Las Provincias

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Las seis de la tarde
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María José Pou | 18-07-2016 | 15:35| 0

La última promesa electoral –o quizás habría que decir “la primera” de la nueva campaña- llegó de la mano de Rajoy y se materializó en una medida concreta: que la jornada laboral termine a las seis de la tarde.

La conciliación familiar es un tema muy agradecido en términos de apoyo social. ¿Quién va a reprochar el esfuerzo por lograr que los ciudadanos puedan compaginar su trabajo con su vida personal? Lo de las seis suena bonito pero no es más que humo. La solución no pasa por el horario sino por el concepto; hay que cambiar horas por productividad. Las horas no aseguran el buen trabajo pero tampoco la jornada reducida facilita la conciliación. Se trata de modificar la forma de valorar la dedicación de un trabajador que hasta ahora ha sido su capacidad para “echar horas”. Aún hoy consideramos mejor empleado al que llega primero y se va el último que a quien reduce su almuerzo a diez minutos y evita las conversaciones inútiles de pasillo. Y no es un problema de los jefes sino también de quienes trabajamos.

Es una de las razones que explican que una mujer, con las mismas capacidades, promocione menos que un hombre. A veces es por decisión de jefes machistas, sin duda, pero en ocasiones es porque ella misma no quiere hacerlo a sabiendas de que eso supondrá más horas, más reuniones y más sacrificios familiares. Lo acabamos de ver hace unos días con las estadísticas del Consejo General del Poder Judicial. Seis de cada diez nuevos jueces son mujeres y ellas ya alcanzan el 51% del total. Sin embargo, apenas las vemos en los grandes órganos del Supremo, las Audiencias Provinciales o la Nacional. El caso demuestra que cuando hombres y mujeres son medidos por el mismo patrón, ellas ofrecen las mismas capacidades que ellos. La promoción, sin embargo, no exige solo capacidad sino disponibilidad y ahí se ve el abismo entre ambos.

La realidad está exigiendo un cambio de modelo, no solo de horario. Mejor que reducir la jornada sería plantear flexibilidad horaria; premiar a las empresas que valoran la productividad y no la dedicación, y subvencionar servicios dentro y fuera de la empresa. ¿Por qué guarderías y no centros de día para adultos dependientes? Esa diferencia es discriminatoria y refleja una miopía social que tendría que revisar Javier Maroto, el artífice de la propuesta que presentó Rajoy. Igual que en educación debería enterrarse el modelo de concertación cambiando las subvenciones a los centros por ayudas a alumnos en función de sus circunstancias, en términos laborales deberían buscarse métodos de ayuda al trabajador en aquellas realidades familiares que le impiden dedicarse más a su tarea, sean niños pequeños, dependientes, ancianos o enfermos crónicos. Para eso hay que revisar el modelo por completo, no imponer una jornada a la que quizás solo los funcionarios podrán sumarse. Y no todos.

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Trucos de magia
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María José Pou | 18-07-2016 | 15:28| 0

Una de las consecuencias del impasse político en el que estamos es que, carentes de actividad y noticias sobre proyectos de futuro, fijamos la atención en cosas que de otro modo pasarían a un segundo plano. Bien lo sabe Pablo Iglesias que sigue jugando a la escenificación mediática con paseos, regalos o “robados”. En su caso no es un topless indiscreto sino unas notas pulcras y elocuentes. Hasta cuando se aparta, consigue ser el centro de atención.

Quien peor lo tiene, sin embargo, es un PP inactivo que sufre un protagonismo nada deseado, amplificado por la ausencia de guirigay. Es lo que sucede cuando en un bar ruidoso alguien intenta hacerse oír por el interlocutor y de pronto todos callan por casualidad. Su voz y lo que dice llenan el silencio ensordecedor. Y no puede evitar quedar en evidencia.

Al PP le está sucediendo eso con la Operación Taula, el Gürtel y el Brugal. Siempre hubiera estado en las portadas con los datos que vamos conociendo, pero no es lo mismo hacerlo compartiendo sumario con debates de investidura, crisis en otros partidos o cumbres europeas, que tal y como está ocurriendo. Copándolas.

