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Fantasías médicas

2012 mayo 15
por María José Pou

La interpretación de un escrito es libre pero la rapidez con la que circula hoy la respuesta a lo publicado hace que se potencien reacciones desafortunadas. Hace unos días, una servidora lo vivió en primera persona.

Después de criticar duramente a “los bankeros” considerándolos usureros de la peor calaña a raíz del caso Bankia, un lector me escribió airado porque, a su entender, despreciaba a los pobres. Precisamente hacía lo contrario, es decir, reivindicaba que los pobres, aunque no tuvieran el peso de los grandes bancos en la economía, debían ser rescatados y ayudados en la crisis. Al parecer no quedó suficientemente claro y me da la sensación de que es lo que le ha sucedido a Cavadas.

Por mucho que leo sus declaraciones no encuentro el desatino que le achacan. Es verdad que alertó sobre una imagen distorsionada de lo que significa ser médico: “No creo en la vocación. Dudo mucho que un niño entienda qué es ser médico. Te puede gustar llevar bata blanca o que creas que vas a ganar mucha pasta o que te tirarás a la enfermera, pero conocer profundamente la profesión es imposible”.

De esas frases han extraído una visión despreciativa hacia los profesionales de la enfermería y, sin embargo, yo creo que Cavadas censura un estereotipo que nada tiene que ver con la realidad. Lo mismo les sucede a los que estudian para pilotos pensando que su vida será liarse cada día con una azafata distinta. Pensar eso es una estupidez pero en los inicios de una carrera puede haber deformaciones de la realidad por efecto del cine, de la televisión o de leyendas urbanas sin ningún fundamento.

También ocurre con los periodistas. Los hay que en primero de carrera quieren recorrer el mundo de aventura en aventura o hacerse famosos en la tele. Los que conocemos esto sabemos lo que tiene de verdad el mito. Como les ocurre a los enfermeros y espero que también a Cavadas, aunque una aclaración no estaría de más.

Una estrategia equivocada

2012 mayo 14
por María José Pou

Hace tiempo que no creo en conspiraciones pero sí en estrategias. Me cuesta aceptar que haya una mano negra dispuesta a hacer estallar conflictos de forma sibilina pero nunca descarto que una decisión política tenga detrás intereses no manifiestos.

Por eso las teorías de la conspiración me suenan a manía persecutoria colectiva y, sin embargo, descargadas de su componente paranoico, no son descabelladas.

Digo esto por las declaraciones del movimiento Democracia Real Ya acerca de lo que pudo ser un incidente muy grave en la Plaza del Ayuntamiento durante la noche del sábado.

La manifestación pacífica terminó, como era de prever, en la misma plaza que hace un año concentró la indignación de los valencianos. La mascletà estaba montada, así que la “okupación” obligó a desmontarla.

El problema no era la suspensión de un acto previsto. Lo preocupante fue el riesgo. Así lo indica la denuncia de Reyes Martí contra los manifestantes.

El peligro fue real. Si podemos ahora dedicarnos a echar culpas a unos u otros es porque no pasó nada. Y es curioso que tanto unos como otros se reprochen la temeridad.

Democracia Real Ya culpa al Ayuntamiento con cierta teoría de la conspiración pues afirma que quizás todo estaba planificado “para ensuciar la imagen de la movilización”. Es sibilino pero no descartable.

El Ayuntamiento se equivocó al elegir el lugar de la mascletà. No sé si lo hizo contra el 15M pero era previsible que acudieran al lugar. Es cierto que los indignados podían haber cambiado de espacio aún a riesgo de perder el valor simbólico de la Plaza.

Pero de lo que no hay duda es de que entrar de cualquier manera en un perímetro acotado con una mascletà dispuesta para el disparo es un acto temerario. ¿Se podía haber ocupado la plaza después de la mascletà? Perfectamente. Y así hubieran demostrado al Ayuntamiento que su estrategia, sin violentar nada, era del todo punto equivocada.

