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David Burguera

Nos lo hemos leído

Un libro de cuentos

MIGUEL A. HOYOS

Periodista de RTVE

CATALANES EN MADRID. 50 MIRADAS DESDE LA GRAN VÍA

Anabel Abril

Lectio Ediciones

108 páginas

24 euros

 

‘Catalanes en Madrid. 50 miradas desde la Gran Vía’ es un libro de cuentos. Léanlo así. Piensen que lo escribió Borges en un despiste de María Kodama.

Es un libro de cuentos ilustrados. En una ilustración, una foto de la página 81, Charlize Theron, en actitud sensual, acompaña desde un cartel publicitario a un señor de gorra y corbata absolutamente madrileño. Tan pancho, tan adusto y tan seguro de estar donde tiene que estar. El hombre espera el autobús, seguramente, pero ese es su lugar en el mundo, sin duda. Y se diría que Charlize, tan sensual, simplemente está con él. Madrid hace tiempo que no es solo una ciudad de paso, es un lugar en el mundo. Y todos buscamos, añoramos o nos cuestionamos, nuestro lugar en el mundo.

Por eso ‘Catalanes en Madrid’ es un libro de cuentos. Hay nostalgia, añoranzas románticas, personajes que se plantean la gran cuestión de la identidad, o del regreso, escenarios míticos, desde el ‘Pasapoga’, la cafetería Manila, o el Chicote al Calentito o El Valverde. Y sobre todo la Gran Vía, que como todo el mundo sabe, es un lugar que no existe. O en todo caso es, como diría Unamuno, un estado de ánimo. ‘Catalanes en Madrid’ es un libro de cuentos con interesantes protagonistas. Nos situamos ante la figura del héroe, la fascinación por el héroe. Los 50 protagonistas, mujeres y hombres, son triunfadores en lo suyo y en muchos casos en lo de todos. Los protagonistas hablan en primera persona y, como querría Todorov, se muestran dispuestos a reflexionar sobre su yo, a encarar sus entretelas, sus descosidos y su memoria.

Y así surgen las historias. Las grandes y las pequeñas, tan deliciosas. Ese arrancar encarando la cuestión de la identidad ofrece grandes comienzos literarios: ‘Madrid es un campamento’, dice Enric Juliana, ‘Madrid será un pecado juventud’ recuerda Matilde Gurrera que le decía Josep Tarradellas, ‘Madrid es un puerto de mar’ arranca poético Antoni Lladrén, ‘En Madrid juego al mus y en Cataluña a la butifarra’ dice Carlos Macaya en uno de los mejores comienzos narrativos que yo recuerde. Una metáfora que Macaya desarrolla literariamente.

El yo, el quien soy en un sitio y en otro ofrece entrañables episodios. Maria Casado aprendiendo a montar en bici en el retiro, donde Pere Pinyol ve a las parejas besarse en público, eso tan madrileño ( por cierto, cómo gusta el Retiro ), las vistas al mar de Silvia Marsó y Carme Conesa, Eduard Rius adolescente alucinando a las dos de la mañana con una Gran Vía atestada, el Café Gijón de Isidre Fainé, Jordi Bosch en aquel frío enero del 86, en el entierro de Tierno Galván…y Hemingway pasando por la plaza de España, cerca de la Gran peña, donde, como cuenta Pérez-Desoy, se urdió parte de la trama del 18 de julio. Como ven, en un buen libro de cuentos tampoco falta el escenario histórico.

Y finalmente, o quizá, según creí que confesaba la autora, al principio de todo, están las historias de la memoria. Las pequeñas grandes historias. Magistral la de Carmen Caffarel: “Mi padre era representante de ropa interior. Pero también era actor. Siempre íbamos de aquí para allá, por los pueblos, y los sábados íbamos a las funciones, a ver teatro. (…) Un día Marsillach lo vio y le ofreció algún papel. (…) Así que al final nos vinimos a Madrid toda la familia: mi madre, los tres hermanos y el perro”. O la de Josep María Pou: “Mis padres en los años 30 para poder ver recién inaugurado (el edifico de Telefónica) se vinieron a casar a Madrid”. La vida se mueve por azares. A menudo es más real el azar que la realidad.

VALORACIÓN: “Catalanes en Madrid”, como libro de cuentos, ha tenido sin pretenderlo, el don de la oportunidad. Se publica en un momento en que son necesarias las miradas de ida y vuelta, las que tienden puentes. La autora consigue que hablen sus personajes y son grandísimos personajes de ficción, muy verosímiles. Con pinceladas pequeñas pero muy significativas ellos se describen, y transcienden lo particular. Las ilustraciones de los cuentos son sutiles, acertadísimas, proponen casi un juego al lector: cómo complementa cada ilustración a su narración.

‘Catalanes en Madrid’ se llama así pero podría haberse llamado ‘Cuentos para no sentirse extranjero’ o ‘El paradigma del forastero’. Y si a Borges no le hubiera dado tiempo a acabar de escribirlos en los mínimos instantes de libertad que le concedía María Kodama, sin duda Monterroso o Ribeyro, habrían completado la colección.

 

A tener en cuenta también:

http://www.europapress.es/cultura/libros-00132/noticia-catalanes-madrid-recoge-mirada-50-personalidades-calles-capital-20120930133742.html

https://blogs.lasprovincias.es/noslohemosleido/2012/05/25/pulir-lentes-o-si-juliana-hubiera-sido-spinoza/

 

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