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David Burguera

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Sánchez Piñol: entre Sandokán y Vizcaíno Casas

VICTUS

Albert Sánchez Piñol

Editorial La Campana

608 páginas

24 euros

 

Martí, protagonista de la historia, se acerca a los 100 años y recuerda a su escriba, desde su retiro en Viena, su juventud, su formación como ingeniero militar en Francia y su participación en los dos bandos de la guerra de sucesión española que en el siglo XVIII confrontó a Borbones y Habsburgos por reinar en España, lo que derivó en una contienda en la que los intereses de toda Europa se pusieron en juego.

VALORACIÓN: Ojalá fuese irlandés, escocés o flamenco. De esa manera, mi opinión sobre esta novela sería contemplada sin el prejuicio (lógico o ilógico) de quien suponga que ‘Victus’ no me gustó por ser yo un españolazo y, además, nacido en Valencia y castellanoparlante, lo que me convierte en carne botiflera de la peor especie. Si fuera irlandés, escocés o flamenco podría señalar abiertamente que Sánchez Piñol escribió una novela, la primera, ‘La piel fría’, que recomendaré toda mi vida. Leo estos días por internet que ‘Victus’ merece encontrarse entre las grandes novelas del año. Siendo 2012 terrible en muchos aspectos, deberíamos soportar días nefastos literariamente hablando para que esta novela pudiese considerarse como un texto destacado. Quizá entre las novelas sobre la Guerra de Sucesión española… O no.  ‘La piel fría’ (2003), sin embargo, sí es una gran novela. No así ‘Pandora en el Congo’ (2005), una deriva y una decepción. Recuperé la fe en Sánchez Piñol con los relatos reunidos en ‘Trece tristes trances’. En este vaivén, de nuevo toca la de arena. ‘Victus’ se presenta así: “una novela histórica que nos narra la guerra de Sucesión”. Considerar este texto como una novela histórica sería como querer certificar la existencia real, y no novelesca, del Capitán Alatriste o a Sandokán. La lectura de ‘Victus’ se debe tomar como una novela de aventuras en plan Sandokán más que como una ficción que recrea fielmente una situación histórica. Hay explicaciones (como el realizado entre la página 125 y la 130) sobre la evolución geopolítica de España, esa entelequia que, según el protagonista, “no existe”, que son peculiares, por calificar de manera benigna la eliminación de la Corona de Aragón y su sustitución por la “corona catalana”. Algún experto en la materia puede sufrir un colapso si no está prevenido de que, al menos en mi opinión, ‘Victus’ maneja los datos históricos como Rastelli, Cinquevalli, Mayo y Brunn, un póquer (hablando de ránkings) que reúne, según algunos foros ( http://es.myhotarticles.appspot.com/article/the-4-most-famous-jugglers-ever-learn-from-them-you-could-be-next ) a los cuatro mejores malabaristas de la historia. Al margen dejo el modo en que el autor, a través del protagonista de la novela, describe a catalanes, españoles, franceses e ingleses. No es nada nuevo. Pérez Reverte también emplea ese estilo forofo a la hora de perfilar a sus personajes en virtud de su nacionalidad, lo que me recuerda a los tópicos que manejaba mi abuela, que cuando veía a un alemán por televisión siempre decía: “un cabeza cuadrada”. El modo de tratar la historia de Sánchez Piñol me traslada a Vizcaíno Casas y lo que el autor valenciano denominaba ‘historia-ficción’, un saco donde metía ‘…Y al tercer día resucitó’ o ‘Las autonosuyas’. El género me desagrada, aunque luego haya derivado hacia el ‘steampunk’. Las simplistas visiones maniqueas y el tratamiento de la historia sitúan a Sánchez Piñol y Vizcaíno Casas en dos caras de una moneda gastada, revanchista y recurrente. La novela acaba con una moralina gracias a la resolución de un enigma, una palabra, que el protagonista de la trama busca durante todo su periplo, un final que, como ocurre con muchos de esos misterios de la vida que pretenden resumirse en un destello, dejan un poco frío a este lector.  Si fuera irlandés, escocés o flamenco, diría también que, como novela de aventuras, el personaje de la escriba alemana, Waltrud, rechina y que los pasajes donde menos carga dramática aporta el autor (el sitio de Tortosa, por ejemplo)  son los más brillantes, pero sin exagerar.

BURGUERA

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