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Víctor Soriano

Reinterpretando el mapa

Y Dios creó… Saint-Tropez

Todas las historias de lugares costeros empiezan contando que, en algún momento, fue un discreto pueblo de pescadores, con la evocación de alguna escena sorollesca  de niños en la playa y bueyes estirando de las barcas. Esta no será distinta: corría el año 1956 y Brigitte Bardot, que todavía no era el mito que es hoy, se bañaba en una pequeña y recóndita playa de piedra fina de un pueblo de pescadores.Era la playa de Ponche, solo separada por una pequeña fortaleza defensiva del siglo XV y un bello paseo de unos cien metros salpicado por las olas del puerto de Saint-Tropez.

La misma película que hizo de Bardot el icono del cine francés (Et Dieu créa… la femme, de Roger Vadim), inició el mito de la Costa Azul en un pequeñísimo pueblo de apenas cuatro mil habitantes a una hora en coche de la autopista más cercana. Allí, en su atalaya en mitad del golfo al que da nombre, un pueblo discreto convertido en símbolo del lujo y de la aspiración máxima; Saint-Tropez es el lugar más deseado del mundo y el pueblo más conocido de Francia.

La Costa Azul tiene la fama de lugar para el derroche; de belleza, de placeres y –sobre todo- de dinero. Los atascos de deportivos de lujo en La Croisette de Cannes, los yates millonarios apilados en –el nombre lo dice todo- el muelle de los Multimillonarios de Antibes, o el desfile de moda constante frente al casino de Montecarlo son la imagen de una región que todos conocen. Pero en el extremo contrario hay un oasis de calma en el que el pueblo de pescadores que siempre comienza las historias (Benidorm, Marbella…) no ha cambiado desde su salto a la fama.

A casi dos horas en coche desde Mónaco, en el extremo oriental de la Costa Azul, Saint-Tropez encabeza una región donde la plétora del lujo más exagerado se sustituye por la discreción de las buenas cosas. El pequeño pueblo de pescadores, rodeado por su puerto por un extremo y por pequeñísimas playas de piedra, mantiene su esencia con calles estrechas por las que no circulan coches, casas antiguas de colores tierra, y pequeñas plazas con alguna terraza.

La discreción y la esencia del lugar no nos deben confundir: es un atractivo turístico de primera magnitud, y prueba de ello es el atasco permanente que sufre la estrecha carretera que le brinda acceso durante los meses de verano (aunque hay alternativa: el helicóptero y el yate, para los más pudientes, y el barco de línea que parte de Port Grimaud y Saint-Maxime cada hora). Sin embargo, una vez se pone un pie en St-Trop’, como familiarmente la llaman los veraneantes parisinos, no se percibe la congestión de los destinos turísticos.

Toda visita a Saint-Tropez debe comenzar paseando por su puerto, núcleo neurálgico de la bahía, donde en verano se agolpan los yates y es fácil encontrar a celebridades de todo el mundo con pareo y sombrero de paja. Y es que el ambiente relajado es otro de las virtudes de este lugar. Desde personajes del papel couché español, como Tita Cervera o Carmen Lomana, hasta el príncipe heredero de Arabia Saudí o el presidente Macron y su esposa, se mezclan entre los transeúntes sin demasiada algarabía. Es parte del código: nadie señala, nadie mira. Solo disfrutan de sus vacaciones.

En el puerto está La Sardine, restaurante de aire moderno y relajado donde se sirve cocina simple pero rápida y unos fantásticos helados caseros –el de pera mejora cada año-. Unos pasos más allá de la Crêperie Bretonne, fundada en 1950, donde Marie dirige una sala humilde y su hijo Victor sirve buenísimas galettes bretonas hechas con harina de sarraceno. Son el contraste con el lado más ‘cool’ de los muelles, donde se agolpan un puñado de restaurantes de nuevo rico, con decoración brillante y recargada y espectáculos musicales o de fuego durante la cena, muy frecuentados por los turistas árabes y rusos.

