasa en lo personal. Menospreciar una posibilidad tan fantástica, preciosa y vital te parece un crimen a pesar de que no todo el mundo actúe de la misma forma.

Personalmente no te consideras poseedora del interés logístico o estratégico mínimo requerido para formar parte de los archivos de la CIA, la verdad, por lo que la teoría de la conspiración internacional contra una o uno te parece mera excusa bajo la cual acomodarse y proteger nuestra vulnerabilidad casi tanto como nuestra privacidad. En el tiempo que llevas transitado por las redes -relativamente poco- no te has creído tan interesante para que espíen tu vida, tus gustos y opiniones más allá de tu círculo más próximo o entorno profesional y hasta tendría un punto si así lo fuera. Tampoco te parece insensato compartir alguna foto entre amigos, consciente de la maravilla que supone tenerlos a todos -se encuentren en dónde se encuentren- a un click.

Hace poco te diste de bruces contra un artículo publicado en el periódico ‘El País‘ acerca de cómo nos afecta la imagen que los demás tienen de nosotros y el pánico que sentimos a convertirnos en el centro de atención. ¿Pero por qué lo hacemos?. ¿Por sentido del pudor?. De la misma manera que en las fábricas de Canals había quien no se sacaba el tope de producción para evitar enemistarse con sus compañeros, se dice que padecemos el síndrome de Solomon cuando tomamos decisiones o adoptamos comportamientos para evitar sobresalir o destacar en un grupo social determinado. También cuando nos boicoteamos para no salir del camino trillado por el que transita la mayoría. De forma inconsciente, muchos tememos llamar la atención en exceso -e incluso triunfar- por miedo a que nuestras virtudes y nuestros logros ofendan a los demás o porque al exponernos abiertamente quedamos a merced de lo que la gente pueda pensar de nosotros.

El síndrome de Solomon pone de manifiesto por una parte la falta de autoestima y de confianza en nosotros mismos, creyendo que nuestro valor como personas depende de lo mucho o lo poco que la gente nos valore. Y por otra, constata que seguimos formando parte de una sociedad en la que se tiende a condenar el talento y el éxito ajenos. Aunque nadie hable de ello, en un plano más profundo está mal visto que nos vayan bien las cosas y más ahora en plena crisis económica con la precaria situación que padecen millones de ciudadanos. Para muchos la presión de la sociedad sigue siendo un obstáculo insalvable también en las redes. La conclusión es que estamos mucho más condicionados de lo que creemos.

El propio Asch que acuñó el término en una investigación sobre nuestro comportamento grupal se sorprendió al ver lo mucho que se equivocaba al afirmar que los seres humanos somos libres para decidir nuestro propio camino en la vida. El primer paso para superar el complejo de Solomon consiste en comprender lo paralizante que puede llegar a ser preocuparnos en exceso por lo que opine la gente de nosotros. ¿Y qué hay de la envidia? ¿Cómo se afronta? Muy simple: dejando de demonizar el éxito ajeno para comenzar a admirar y aprender de las cualidades y las fortalezas que han permitido a otros alcanzar lo que se proponían. Si bien lo que codiciamos nos destruye, lo que admiramos nos construye. En vez de luchar contra todo ello es mejor usarlo para construirnos por dentro. Y en el momento en que superemos colectivamente el complejo de Solomon, posibilitaremos que cada uno aporte –de forma individual– lo mejor de sí mismo a la sociedad.


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