El lunes después del puente de cuatro días de la Constitución y la Inmaculada me ha provocado una sensación contradictoria. Por un lado, la crisis (con la desaparición de la extra de Navidad) es el argumento esgrimido por los que se han quedado en casa mientras que los que han aprovechado los días de asueto hablan de lleno total. Esto ha ocurrido en las casas rurales y restaurantes de aldeas y pueblos de menos de 20 habitantes de Castellón hasta en Madrid pasando por los destinos de costa. Con sus excepciones, la sensación del que se ha ido de puente es que no ha estado solo.
Las estadísticas podrán cuantificar si el gasto ha sido mayor o menor que el año anterior o que el de hace cuatro años pero el efecto dinamizador que tienen los puentes es inegable. ¿Acaso no es el turismo unos de los sectores económicos principales de España y, más aún, de la Comunitat?
El fin de los puentes se justifica porque, supuestamente, reduce la productividad. En una empresa como Ford, o cualquier gran industria, la fabricación de piezas no entiende de días laborables o festivos. La máquina produce el mismo número de piezas se trabaje lunes, miércoles y viernes o se agrupen los días de trabajo.
Al margen de la industria y el turismo (que ya es dejar demasiado al margen), queda aquella explicación de que el trabajador que tiene un puente empieza el lunes renqueando y el miércoles a mediodía ya esta en “modo vacaciones”. Si esto es así, el problema no es el puente sino de pura productividad y cultura de calentar la silla, esa misma forma de vida que hace que las jornadas laborales se alarguen por encima de lo pactado y en España no sea habitual el trabajo parcial.
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