Hay un aspecto, sin embargo, que le beneficia y tiene que ver con las redes sociales. A menudo, éstas se entretienen más en temas secundarios -pero jugosos- que en los grandes asuntos. Ayer, sin ir más lejos, era mucho más significativo que un empresario afirmara haber financiado ilegalmente al PP que el exabrupto de un escritor harto de la retórica izquierdista pero falto de mesura y contención en un entorno de vorágine polemista. Sin embargo, era más apetitosa la condena a éste que el análisis de aquel. Es cierto que la merece, no por decir que Ada Colau “debería servir en un puesto de pescado” sino por pensar que eso la sitúa en un lugar menos cualificado o menos honroso. Las redes sociales tienen para dos o tres días con el tema y, sin calcularlo, lo convierten en cortina de humo con la que ocultar otros asuntos más importantes.

Que Félix de Azúa sea un bocazas, un machista o un clasista no cambia nada ni de su buena literatura ni de la situación de la RAE o del país entero. Solo de su reputación. En cambio, los datos sobre presunta financiación irregular del principal partido de la Comunidad Valenciana, sobre la honradez de la “alcaldesa de España” o sobre las sospechas de una orquestación provocada para inculparla sí nos afectan a todos. La crucifixión de un escritor inoportuno a quien no le falta razón cuando cuestiona la preparación de quienes nos gobiernan pero la pierde en los modos que usa para hacerlo quedará en nada, en espuma de rápido consumo. Lo otro permanecerá durante años. Si el PP tuviera capacidad de reacción, provocaría polémicas de ese corte con mucha más frecuencia. Puro ilusionismo sin consecuencias pero con capacidad de distraer la atención de Escila y Caribdis.

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Bajo control
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María José Pou | 18-07-2016 | 15:26| 0

Dicen que para saber si alguien es periodista solo hay que mirar hacia dónde se dirige cuando hay una catástrofe. Mientras todos salen huyendo de ella, el periodista corre hacia allí. Lo mismo puede aplicarse hacia las fuerzas de seguridad, los servicios médicos o los responsables de protección civil. Ellos son quienes van en dirección contraria. Lo pensaba estos días mientras veía alguno de los vídeos grabados por los ciudadanos que se encontraban cerca de las explosiones del aeropuerto de Bruselas. Un río de gente corría despavorida buscando una salida de la maldita terminal y dejando sus maletas, los trolley para llevarlas e incluso a la gente herida en medio de la sala. En esas circunstancias no es fácil quedarse a ayudar con el miedo de que haya más bombas a punto de estallar. Lo normal es intentar alejarse todo lo posible. Sin embargo, policías, bomberos o médicos superan su temor y atienden a las víctimas de la tragedia. De hecho, no son pocas las veces que una bomba actúa de señuelo para hacer explotar una segunda justo cuando llegan los servicios sanitarios y de seguridad. Su tarea, así, es especialmente sacrificada y profesional. Lo vimos con toda su crudeza en los atentados del 11-S en los que un buen número de bomberos de Nueva York perecieron al derrumbarse las Torres Gemelas cuando intentaban desalojarlas y apagar las llamas.

En los sucesos de Bruselas, como en los de París, también hemos comprobado cómo la policía, los bomberos y los sanitarios entraban en el aeropuerto, cortaban las calles o se adentraban en una estación de metro convertida en el infierno y sin saber si los terroristas habían planificado más dolor cuando lo hicieran. Su trabajo en estos días es duro en lo físico pero sobre todo en lo psicológico. Han de hacer frente al Mal en estado puro, al que hace daño gratuito en inocentes, en niños que van a la escuela o en padres de familia que dejarán huérfanos solo por la maldita casualidad de haber cogido un metro u otro. Por muy preparados que estén para encontrarse con eso y seguir cumpliendo los protocolos, hay que tener una vocación especial para no sucumbir, para no hacerse un descreído y terminar desconfiando de la bondad humana. El encuentro de esos hombres y mujeres con sus hijos después de una jornada así debe de ser especial. Imagino que no lo mostrarán ni dejarán que se les note pero cada noche debe de ser una celebración. Ellos están preparados para aceptar que puede que algún día no vuelvan a casa, justo lo que deberíamos aprender todos. Es una enseñanza que hemos perdido desde que creímos tener todo bajo control. Ellos saben cómo mantener ese control pero también que, una vez perdido, el resultado puede ser letal. No significa dejar de pelear por evitar el daño sino tener la conciencia de ser vulnerable. Y agradecer cada segundo como si fuera el único.

