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Víctor Soriano

Reinterpretando el mapa

‘The Alpine job’: de Turín a Ginebra sobre el glaciar del Mont Blanc

Escribieron los cronistas de su época que Cavour, el artífice de la unidad de Italia desde su puesto de primer ministro del Piemonte, nunca pronunció una palabra de italiano y nunca puso un pie al sur de Florencia. Era turinés, pero hablaba francés y miraba hacia ese norte que en el horizonte de su ciudad está dibujado por las cumbres perpetuamente nevadas de los Alpes, entre las que reina la visión clara del Mont Blanc, montaña por la que discurre la frontera entre ambos países.

Turín es la ciudad italiana perfecta, una hija privilegiada de una familia algo destartalada. La ciudad más moderna, la más rica, la más limpia. Una bella dama que no teme estar a la sombra de su vecina Milán, la capital económica de la nación, pero no la industrial. Ese título le corresponde a la urbe piamontesa aunque sea por haber visto nacer y haberle prestado su nombre a la FIAT, que en sus años dorados inundó el mundo de coches fabricados en pleno centro de Turín.

La elegancia de la ciudad se ve en sus calles adoquinadas y sus plazas porticadas, también en sus clásicos cafés y hasta en su moderna estación de Porta Susa, una digna nueva compañera de las por lo general impresionantes estaciones italianas a la que algún día, si la eterna polémica política lo permite, llegará la alta velocidad desde el otro lado de los Alpes. Y es que Turín es la puerta de los Alpes. La gran cordillera europea acaba –o empieza- allí, aunque la ciudad está en plena llanura aluvial del largo río Po: la Padania.

Un viaje a través de los Alpes o tiene que empezar a los pies de la Mole Antonelliana, el increíble monumento que es símbolo de Turín. La inmensa catedral civil de la ciudad, con la altura de un rascacielos moderno y la forma de un templo, es uno de los edificios más bellos y sorprendentes del mundo, con los casi ciento setenta metros que alcanza la aguja sustentada sobre su inmensa cúpula, que hoy alberga un museo nacional dedicado al cine italiano. Lo más impresionante sería el ascensor colgado solo de cables que recorrer la cúpula al aire para ascender a la aguja, de no ser porque una vez arriba son las vistas del Mont Blanc las que toman el relevo y nos sirven de guía en nuestro viaje.

Hecha la visita de cortesía a la Mole, como si fuera un tributo a los dioses antes de la aventura, es momento de coger el coche y salir de Turín buscando los Alpes. Y, aunque  a riesgo que acabar arrestados no podamos hacerlo como los protagonistas de The Italian Job, al menos rendiremos tributo a los personajes de Collinson siguiendo sus pasos. Nuestro camino hacia las montañas pasa por la pequeña pero monumental ciudad de Ivrea camino de Aosta, la capital de la región francófona de Italia a la que da nombre y que conserva unas ruinas romanas francamente bien conservadas.

Cruzar los valles alpinos con el intenso verde y el blanco de los picos, en coche por sus carreteras serpenteantes es un verdadero placer para los sentidos que hace que las vistas compensen por mucho la lentitud del viaje. Desde Aosta podríamos desviarnos por una carretera de montaña que tras unas cuatro horas de viaje a través de Italia y Suiza nos conduciría a las afueras de Zermatt, posiblemente el único pueblo europeo donde están prohibidos los coches, y al que solo se puede llegar en tren. Este curioso lugar, uno de los más exclusivos de los Alpes hasta el punto de degradar a Sankt Moritz o Davos casi a la vulgaridad, es famoso por dos cosas: su tranquilidad impertérrita y el Cervino. Y es que la famosa montaña con su icónica silueta –representada en las chocolatinas Toblerone- y las vistas increíbles a los Alpes más profundos desde Zermatt bien merecen el viaje.

Pero obviaremos por esta vez el desvío y seguiremos el camino corto desde Aosta hasta Courmayeur, la localidad italiana a los pies del macizo del Mont Blanc y la última antes de la frontera. Ese pequeño pueblo, con la típica imagen de los núcleos surgidos en las carreteras fronterizas, no tendría ningún interés salvo para los esquiadores de no ser porque de allí parte el trayecto en varios teleféricos que tras tres o cuatro horas de viajes y paradas nos va a llevar hasta Francia a través de la lengua helada de la montaña más alta de Europa.

Subir al teleférico que nos va a llevar hasta los casi 4000 metros sobre el nivel del mar es lo más parecido al alpinismo que una persona corriente, sin entrenamiento, va a poder hacer en su vida. Tras una primera parada a mitad de camino, donde en verano todavía hay verde y el resto del año es todo blanco, llegamos tras una media hora de ascensión hasta Punta Helbronner, el vértice del lado italiano –o no, porque las fronteras de toda la zona están en disputa entre Francia e Italia- de nuestra visita. A la salida de la cabina se abre a nuestros pies un horizonte infinito de hielo, kilómetros blancos e inmaculados, tan gélidos como bellos: los del Glaciar del Gigante, sobre el que podríamos pasear bien pertrejados y acompañados de expertos, en los tour que organizan las agencias locales.