Pero si hay un lugar esencial es Le Sénéquier, el bistrôt francés por excelencia de la Costa Azul, con una decoración y una carta que recuerda a una versión veraniega de las cafeterías del barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés. Abierto desde 1887, Le Sénéquier estaba allí antes incluso que lo que hoy conocemos por Saint-Tropez y por sus míticas mesas rojas de madera han pasado los escritores, filósofos y artistas que desde finales del siglo XIX desembarcaban en el puerto. Y, aunque no fue allí donde nació la tarta tropézienne (una brioche dulce rellena de tres tipos de crema), dulce típico del pueblo creado en 1955 por un pastelero del lugar, que se vende ahora en sus locales en toda la región, sin duda la terraza del Sénéquier son el mejor lugar para degustarla.

En Saint-Tropez hay dos ambientes: el pueblo y las larguísimas playas vírgenes de Ramatuelle, un municipio vecino pero que se integra en el ambiente y en la cultura popular tropeziana. Incluso quien odia la playa, tiene que bañarse al menos una vez en la vida en la de Pampelonne, la más reconocida de toda Francia y –aún así- tranquila. Este magnífico arenal de varios kilómetros de longitud y aguas transparentes solo es accesible en coche hasta los aparcamientos cercanos, con plazas limitadas. No solo es maravilloso para el baño y el paseo, también es uno de los lugares más discretos que se pueden encontrar en toda Europa.

El sosiego de la playa solo lo quiebran dos lugares que forman parte del relato gastronómico francés pese a la simplicidad de sus platos, pues no se frecuentan por su comida sino por su ambiente relajado y su ubicación privilegiada. El más popular, el histórico Le Club 55, conocido en España por ser el chiringuito de playa preferido del rey Juan Carlos, donde se puede tomar desde un refresco a precio razonable hasta botellas añejas de Dom Pérignon de decenas de miles de euros, acompañado de platos abundantes y relajados de la cocina provenzal. Unos cientos de metros más abajo, Tiki Beach es un espacio abierto de aspecto polinesio donde se sirve comida playera tanto en mesa como en el chill out; justo al lado del único alojamiento de la zona, el camping de cabañas tahitianas Kon Tiki, que permiten disfrutar de la playa saliendo directamente a la arena desde la cama –eso sí, a unos precios respetables y por periodos mínimos de una semana-.

El contrapunto con la calma y la exclusividad de Saint-Tropez lo pone la marina de Port Grimaud, una villa náutica construida al estilo de Empuriabrava o Sotogrande, con un entramado de canales artificiales, que inspiró a su modesto equivalente español, Port Saplaya. Un lugar para un paseo curioso y no demasiado interesante o para alquilar una embarcación –a precios mucho más razonables que en el puerto tropeziano- para pasar una mañana navegando las tranquilas aguas de la bahía.

De vuelta a Saint-Tropez, los cinéfilos querrán visitar el museo dedicado al cine que ocupa una antigua caserna de la Gendarmería francesa, en homenaje al filme de Jean Girault (Le Gendarme de Saint-Tropez) y tras un paseo de compras por las boutiques de las más prestigiosas casas francesas e internacionales, agolpadas en tres estrechas y agradables calles en un extremo del núcleo urbano, si se trata de una ocasión especial, podemos disfrutar del selecto menú y la decoración increíble que el restaurante de la firma de moda fundada por Christian Dior –nombrado con el juego de palabras Des Lices-, o probar la cocina japonesa con inmejorables vistas del puerto en Kinugawa, la versión local del restaurante parisino. Pero, recuerde, la tropezienne ne dit pas St.-Trop’.

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Sobre el autor

Víctor Soriano i Piqueras es abogado y profesor de Derecho Administrativo. Tras graduarse en Derecho y en Geografía y Medio Ambiente realizó un máster en Derecho Ambiental en la Universidad 'Tor Vergata' de Roma, además de otros estudios de postgrado, y ha publicado, entre otros, el libro "La huerta de Valencia: un paisaje menguante".


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