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Las condenas abusivas
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María José Pou | 18-07-2016 | 15:24| 0

Una de las consecuencias de la supremacía moral de la izquierda se hace visible cada vez que un miembro de sus grupos, partidos o colectivos se ve envuelto en algún caso penal. Cuando eso ocurre, la aplicación de la Justicia es presentada como una persecución ideológica que nada tiene que ver con los hechos juzgados y condenados. El último ejemplo es el del concejal Andrés Bódalo, de Jaén en Común, que debe entrar en prisión por haber agredido a otro del PSOE. “Es inocente”, dicen sus defensores. “La condena es abusiva”, dice el aludido. Poco importa que haya un Código Penal, unos jueces y unas pruebas que hayan dicho lo contrario. Sus partidarios alegan que se está coartando la libertad de expresión. En efecto. Se hace. Pero tiene su sentido, porque mi mala opinión sobre alguien y mi discrepancia con él no pueden justificar una agresión. Tampoco la libertad creativa, que debe defenderse, puede explicar que se dañe a la infancia con unos inoportunos títeres o la libertad para considerar inadecuados los espacios religiosos en instituciones públicas puede permitir que se ofenda con intención manifiesta a quienes los utilizan legalmente.

El problema de esa izquierda es que se enfrentan a la legalidad y la moralidad desde un pedestal que les permite diferenciarlas y despegarlas. Ambas van unidas en la ley como un adhesivo al que debemos quitar el papel para pegarlo en la ventana. La legalidad se basa en lo que una sociedad considera moral pero no lo abarca todo. Para un católico es legal el aborto, pero no es moralmente aceptable. Para un miembro de la Plataforma Anti-desahucios expulsar a una familia de su casa por impago es legal pero atenta contra los principios morales de la sociedad. La diferencia de esas situaciones de desajustes entre lo legal y lo moral es la resistencia a aceptar la legalidad y los distintos modos de actuar para cambiarla. Un anti-abortista no puede quemar un centro médico donde se practiquen abortos, como a veces vemos en Estados Unidos, ni un anti-desahucios, agredir a la comisión judicial que acude a una casa para el desalojo. Tampoco puede exculparse a quien daña a un oponente político solo porque se discrepe de la ley que lo pena. El camino es cambiar la legislación, no interpretar individualmente la norma. De ser así, también Rato podría considerar abusiva la acción de la Justicia sobre él o Julián Muñoz reclamar que se le indulte por sentirse perseguido. Dice Bódalo que “el derecho a la protesta no puede significar cárcel”. Depende. Seguro que esa frase no la aplica a un “provida” que pegue puñetazos y patadas a un médico abortista. ¿No tiene derecho a protestar por una acción que considera criminal? Lo tiene, sin duda, pero no así. Eso es lo que persigue el Código Penal. No lo que piense o deje de pensar Bódalo, un anti-desahucios, un próvida o un titiritero.

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Simples ciudadanos
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María José Pou | 18-07-2016 | 15:20| 0

Los terroristas no ganan las batallas en el frente. Ni siquiera cuando el frente de batalla está en cada plaza y cada parada de metro. Ellos vencen en la retórica, las palabras y la narración histórica. Lo hemos visto estos días en Bruselas por mucho que algunos, como el alcalde Ribó, se empeñen en explicar el yihadismo en la acción de Occidente y la foto de las Azores. No es ajena su existencia a una intervención desafortunada de algunas potencias occidentales pero el extremismo radical y violento existiría sin que Aznar se hubiera hecho un inoportuno selfie avant-la-lettre con Bush y Blair. Reducir todo el fenómeno de los puristas del Islam, que pretenden imponerlo a sangre y fuego, a las guerras que Occidente se ha propuesto ganar en Oriente Próximo es ignorar sus propias raíces anteriores al nacimiento del presidente honorario del PP y las luchas de poder en territorio afgano. En cualquier caso, aunque el imperialismo y hasta la subvención de grupos locales para contrarrestar a Rusia durante la Guerra Fría hayan tenido influencia en la gestación del Daesh o de Al Qaed, es demasiado simplista establecer una relación causa-efecto tan pobre. Y lo que es peor, alimenta la retórica terrorista. Una cosa son los errores estratégicos de Occidente y otra, la justificación que un asesino encuentra de sus acciones. Ayer mismo lo vimos en ETA y su condena de los atentados de Bruselas. Dice la banda que son rechazables esas matanzas por dirigirse contra “simples ciudadanos”. Debe de ser que los 22 niños a los que ETA ha arrebatado la vida eran peligrosos estrategas militares y los 60 a los que ha mutilado o herido, como Irene Villa, eran terribles enemigos dispuestos a impedir el triunfo de la Confederación de Estados Vascos, en palabras de Iñigo Urkullu durante el Aberri Eguna.

