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Víctor Soriano

Reinterpretando el mapa

Ibiza: la puerta del cielo

Desde el extremo de cabo de Sant Antoni, que separa Dénia y Jávea, se alza tímida en los días claros la silueta de Ibiza, la más célebre de las islas del Mediterráneo, a menos de cien kilómetros de la península. La media hora de avión o las dos horas de barco que la separan de la tierra firme parecen un viaje interdimensional, sobre todo cuando se recorren en invierno y quedan atrás los atascos y el cielo gris de la gran ciudad para desembarcar en la magia de la bella isla de dos caras: la tranquilidad más abrumadora y la noche más agitada.

Y es que si la Ibiza que todo el mundo tiene en mente es la de las noches de Pachá, en las que se presentan al mundo las últimas novedades musicales, esa no es más que la guinda del mito de la isla hippie convertida en uno de los destinos más exclusivos del mundo, no por el lujo excesivo que reina en Cannes o en Puerto Banús, sino por el aire relajado y el art de vivre a la ibicenca. A mí, en cambio, Ibiza me recuerda a los madrugones para coger el vuelo de las 7 y a tener la sensación de ser el único de la isla que llevara corbata: al ver el amanecer aterrizando sobre las Pitiusas solo se me ocurre un je ne veux pas travailler.

Las mañanas, que en la isla son un tiempo indeterminado entre el alba y el mediodía, empiezan en Cappucino, la cafetería que reina en la marina de Ibiza, con unas vistas inmejorables de Dalt Vila, el promontorio que alberga el centro histórico de la capital insular, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Al cruzar el puerto y pasar frente al muelle del que parten casi con la frecuencia del metro los pequeños ferries que unen la ciudad con Formentera, el horizonte de casas blancas colgadas sobre la colina partida por la muralla medieval se va acercando dando paso a un entramado de callejuelas, plagadas de pequeñas tiendas de souvenirs y ropa siempre blanca –no en vano, por algo lo llamamos estilo ibicenco- y algunos bares.

Allí, en una esquina, el Hotel Montesol, cuya cafetería es un clásico lugar de encuentro del empresariado local, separa el Paseo Vara de Rey, el bulevar de una ciudad que aún se ve capital de su pequeña parcela, con sus caciques y sus intrigas, de un centro histórico devoto del turismo de masas, que escala sus intrincadas cuestas hacia el Baluard de Santa Llúcia, uno de los mejores miradores del Mediterráneo. En el descenso por el borde del castillo, hacia el Baluard de Sant Pere y la Plaça del Sol, junto a los árboles de un coqueto parque se puede tomar un cóctel, una sangría de cava o un vino balear en S’Escalinata, uno de esos sitios pequeños y de apariencia cutre que pueblan toda la isla, pero con precios algo exagerados y con una parroquia compuesta por peninsulares y extranjeros de todo el mundo vestidos de verano y a los que el móvil nunca parece importarles.

El turismo de balconing más asentado en Mallorca apenas conquista en Ibiza los resorts de la playa de En Bossa fuera de la temporada en la que los frecuenten los DJ más renombrados. En agosto, los yates llegan de Saint-Tropez o Portofino y antes de partir hacia Porto Cervo o Antibes, rodean la isla en búsqueda de lo que los menos afortunados hacemos en moto o en un coche lo más descapotado posible: para recorrer Ibiza prefiero una Vespa o un Citröen Méhari al más lujoso de los deportivos. Tomar la carretera fuera de la ciudad, pasando por alguno de los celebérrimos mercadillos hippies de la isla –muy venidos a menos- es cierto que exige en temporada alta algo de temple frente al denso tráfico, pero si hemos llegado hasta aquí no es para ver el Hard Rock Café del centro.