La indignación es justa

2012 mayo 13
por María José Pou

Hace un año España exportó algo al mundo. Eran los “indignados”. Desde entonces, cuando en Nueva York o en Londres se habla del movimiento “occupy” se usa el término “indignados” con el mismo acento con el que dicen “siesta”, “patio” o “paela” (paella, en cristiano)”.

España reaccionó contra las soluciones hipócritas de una crisis que no hemos provocado los ciudadanos. Es verdad que hubo quien intentó hacerse rico comprando pisos, pero podía haberse regulado como están haciendo ahora en China, donde vigilan que no se construyan más casas de las que se pueden colocar.

Por eso la indignación está plenamente justificada aunque haya excesos; aunque haya quien se aproveche del malestar; aunque se radicalice. Aún con todos sus defectos, la indignación es justa.

Sin embargo, los movimientos sociales que consiguen logros tienen unos ritmos insufribles para una sola generación pues sus resultados se ven al cabo de mucho más tiempo. Algunos de los que vivieron las Guerras Mundiales quizás no llegaron a ver la Declaración de los Derechos Humanos, la creación de la ONU o los juicios de Nüremberg. Muchos de los que se manifestaron contra la guerra en Vietnam o contra la Guerra Fría tal vez no llegaron a celebrar la caída del Muro de Berlín ni la Perestroika. Sin embargo, sus pancartas, sus gritos de reivindicación y su rechazo a un orden mundial caduco empujaron para llegar al cambio.

En días como hoy, en los que vemos que ha pasado un año y que nos atornillan más que antes, puede cundir el desánimo. Mientras comprobamos cómo el dinero que pensábamos destinar a una cama de hospital para el abuelo se lo lleva Hacienda para sostener a los bancos manirrotos, celebramos que nos levantamos “en voces”, que no “en armas”, para no resignarnos. ¿Servirá? Confiemos en que las generaciones futuras agradezcan que nosotros empezáramos a empujar y, tal vez, como dice Llach, “si estirem tots, ella caurà”.

Los “bankeros”

2012 mayo 12
por María José Pou

El problema del pobre es que no es sistémico. Esa es la conclusión a la que he llegado tras una semana de “bankeros”.

No hablo de los banqueros de toda la vida que, tal vez eran igual de vampiros y chupaban la sangre a los clientes, pero no lo hacían con esta alevosía, desfachatez y avaricia.

Los “bankeros” son usureros de la peor calaña, envueltos en moquetas exquisitas y ventanillas blindadas, no como los de tiempos medievales, en antros oscuros y tenebrosos. Estas rapaces contemporáneas demuestran que la usura y el bullying financiero pueden presentarse con sus mejores galas, manteles de hilo y mocasines de diseño.

Con ellos no hay justicia humana que se cebe aunque espero que sí la haya divina. Ellos son “sistémicos”, que es la palabra de la semana. “Sistémico” es un gran banco o una gran multinacional, como el Santander o la Ford.

Lo son porque su potencia y su tamaño hacen que sea imposible su caída. De permitirla, toda la economía se tambalearía. Esa es la razón por la que son intocables aunque algunos de ellos estén lastrando a todos con su política nefasta, como Bankia.

Por eso el pobre lo tiene tan mal. No es sistémico. Poco importa que haya sido emprendedor, que haya creado empleo, que lo haya perdido todo por falta de pagos y que ni suplicando haya salido alguien en su defensa. Si cae y cambia su casa por unos cartones no hace peligrar la economía nacional. A él, pues, no es necesario restacarlo, inyectarlo ni intervenirlo. Si se suicida, como en Italia, no se resiente el Ibex 35.

Pero a Bankia, que ha vivido al límite, que no ha cuidado lo que tenía y que ha buscado enriquecerse más allá de lo razonable y beneficiar más allá de lo servil, a esa no le consentimos ni un constipado de primavera.

Los “bankeros” son sistémicos. Los pobres, no. Tal vez su dolor no ponga en riesgo la economía pero hace tambalear lo más profundo de la sociedad. Son moralmente sistémicos.