Con su condena ETA, lejos de mostrar un talante nuevo y una reconversión nacida de su derrota, solo confirma lo que ya sabíamos: que el terrorista mata y luego se justifica. No al revés. Y no deberíamos aceptar como “simples ciudadanos” solo a los niños, trabajadores de autopistas o panaderos. También los policías nacionales, los jueces o los militares muertos en sus atentados lo eran. Como lo son las víctimas de Bruselas. Nadie ha declarado una guerra, sino los terroristas contra el mundo entero. Todos los ciudadanos libres que no queremos un modelo único y totalitario somos objetivos y enemigos. Y la policía, los militares o los servicios de espionaje están para garantizarlo. Por primera vez, las guerras se libran en las calles porque no buscan conquistar territorios sino almas. El terror quiere romper la convivencia, como ocurrió en el País Vasco y ayer mismo en la plaza de la Bolsa de Bruselas. Solo así conseguirá imponer su modo de vida. Por eso la unidad es la única respuesta eficaz, aunque sea a largo y amargo plazo.

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Pecado original
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María José Pou | 18-07-2016 | 15:18| 0

Dice un proverbio persa que la paciencia es un árbol de raíces amargas pero de frutos dulces. No podrán hablar de dulzura los familiares de los asesinados en Sbrenica pero sí de cierto frescor en medio de una fiebre alta y persistente. Es el alivio que pueden haber sentido al conocer la sentencia del Tribunal para la antigua Yugoslavia que condena a 40 años de cárcel al carnicero Radovan Karadzic. La paciencia ha dado sus frutos, que se haga justicia por mucho que pasen los años, que casi hayan desaparecido los huesos de los muertos o que la opulenta Europa esté tan preocupada por su ombligo que no tenga energía para nada más. Ni siquiera para recordar que en su territorio se libró una de las peores guerras del siglo XX y eso que tiene al menos dos grandes competidoras, las llamadas guerras mundiales. La paciencia todo lo alcanza, decía también la santa de Ávila, pero en el mundo judicial son conscientes de que una justicia lenta no es justicia. En estas horas desde que se conoció el veredicto, no son pocos los que lo consideran tardío, incompleto y poco efectivo pero su valor es innegable. Aún con todo, la condena contribuye a cerrar un terrible episodio de la historia reciente y trata de resarcir a las víctimas diferenciando comportamientos aceptables de los que no lo son. No se trata tanto de ver entre rejas a un hombre como de indicar que su forma de actuar es impropia de seres humanos y de lanzar el mensaje que ayer recordaba el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos: “no importa lo intocables que se crea; no escaparán de la Justicia”. Los tribunales, así, quedan como último refugio para quien ha visto pisoteados sus derechos más básicos.

Lo curioso, sin embargo, es que somos capaces de compaginar la felicitación por una decisión judicial que penaliza el genocidio con hacernos los sordos ante los gritos de quienes hoy sufren persecución por sus ideas, sus creencias o simplemente por negarse a colaborar con los autócratas asesinos de ISIS. Quienes hoy ven cumplidos sus deseos de justicia también clamaron a la comunidad internacional cuando los sanguinarios de Karadzic los sacaban de sus casas y, tras el tiro de gracia, los enterraban en fosas comunes. Europa sabía entonces de las matanzas colectivas, de los campos de concentración y del exterminio que se había propuesto Serbia. Como hoy sabe de las penalidades que sufren quienes huyen y buscan refugio a sus puertas confiando en la avanzadísima, democrática, humanista y libre Europa. Sí, aquí sabemos lo que sucede, pero nos incomoda. Dentro de veinte o treinta años, cuando los niños de hoy hagan justicia, se preguntarán cómo permitieron que ocurriera algo así en sus fronteras; se felicitarán por la condena y sabrán que se ha hecho justicia. Pero quedará una mancha, un pecado original, que no se limpiará.