Por el momento, nos quedamos en la estructura futurista de acero y cristal que apenas destaca entre el hielo y la neblina, concentrados en andar despacio pese a lo atractivo de todo lo que nos rodea porque el mínimo sobreesfuerzo a esa altitud produce un notable mareo a los que no estamos acostumbrados a la alta montaña. Un lugar turístico como ese no puede no contar con su restaurante, su bar y hasta su tienda de souvenirs, pero será mejor tomar un ascensor que nos baje unos cientos de metros hasta un túnel peatonal excavado en la montaña que nos conduce al Refugio Torino.

El refugio de alta montaña inaugurado en 1952 es uno de los mitos de los Alpes y un icono del montañismo. Es propiedad del Club Alpino Italiano y –salvo para nosotros y los demás turistas- es una base imprescindible para las ascensiones desde la vertiente occidental italiana de la cordillera. Es un refugio y, como tal, un lugar sobrio, en el que reina la frugalidad y las habitaciones son compartidas, salvo una de ellas, la 31, que hay que reservar con antelación y que no ofrece un confort excesivo dada la ubicación. Ni siquiera el agua de la ducha está garantizada. Pero claro, ningún hotel urbano con todas las comodidades nos ofrece la visión increíble de la terraza del bar del Torino.

Cruzar las fronteras en la Europa de Schengen ha perdido todo su romanticismo a favor de la –muy celebrada- comodidad. En el macizo del Mont Blanc, donde las discrepancias de jurisdicción tienden a ser irrelevantes, es hasta invisible. De vuelta en Punta Helbronner, tomaremos un telecabina que en un viaje de algo más de cinco kilómetros sobre el glaciar –al que llaman acertadamente mar de hielo- que dura casi una hora y nos va a conducir hasta Francia. Al otro lado nos espera la Aiguille du Midi, uno de los picos más altos de los Alpes, con 3842 metros. Se trata de la montaña más alta del mundo a la que se puede ascender de forma enteramente mecanizada. Las vistas desde la Aiguille du Midi, en la vertiente norte, son impresionantes: alcanzan desde Suiza a Italia y Francia, y en ellas reinan los 4810 metros del Mont Blanc, en cuyo macizo los encontramos. Una instalación turística muy singular denominada Pas dans le Vide(Paso al Vacío), que consiste en una caja de cristal colgada de la montaña, hará las delicias de los amantes de las fotografías, por si no fuera bastante con los túneles excavados en hielo que permanecen hasta en verano y la increíble atmósfera del lugar.

Tras explorar todos los rincones y vistas desde el pico más popular del lado francés, el descenso se hace de nuevo en teleférico, hasta el pueblo de Chamonix-Mont-Blanc, famosa estación invernal de los esquiadores. Si disponemos de tiempo, valdrá la pena para en las estación intermedia a admirar la lengua de hielo blancoazulado y recorrer unos cientos de metros sobre la nieve, sin alejarnos en exceso. Ya en el valle, Chamonix es un pueblo singular dedicado en exclusiva al turismo y que merece un paseo agradable entre sus casas típicas de la montaña. Desde allí, son infinitas las opciones para continuar nuestra excursión alpina, siendo los más impresionantes el recorrido en el tren cremallera del Mont Blanc y el trenecito de Montenvers, que nos lleva al pie del glaciar y a un curioso bar de hielo.

La transición a la realidad en el descenso hacia lugares menos fríos y tortuosos nos llevará hasta Annecy, un pueblo de la Saboya francesa conocido como la Venecia de los Alpes –es sabido que cualquier lugar con canales recibe ese sobrenombre-. Sus casas pintorescas, su lago y sus pequeños canales entre edificios medievales generan un ambiente delicioso si se puede visitar en un día tranquilo, en el que no esté colonizado por los grupos de turistas que llegan en autocar.

Solo unos pocos kilómetros más allá, menos de una hora en coche, llegamos al fin de nuestro viaje en Ginebra, la capital de la Suiza romanda, famosa por sus relojerías, sus bancos y sus organizaciones internacionales. La ciudad, que alberga la sede europea de las Naciones Unidas –famosa en España por la cúpula de Barceló que decora la principal de sus salas- es una urbe pequeña pero elegante, donde se echa en falta la vitalidad de la cercana Lausana –la capital olímpica-, y es fácil caer en el aburrimiento.

Si nuestra intención no es dedicarnos a las compras ni a las operaciones financieras, siempre podremos pasear por el borde del bello lago Léman hasta el monumento más reconocible de Ginebra: el Jet d’Eau (literalmente, chorro de agua) o recorrer las calles de su pequeño centro histórico en búsqueda de la famosa Place du Bourg de Four, para tomar unas copas, o llegar hasta la mítica Brasserie-Restaurant de l’Hôtel-de-Ville, para degustar su fondue de quesos suizos entre su curiosa decoración de sombreros militares. Si es en febrero, claro, podremos acercarnos al Salón del Automóvil, el más famoso del mundo, donde se presentan cada año las novedades más llamativas del sector, para buscar un coche para nuestro próximo viaje.

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Sobre el autor

Víctor Soriano i Piqueras es abogado y profesor de Derecho Administrativo. Tras graduarse en Derecho y en Geografía y Medio Ambiente realizó un máster en Derecho Ambiental en la Universidad 'Tor Vergata' de Roma, además de otros estudios de postgrado, y ha publicado, entre otros, el libro "La huerta de Valencia: un paisaje menguante".


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