Estamos en la fase de la crisis de deuda. El problema está en que los mercados, es decir, los que nos prestan dinero consideran que no somos de fiar y, por tanto, ya no nos quieren dar más. Exactamente, nos quieren prestar más caro lo que ya nos dejaron (sin aumentar el dinero prestado).
Esta situación se traduce en que la Comisión Europea quiere que bajemos nuestro déficit público, es decir, el porcentaje que anualmente nos gastamos de más. Lo que ganamos cada año es el PIB y el déficit público es el porcentaje que nos gastamos de más.
Sin embargo, el problema de España no es el déficit público, y así lo dejaron claro los catedráticos de economía que hablaron en Forinvest 2012. Aproximadamente, nuestras administraciones públicas deben el 80% del PIB, unos 800.000 millones en números gordos. Sólo en hipotecas (la suma de todas las que tenemos los españoles) ya debemos unos 700.000 millones.
Además, las empresas tienen créditos por un importe de unos 1.400.000 millones, que en parte son con garantía hipotecaria y que, por tanto, se hicieron basados en que nuestro ladrillo valía mucho y era capaz de garantizar el pago de los préstamos. A esto hay que sumar a los bancos españoles, que tuvieron que pedir dinero para prestarnos a particulares, empresas y administraciones. Deben también más de 1.000.000 de millones de euros.
Ante esta situación, donde más problemas tenemos de endeudamiento es en el sector inmobiliario. Los excesos necesitan correcciones por lo que para hacernos más de fiar lo que necesitamos es pagar nuestros ladrillos.
Sería ideal que hubiera más préstamos para la industria y la innovación pero el problema de fondo no es ese sino que tenemos (particulares y empresas y no la administración) demasiado crédito inmobiliario.
Esto no significa que no se deban comprar más casas. El hecho de que un dinero que el banco pidió para financiar una vivienda que ahora está en su balance se transforme en una hipoteca que paga un particular no cambia en absoluto el panorama nacional.
Incluso que un suelo ya financiado se convierta en viviendas tampoco supone una variación en nuestra estructura de crédito. Otra alternativa sería que la banca asumiera la deuda y el bien inmueble se quedara libre de cargas. Así reduciríamos nuestra exposición al ladrillo pero las pérdidas que sufriría la banca deberían ser suplidas con una mayor financiación para el sector. Nos quedaríamos igual.
De este modo, podemos cambiar de manos la deuda según nos interese pero la única forma de librarnos de ella es pagándola. Trasladará de particulares a banca (mediante una dación, por ejemplo) para luego reflotar a la banca (dando dinero desde el Estado a la banca) supone lo siguiente: Reducimos la deuda particular para aumentar la financiera. Reducimos la financiera para aumentar la pública… y así sucesivamente.
Se podría (lo propongo de manera jocosa) obligar a los particulares a endeudarse para comprar deuda pública (y así trasladar la deuda pública a deuda particular). Se podría… lo que se quiera… pero la deuda no desaparecerá hasta que se pague y la principal que tenemos es la inmobiliaria. Paguémosla y podremos descansar.
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Serie ‘Crisis’:
Crisis (I) Esta batalla la ganamos
Crisis (II) Nuestros créditos son el problema
Crisis (III) Aprende a vivir sin crédito
Crisis (IV) Y si el déficit es bueno