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La Dolorosa
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María José Pou | 24-03-2016 | 13:47| 0

Empezar la Semana Santa con un grave accidente de carretera en Tarragona y con los terribles atentados de ayer en Bruselas parece una coincidencia que no es del todo irrelevante. Durante estos días, tendemos a mirar las procesiones –ya sea en la calle o por televisión- con cierto desapego. En especial cuando se trata de contextos, como el valenciano, donde hay fuerzas interesadas en erradicar toda presencia religiosa de la vida pública, salvo por su valor cultural algo apolillado. La procesión, para muchos, es una reliquia de tiempos antiguos alejados de la vida real o sencillamente pintorescos. Actos culturales que reflejan lo que un día fue una fe devota hacia unas figuras inanimadas que constituían por sí mismas casi una idolatría.

Sin embargo, no hay ejemplos más claros de la realidad que vivimos que una Dolorosa o un Cristo sufriente en la Cruz. No me refiero a una mirada religiosa o propia de creyente. Sin duda, los católicos ven en esos pasos el resumen de su fe, de su vivencia de la Semana Santa y de todo aquello en lo que creen. No me estoy refiriendo a eso. Hablo de quienes, sin creer, puedan mirar hacia esos rostros y sentirse identificados.

En la Dolorosa están esos padres italianos que no pueden ni levantarse del suelo porque están destrozados tras haber perdido a sus hijas. Está ese padre que decía haber mandado a su hija a estudiar “a un país amigo” que se la devolvía muerta. Tanto si se cree en la Virgen como si no, su dolor y su imagen representan el de tantos padres y madres, hijos o hermanas, que han de sostener en sus brazos el cuerpo inerte de un ser querido, muerto injustamente mucho más pronto de lo esperado. Ese dolor existe. No es una imagen de madera que recrea una leyenda, como resumen algunos. Es el desgarro del padre de Aylan, el niño sirio muerto en la orilla de la playa. Lo mismo puede decirse del Cristo que mira suplicante al cielo, cuando ya no le queda ninguna esperanza en la tierra. Es el llanto del hombre que se disparó un tiro antes de que llegara la comisión judicial para desahuciarlo. O el de quien se quemó a lo bonzo en Idomeni para reclamar que abrieran las fronteras y les permitan confiar en una vida lejos de la violencia, la barbarie y la guerra.

Podrán desautorizar con incredulidad la humilde fe de quien reza a la Dolorosa cuando recorre las calles del Cabanyal o llora ante el Cristo cuando se para en la procesión justo delante y parece recoger las penas de cada cual. Podrán recluir la fe en las sacristías y transformar la Semana Santa en un “estallido de primavera valenciana”, como quiere Ximo Puig. Pero cada vez que el Mal nos derrumbe, no habrá primavera que nos consuele ni Estado que nos abrace como lo hace la Dolorosa del Grao o el Santísimo Cristo de los Afligidos. Incluso a quienes creen que solo son empolvadas tallas dignas de un museo sacro.

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Los vetos
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María José Pou | 18-07-2016 | 15:14| 0

Andan quejándose los socialistas de los vetos que ha establecido Podemos para pactar con ellos, sobre todo, el que se refiere a Ciudadanos. No lo lamentan por los principios, aunque hagan gala de ello, sino porque les estropea sus cuentas y así no hay quien llegue a La Moncloa. Mientras tanto, lo disfrazan de disgusto democrático diciendo aquello de que “el PSOE no va a admitir exclusiones ni tampoco negociaciones en exclusividad” o algo mucho mejor: “La gente ha visto cómo se pasa de la política que da la espalda a la política que da la mano”. Lo dicen quienes en más de una docena de ocasiones han respondido que no a Rajoy. Será una forma pintoresca de no dar la espalda sino la mano… con el brazo flexionado. Cuando afirman no admitir exclusiones olvidan al PP o sencillamente lo ubican en otra categoría. El cordón sanitario que vive el partido más votado no es una exclusión, al parecer, sino una medida profiláctica que previene las infecciones en el cuerpo político.