Prácticas remuneradas

2012 mayo 11
por María José Pou

Estaba pensando hacer el curso de prostituta. No se me escandalicen. No es por vocación sino por curiosidad de entomóloga. Y no. “Entomóloga” no es “señorita de moral diluida con quien pasar una entretenida tarde de charla a cambio de un generoso donativo”.

La entomología es el estudio de los insectos y a mí me gusta analizar a los bichos humanos, de ahí el interés por esa novedosa área de conocimiento; si no los pongo con un aguja en una cajita es por pura sensibilidad animalista, nada más. Por cierto que al algunos sí los pincharía pero con una estaca en medio del corazón. Pero no hablemos hoy de Bankia.

Digo que me gustaría hacer el curso, sin intención de ejercer la profesión. Yo soy muy así. Me gusta estudiar algo por saberlo. Justo lo contrario a lo que hace el 80% de los que escogen una carrera. Ellos cursan esto o aquello por la salida profesional, es decir, su utilidad. Yo, a ratos, repaso latín o me “amorro” al atlas para repasar geografía. Con eso está todo dicho.

La prueba es que me matriculé en periodismo porque me gustaba el plan de estudios, no por ganar un Pulitzer. Luego vino el Doctorado, otra carrera y ahora, un Máster y, entre tanto, decenas de cursos desde diseño de páginas web a los ritos funerarios del Antiguo Egipto. Con ese vicio, ¿por qué no iba a apuntarme al famoso curso de prostituta?

Es cierto que tendría reparos para ser evaluada en las prácticas. Eso y el trabajo final de carrera me imponen un poco. Sobre todo si tiene que “exponerse” ante un tribunal. Respecto a la teoría, en cambio, no tendría nada que objetar aunque leer en el libro de texto que las guapas ganan más que las feas me desmotivaría un poco. Digamos que no me veo en el estrellato profesional y una, sea en lo que sea, procura ser la mejor.

El consuelo es que los “expertos” auguran trabajo también para las feas. Y lamentablemente es a los pocos que escucho asegurar que hay trabajo para todos.

Jerarquía en Les Corts

2012 mayo 10
por María José Pou

¡Qué dura es la vida de miembro de la Mesa de Les Corts! Todo el día bregando de sol a sol; sin apenas pausa para comer; sin capacidad de conciliar la vida familiar y el campo de golf; levantándose a las seis para coger un tren de cercanías, dos autobuses y el Valenbisi por no molestar al chófer. Y todo ¿por qué? Por apenas 100.000 euros al año. Qué perra vida la de algunos por estos lares.

Dicen que no se bajan el sueldo por no sé qué pamplina de semiótica de mercadillo en torno al concepto de jerarquía que transmiten los sueldos respecto al de Fabra. Será que tengo interferencias en la transmisión pero no me llega. ¿Qué es lo que les viene tan mal? ¿No poder pagar las facturas de teléfono o el alquiler de su local comercial? ¡Ah, no, esperen! ¡Si el móvil se lo pagamos nosotros y el local comercial es patrimonio de todos los valencianos! Tan nuestro que lo costean nuestros impuestos.

No sé si se dan cuenta de hasta ahora nos tomaban el pelo pero ahora directamente nos insultan con sus emolumentos, privilegios y quejas de niño pijo molesto porque la temperatura de su cubata está medio grado por debajo de su gusto mientras a su lado hay quien no puede comer.

Su resistencia a tener empatía con el ciudadano que sufre no es más que un motivo más de indignación y justa desafección por la clase política. ¿Y luego se sorprenden de pitadas, malas caras y bajada de confianza? ¿Acaso se la ganan?

Tienen jefes y dossieres de prensa, pero no se enteran de lo que ocurre ahí fuera. Ni siquiera de lo que publican estas páginas o las de la competencia. Más de 200.000 familias valencianas tienen a todos sus miembros en paro y 4 de cada 10 parados no tiene ninguna prestación. Y sin embargo se preocupan de que el sueldo no rebaje la jerarquía. Pues si es por jerarquía, recuerden que quienes estamos por encima de la Mesa de les Corts somos los ciudadanos. Y sus miembros son unos mandados.