Hacia el Oeste, por el siempre atascado camino hacia el aeropuerto, nos podemos desviar a las Salinas, donde se recolecta la mundialmente famosa sal de Ibiza, en las bellísimas lagunas rojas de ese apéndice de la isla. Allí, la Platja des Cavallet, un arenal todavía natural que recuerda a la mítica Pampelonne, es un sitio ideal para los amantes de las jornadas más tradicionales junto al mar. Quien prefiera las calas, en cambio, tendrá que alejarse un poco más de la ciudad, hasta Cala Bassa, con su particular beach club, siempre ambientado, con aguas de color turquesa caribeño y un bellísimo atardecer, como el que también se disfruta en la Platja del Comte, frente a la isla de Sa Conillera, más popular gracias al Sunset, un local con pocas pretensiones.

Ibiza en todavía una isla mucho más natural y rural de lo que espera el turista, sorprendido al paso de un rebaño de ovejas en cuanto se adentre en el centro de la isla. Esa naturaleza se aprecia con facilidad con un breve paseo vespertino hasta la Cala d’Hort, donde el Sol se esconde bajo la isla de Es Vedrà, en una espectacular imagen de postal con la península Ibérica saludando al fondo. Los menos amantes de la naturaleza más viva o los que no soporten el calor veraniego entre senderos, preferirán sin duda el atardecer del Café del Mar, en el paseo marítmo de Sant Antoni de Portmany. Este mítico local, famoso por ser un mirador al crepúsculo más famoso de Occidente, exige una visita aunque solo sea por el hecho de haber estado en él: merece la pena llegar temprano y coger alguna mesa donde salpiquen las olas si el mar está algo agitado.

La concurrencia del Café del Mar contrasta con un norte de la isla casi inhóspito al forastero, sin playas de acceso sencillo ni lugares concurridos, más allá de la Cala Saladeta o la cueva visitable de Can Marçà. El recorrido entre Sant Antoni y Sant Joan de Labritja, en el extramo opuesto, permite si se hace en barco apreciar la belleza de la costa escarpada y laberíntica y, si se hace por tierra, conocer la Ibiza rural e incluso abandonada, en sitios como Sant Llorenç de Balàfia, donde los hoteles de lujo dan paso a las casas rurales y los agriturismos. Allí unos israelíes regentan el restaurante La Paloma, templo vegetariano de la ruralidad ibicenca y que –claro está- es de mis preferidos en la isla, aunque también sirvan carne. Se trata de un conjunto destartalado de mesas y sillas cada una de un origen distinto dejadas caer sobre un campo de frutales y cítricos de una informalidad de tal grado que solo se puede conseguir planificándola. Algo así como el pequeño lujo de ser (o parecer) hippy en su isla.

Hacia el extremo de la isla, el recorrido continúa por Cala Xarraca, muy accesible desde tierra y por eso muy concurrida, hasta la colección de bellos rincones solo accesibles desde el mar entre el curioso Faro des Moscater y su pintura a rayas, hasta el de Punta Grossa, en el extremo oriental de la isla, desde donde se divisa el polémico islote de Tagomago, siempre entre disputas por su propiedad. Las abandonadas playas de Aigües Blanques, cuyo nombre todo nos dice, nos despiden en la vuelta a la realidad, que pasa por la vuelta al aeropuerto pasando por el núcleo turístico sin ningún interés de Santa Eulària des Riu y, de nuevo, por las atascadas periferias de la capital insular.

Pero hasta allí, al pie de la pista del aeropuerto, viendo los aviones despegar de vuelta a la realidad del continente a pocos metros sobre el suelo, en la Platja de Es Còdols, la luz del Sol de la tarde mediterránea, el azul turquesa del mar, el verde intenso de la montaña y los duros acantilados nos piden que miremos hacia el horizonte espléndido de la isla mágica una vez más, una última antes volver.

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Sobre el autor

Víctor Soriano i Piqueras es abogado y profesor de Derecho Administrativo. Tras graduarse en Derecho y en Geografía y Medio Ambiente realizó un máster en Derecho Ambiental en la Universidad 'Tor Vergata' de Roma, además de otros estudios de postgrado, y ha publicado, entre otros, el libro "La huerta de Valencia: un paisaje menguante".


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