Bien es cierto que dar la espalda ha sido una actitud demasiado presente en la vida parlamentaria pero posiblemente otra reacción por parte de los populares no hubiera cambiado la actual de Sánchez. Llegados al punto en el que están, desesperadamente ansiosos por gobernar, las manos tendidas desde el PP serían ahora interpretadas como gestos maquiavélicos.

La vara de medir de Sánchez es muy distinta cuando mira hacia la izquierda o cuando lo hace a la derecha. En el primer caso, tiene en cuenta a unos líderes que, a su juicio, representan eso que llaman “la España de progreso”. En el otro, a un señor denostado con el que ni siquiera se sienta a hablar, seguramente porque no podría salir de la conversación achacando su “no” decidido de antemano a las condiciones exigidas. Visto lo visto, el PP estaría dispuesto a casi todo, eso que no hizo durante la legislatura para sacar adelante algún proyecto en común. Estaba tan seguro de obtener de nuevo una victoria suficiente que no calculó lo que requeriría la nueva situación. En cualquier caso, Sánchez sabe que tiene que taparse los oídos y hacer como los niños que canturrean para no oír lo que alguien se empeña en decirles. Lo curioso es que en Podemos ve a “la izquierda” y con ella, a buena parte del electorado español y en cambio en el PP no ve a la derecha y con ella a mucho más electorado. Criticar ahora los vetos porque ignoran a muchos españoles es probar su medicina. Como quitarse la corbata y quedar mal en la fiesta de los Goya. España perdona a Iglesias su informalidad selectiva. A Sánchez parece que no. Es el primer gol que le mete su futuro aliado. Por querer parecer más progre que el Amado Líder, quedó descortés mientras éste le otorgaba más dignidad a los cómicos que a la España que se agrupa en torno al jefe del Estado. Una forma como otra cualquiera de vetarlo y excluirlo.

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La gravedad
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María José Pou | 18-07-2016 | 15:12| 0

Van sin chaqueta a entrevistarse con el rey. Huyen de la corbata como de la peste. Llevan botas camperas y vaqueros para ir a trabajar en el Parlamento. En una palabra, presumen de alternativos, rompe-normas y antiprotocolarios. Para los chicos de Podemos la informalidad es un modo de alumbrar un nuevo mundo sin límites ni corsés propios de otra época. Es un símbolo, más que una necesidad. El vestido es el mensaje, podríamos decir. Han conseguido hacernos creer que son una nueva generación de flower power, con rastas, coletas y desenfado indumentario. Pero nada más lejos de la realidad. No son nuevos hippies por mucho rap y mucha referencia progre que tengan. Ellos –los de Woodstok- transmitían alegría vital; el mundo parecía maravilloso y la gente era hermana y proclive a la fraternidad de forma natural. No sé si era por convicción o por las volutas de humo que les envolvían, pero emanaban felicidad.

Sin embargo, los informales de ahora tienen un rasgo totalmente diferente y bastante molesto: son de un grave que cansan. Viven en una continua e insoportable gravedad del ser. Por mucha ausencia de corbata, son más solemnes que sus correligionarios ochentones y más aún que sus antecesores de cuellos almidonados y bigotes decimonónicos. Su libertad no parece darles cierta alegría que se presupone en aquellos que han roto con ataduras ancestrales. Al contrario, viven con el ceño fruncido, hablan sin relajación, todo lo encuentran tremendo y definitivo, no hay frivolidad que les interese ni broma que les divierta. Para qué negarlo, son un muermo.