Auroras peligrosas

2012 mayo 9

“Aurora Dorada” es nombre de pitonisa televisiva, de agencia de viajes del Imserso o de remitente de aquellas acongojadas cartas que algunas (y algunos) mandaban a Elena Francis. No sé. Podría referirse a cualquier esperanza pero ha resultado ser un negro nubarrón en la política europea. Otro ejemplo de extrema derecha intolerante y faltona.

Una suele huir de todo lo que lleve el apellido “nuevo mundo”, salvo Dvorak. Reconozco que tengo alergia a proyectos encabezados por expresiones como “nueva era” o “nuevo amanecer”. Cada vez que alguien habla del amanecer frente al ocaso me suena a totalitario.

Debe de ser porque he conocido a más de un “iluminado” que cree estar inventando un nuevo mundo en lugar de proponerse mejorarlo. No es irrelevante el matiz. Quien acepta la realidad pero le ve defectos demuestra ser capaz de valorar lo que de bueno tiene lo existente. En cambio quien arrasa con todo y crea ex novo no ve nada positivo en lo que hicieron quienes le precedieron. Lo desprecia y se cree por encima de sus congéneres. Ese perturbado es peligrosísimo.

Por eso yo prefiero al reformista frente al revolucionario. Y al que no niega el esfuerzo de otros aunque se equivoquen frente a quien se considera capaz de erradicar el error y lograr la perfección solo con su varita mágica.

Por lo general, esa varita solo nos trae destrucción y exclusión. La imposición es la primera señal de que el iluminado se cree dios. Incluso presenta sus métodos desde la arrogancia de quien se siente superior. Por eso no me extrañó nada que los matones del líder de “Aurora Dorada” gritaran como lo hicieron a los periodistas para que se pusieran en pie. No tienen autoridad; han de obligar a reconocérsela.

La sociedad, de hecho, debería tomar el trato con la prensa como la primera señal de alarma ante un personaje indeseable. Se empieza por los que desvelan la verdad y se acaba por imponer la propia.

Las ruinas

2012 mayo 8
por María José Pou

Yo soy muy de piedras. A mí me dejan sola en unas ruinas ya sean romanas, griegas o tartesias, si las hubiera, y soy feliz. Me encanta fotografiarlas, imaginarlas en todo su esplendor y conocer sus entresijos. Ahora bien, a mí las ruinas me gustan de visita pero no para vivir en ellas.

Por eso cuando escuché a Rajoy advertir de que alguna Comunidad Autónoma, y no miro a nadie, había logrado colocar deuda a un interés altísimo, el corazón empezó a latirme más deprisa y aún no me había tomado el segundo café. Descafeinado.

No nos nombró, de acuerdo pero habló de un 8% y aunque no entiendo por qué se le fue un punto cual parturienta inquieta, algo me hizo decir “oui? ç’est moi”. Lo peor, sin embargo, no fue ese porcentaje acusica sino su conclusión. Esos intereses, dijo, “solo conducen a la ruina”. Sí. Así lo dijo. Sin anestesia. Sin especificar si es que nos llevan al esplendor del Imperio decadente o directamente al hoyo. El caso es que me derrumbé. No es un juego de palabras pero ¿qué otra cosa puede hacerse cuando te anuncian la ruina?

De pronto me imaginé la Ciudad de les Arts como los foros imperiales de Roma, a trozos, con la hierba creciendo por entre las rendijas de lo que un día fueron los pilares de enormes templos y edificios públicos; con los turistas haciéndose fotos recostados en lo que, in illo tempore, fuera la Via Sacra por donde desfilaran los héroes de la ópera, la ciencia o el deporte. Fue como si los grafiteros del Poliniza en la UPV hubieran pintado la ruina de la gloria imperial en calendarios y pósters de souvenir.

Luego desperté de la siesta y me alivió pensar que había sido una pesadilla flash forward y que nadie se había llevado el trencadís como durante siglos hicieran con el mármol del Coliseo.

Solo entonces supe que Rato había dimitido. No sé si lo hizo por haber dejado la grandeza de Roma en manos de los bárbaros pero entonces mi derrumbe fue total.

