El teléfono suena y lo acabo colgando con tristeza. “Finalmente, he firmado. Si quieres te paso los documentos y me los explicas”. La frase es de un vecino de Valencia que lleva ya unos cuantos años jubilado y que busca en los periódicos la solución al drama que le atañe. Sabe, porque lo hemos hablado, que yo no doy consejos y que me limito a contar noticias. Pero aún así sigue llamando.
Su problema es que el dinero de toda la vida lo tenía en un depósito a plazo fijo y que, en una de las agresivas campañas financieras, acabó firmando voluntariamente un producto complejo sin entenderlo. Le demostré que su acto era voluntario en un documento que él mismo me enseñó en el que estaba su firma y la de su esposa. En el papel pone que suscribe un producto a petición previa y que exime a la entidad de responsabilidad por no explicarle bien lo que contrataba.
Comento el caso en el periódico y saltan nuevas historias. “A mi suegra le ofrecieron algo que todavía no sé lo que es pero llame al empleado y le dije que se olvidara de cumplir con sus objetivos”.
La banca se ha deshumanizado. Las complejas normas financieras se intentan cumplir con productos que no son los que necesitan los clientes. Ahora hay miedo y incertidumbre y lo único que debería de valer son las cosas sencillas, las de toda la vida.
En esta crisis he oído desgracias vinculadas a Lehman Brothers, las cajas valencianas y bancos de todo tipo. El resumen siempre es el mismo. No se leen las condiciones y luego llegan los lamentos.
La solución debería de ser sencilla. Cada cliente tiene un perfil de riesgo y de ahí no se deberían de mover (ni ellos ni la banca). Quien quiera jugar a bolsa, que juegue. El que se quiera arriesgar con preferentes o subordinadas, que corra con las consecuencias. Pero, por favor, que se lea lo que se firma.
“Si hubiera leído este folio, te aseguro que no lo habría firmado”, me comentó hace unos días. Pero lo ha vuelto a hacer.
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