No termino de averiguar si es un rasgo vital, una mera pose o una derivada de su autoconciencia de profetas pero prefiero la socarronería gallega de Rajoy aun con todas sus carencias que la infinita seriedad de Pablo Iglesias. Me recuerda al gafapasta, aunque no lleve lentes, que siempre tiene que hacer comentarios trascendentes de todo, hasta de la sangría excesivamente cargada que podamos tomar con la paellita del domingo, de la faja de la tía Manuela que no le deja comer la tarta en la boda del primo o del acné del benjamín de la familia que le asemeja a Ruperta aunque no quiera. Todo es de una dimensión cósmica e histórica. Dichosas esdrújulas. Afortunadamente, el niño Errejón tiene un poco más de cintura y acudió a bromear con Buenafuente sobre su bisoñez. Es un avance, pero cuesta imaginarlo en el Amado Líder. Cosas del Olimpo. Con Zeus, las bromas acaban en un rayo te parta por zascandil y díscolo. Es cierto que la realidad es delicada y lo que suceda ahora puede marcar una época; que de las decisiones actuales pueden derivarse consecuencias positivas o malograrse algo el futuro, pero todo ello no impide tomarlo con una sonrisa. Es más, conviene que así sea. El humor no nos quita credibilidad. Posiblemente, ahora, con lo que está cayendo, nos la dé.

 

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El adverbio
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María José Pou | 18-07-2016 | 15:10| 0

A veces basta una palabra para cambiar todo el sentido de lo que decimos o para que su interpretación sea distinta a la esperada. No me refiero tanto al lapsus de la ministra Ana Pastor como al cometido sin que caigamos en la cuenta de que lo es. La ministra olvidó un “no” en su frase “es incompatible estar en política y ser honrado”. Quiso decir lo contrario, o bien “no es incompatible” o bien “es incompatible estar en política y no ser honrado”. Su mente lo tenía claro pero su lengua se despistó. El problema añadido fue el momento de equivocarse. No podía ser más inoportuno que en plena Operación Taula. Aquello fue un lapsus linguae en sentido estricto. Sin quererlo, salió la frase al revés y la viralidad del vídeo hizo el resto. Frente a eso, sin embargo, hay otras meteduras de pata que reflejan lo que hay en el subconsciente del personaje. A la ministra no se le escapó sino que se equivocó. En cambio, la frase que Rajoy dijo ayer sobre la corrupción tiene otra lectura. El presidente en funciones afirmó: “Esto se acabó y aquí ya no se pasa por ninguna”. Quiso, con ello, mostrar la contundencia necesaria en un partido que vive días de profunda zozobra a cuenta de la investigación sobre tramas, corruptelas y “devoluciones en caliente” de dinero entregado “a cuenta”. Para eso dio un puñetazo verbal con un “ya no se pasa por ninguna”. Sin embargo, lo que intenta tranquilizar resulta altamente inquietante. La culpa es del adverbio “ya”. Sin duda, es imprescindible que la lucha contra la corrupción sea tajante y seguramente quiso significarlo de ese modo. Pero la utilización de un “ya” a estas alturas no puede ser más que un error de cálculo. El PP no puede poner el punto y aparte ahora. Tendría que haberlo hecho hace mucho tiempo y, si no ha sido así –como parece-, es torpe si lo proclama con ese tipo de recurso. Ante su afirmación cabe hacer una pregunta, o dos: ¿ya no? ¿y por qué antes sí?

Su expresión me recordó la actitud de un padre al que vi hace unos días reñir con la misma contundencia a su hijo. El chaval estaba jugando con una pelota en una terraza junto a unos amigos. De pronto, la pelota pasó rozando la cabeza de unas personas sentadas en un bar. Conscientes de haberse librado de un considerable balonazo se volvieron hacia la mesa en la que estaba el padre. Éste se vio obligado a pronunciarse y solo acertó a decir: “como vuelvas a hacer eso, te quito la pelota”. Me alegré de no estar allí. Era la crónica de un balonazo anunciado. Casi les estropea el aperitivo a los incautos de la mesa contigua, pero el padre aún dio margen al niño para repetir la “hazaña”. Lo que tocaba era quitarle el balón inmediatamente y no dar lugar a un percance de mal resultado para todos. Pero no. Hizo como Rajoy. Cuando el niño hubiera roto la nariz a alguien, saldría a decir: “ya no te paso ni una”.

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Sobre el autor María José Pou
Divide su tiempo entre las columnas para el periódico, las clases y la investigación en la universidad y el estudio de cualquier cosa poco útil pero apasionante. El resto del tiempo lo dedica a la cocina y al voluntariado con protectoras de animales.

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