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David Burguera

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Relojes de bolsillo de León de Aranoa

MIGUEL A. HOYOS
Periodista de RTVE
AQUÍ YACEN DRAGONES
Fernando León de Aranoa.
Seix Barral
190 páginas

Un importante editor de este país, Constantino Bértolo, de Caballo de Troya, me dijo hace un año que los cuentos no venden. Es mentira.

‘Aquí yacen dragones’ va a por la cuarta edición.

Y aunque no vendieran da igual.

‘Aquí yacen dragones’ es un libro que merecía ser publicado.

El prólogo que Fernando León titula ‘aviso a lectores’ ( es decir, aviso a navegantes) es imprescindible. Recomienda leer los cuentos en el orden en que vienen en el libro y mirar al horizonte entre cuento y cuento. Añade que este libro comienza donde los navegantes daban la vuelta guiados por la cautela.

Los dos primeros son consejos prácticos formidables. Aplicables a muchos cuentos y que determinan que se disfrute o no de la lectura de un libro de cuentos.

Lo tercero es una bonita frase.

Da miedo empezar este libro. Porque partes del prejuicio: de que te guste mucho el cine de Fernando León o de que no te guste nada.

Pero empiezas y los cuentos no tienen una formidable calidad literaria. No hay fuegos artificiales. Repiten estructuras, insistencia en arquetipos que se desmontan. Incluso ritmos enumerativos. Pero tienen todos, y digo todos, esa mirada distinta sobre lo cotidiano.

El primer y el último cuento son formidables. Absolutamente formidables. Qué importante es que el último lo sea.

Los primeros cuentos atrapan. Llega el tercero, ese ‘Corazones’ demoledor. Y siguen apareciendo cuentos que te hacen añicos la garganta: Maletas, Mi waterloo (un poema brutal, brutal), Razones, Caja Negra…todos estos son de amor o desamor, de alguna manera, porque todos los cuentos aquí son de alguna manera. Entonces descubres que vas fluyendo, por temas larvados, unidos entre sí, complementarios sin hacerlo evidente, luego llegan otros, la inmigración, sin tópicos, la identidad, la crítica social, pero todo es “de alguna manera” porque lo fundamental es la perplejidad, la persona perpleja, la persona que mirando una escena cotidiana, sin querer, ve costurones o descosidos, y los apunta en una servilleta. No hay sentencias, hay preguntas.

Hay algunos cuentos que tienen continuidad ( El doble) otros que juegan al género ( Cota 52) pero la mayoría son cuentos mínimos, pequeños relojes de bolsillo que funcionan, que te dan la hora.

Entonces te dejas el libro en la mesilla de noche, señalas alguna página, lees algún cuento a algún amigo, porque tiene que ver con él o con ella.

Vas admirando la minuciosidad, la perseverancia en esa observación de lo cotidiano. Vas entendiendo que lo mejor de este libro es la suma de todas esas miradas, el efecto que va produciendo la acumulación de todas esas servilletas, y entonces vas deseando que acabe bien, que la última servilleta esté a la altura. Y lo está. Y cierras, y piensas. “Le tengo que decir a Constantino Bértolo algo que él ya sabe, que se pueden publicar cuentos, si son tan sencillos y honestos como estos”

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