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David Burguera

Nos lo hemos leído

Lo que se tiene por cierto y lo que es verdad

ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Periodista y doctor en Filosofía

LA MUERTE Y LA DOLCE VITA

Stephen Gundle

Seix Barral

496 páginas

21 euros

Nos enfrentamos a la lectura de una obra que compagina de forma equilibrada y brillante el reportaje periodístico de investigación con la literatura. Un libro que, a la vez que nos interesa y nos atrapa con sus vericuetos propios de la novela negra y la crónica judicial, nos describe con rigor y objetividad ciertas realidades sociales díscolas y dramáticas presentes en cualquier tiempo y lugar. Stephen Gundle nos abre en canal la Roma de los años 50 y 60, los de la llamada “dolce vita”, para mostrarnos sin tapujos toda la suciedad que se escondía bajo las alfombras de los clubes y palacios de la ciudad eterna. El escritor inglés pone su pluma al servicio de la verdad escondida por los fastos, glamour y estética de las calles romanas seducidas por un cine que tuvo en aquella época un esplendoroso presente. Los artistas  Fellini, Celentano, Tyrone Power Linda Christian,  Ursula Andress, Ingrid Bergman, Richard Burton o Marlon Brando o los nobles como el Aga Kan, el príncipe Umberto, Soraya de Irán, la princesa Beatriz de Saboya y sobre todo Ugo Montagna, marqués de San Bartolomeo, son los nombres conocidos que pueblan estas páginas junto a los de personajes más oscuros y siniestros como Anna Maria Caglio, Angelo Giuliani, Giussepe Sotgiu, Giusseppe Montesi o Silvano Muto que son los rostros desconocidos que sirven de un fermento que carcome las sociedades. El hecho que catapulta la acción es la muerte en 1953 de la joven Wilma Montesi. La investigación que sigue al encuentro de su cadáver en Torvainica, (la playa del monstruo de “La Dolce Vita” de Fellini) desencadena una investigación y un juicio en el que van a  salir a relucir escándalos criminales, orgías sexuales, explotación humana, tráfico de drogas y sobre todo la impunidad de un poder que tiene tomada la medida a aquellos que deben decidir sobre las culpabilidades ya se trate de los jueces o los periodistas.

Ese es otro de las grandes cuestiones que pone de relieve este magnífico texto de Gundle, la estrecha línea divisoria entre la ficción y la realidad, lo que se tiene por cierto y lo que es verdad. Rumores y rumores que se enquistan en el imaginario colectivo hasta hacerlos ciertos a ellos  y culpables a su protagonistas.  Tanto que éstos que son puestos ante los jueces por inquinosas delaciones, comentarios malintencionados o simple cháchara de portería. El reflejo de una sociedad que valora el poder por encima de una verdad que queda en los márgenes de la realidad.

La víctima del caso estudiado al detalle, Wilma Montesi, no es más que la punta del iceberg, el paradigma de una víctima mucho más longeva en el tiempo:  los sueños rotos, las ilusiones prostituidas, la ingenuidad alimentada por sátiros y el precio que unos pagan para que otros disfruten. Anita Ekberg bañándose esplendorosa en la Fontana di Trevi y el cadáver de Wilma Montesi pudriéndose en la playa de Torvainica son las dos caras de una misma ciudad, una misma época, una misma sociedad y un mismo ser humano que a pesar de su concreción espacial, la Roma de los años cincuenta, se dilata en el tiempo como atestiguan las crónicas judiciales llegadas desde Italia cuyos titulares remiten al ex presidente de la República Silvio Berlusconi y a unas bellas muchchas.

 

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