El choni chándal

2012 mayo 7
por María José Pou

Si me encuentro a alguien haciendo footing por el río con “el choni chándal”, no respondo de lo que haga Whisky. Él, que ya tiene problemas para no correr tras los que corren, ya sean personas, bicis o patines, creo que entraría en shock si, además, lo hicieran vestidos de muleta torera. No sé si los perros embisten como los toros, a un trapo rojo, pero no me detendré a averiguarlo. Si veo un “choni chándal” huiré de allí y evitaremos daños mayores.

Afortunadamente, los que corren por el antiguo cauce suelen tener más gusto al elegir indumentaria. De hecho, no recuerdo haberme topado jamás con un diseño como el elegido para la equipación olímpica. Algunos lo han bautizado como “choni chándal” por razones obvias: no tiene el mínimo gusto.

A lo feo del diseño, que parece escogido para vestir al “hombre-bala” y a la “azafata más hortera de Fitur”, se une la natural discreción de los colores de España: rojo y amarillo. Si fuéramos como los estadounidenses, con el rojo, blanco y azul, podría lograrse más equilibrio cromático pero ser suaves con la rojigualda es mucho más complicado. Es verdad que en su caso se une la mano de Ralph Lauren pero tiene un “aroma” a los Estados Unidos. No quiero pensar que también nosotros lo tenemos solo porque iremos vestidos para torear.

Es verdad que el rojo puede ganar protagonismo. No en vano se nos conoce en el ámbito futbolístico como “la roja” y puede explotarse en el terreno deportivo en general. Es un color-fuerza similar al azul italiano cuya selección también es llamada la “azzurra”, por el color.

Pero el problema no es tanto el color como el diseño. Por poner un ejemplo, los campeones de vela italianos tradicionalmente van de Prada o “la azzurra” acudirá a la Eurocopa con un trabajo de Dolce&Gabbana. Y nosotros, mientras, de mercadillo.

Lo peor no será Londres 2012, sino el efecto contagio en los sábados de Carrefour de este verano-otoño.

Las blusas de Soraya

2012 mayo 6
por María José Pou

Estoy tan harta de que el Gobierno me haya fastidiado la alegría inherente a los viernes con su corte y confección, que he decidido ocuparme de asuntos triviales durante las ruedas de prensa.

Ya hace tiempo que tengo fijación con las blusas de Soraya, la portavoz, pero el último cambio me hizo albergar esperanzas.

El viernes pasado la pata de gallo dejó atrás la opción monocromática, no sé si como homenaje a la Feria de Abril o por ponerle un farolillo a tantos viernes tristes de Hill Street. Blusa acompañada de rebequita de punto y no americana tradicional.

¿Y por qué me conmueve tanto? Porque, viernes tras viernes, llegaba a la conclusión de que la portavoz no atinaba con su look. Y no me refiero solo a esa melenaza que un día lleva perfecta y ocho, como recién levantada. O sea, fatal.

Son las blusas. Me pueden. Las lisas de cuello redondo. Será que a mí las americanas me gu

stan con blusas camiseras. Si una va de caballero, mejor que lleve todo el uniforme pero eso de combinar chaqueta y blusita brillante para llevar a cuerpo me subleva.

Al principio pensé que estaba amortizando los conjuntos premamá pero viendo que continuaba tras el periodo postparto reglamentario llegué a la conclusión de que era afición.

Y además, para colmo, las repetía de un consejo a otro. Eso es austeridad, me dije. Esa es la clave que distingue a un gobierno de otro. De la Vega jamás hubiera caído en esa restricción presupuestaria personalísima. ¿Repetir ella? ¡Nunca! Eran tiempos de Vogue y comentario jugoso de lunes sobre el modelito de la vice.

Ahora en cambio, la crisis nos lleva a la tristeza de un blusa repetida con chaqueta oscura y apagada. A juego con los anuncios de medidas extrem.

Al menos podrían retransmitir las sesiones del Consejo de Estado en lugar de las ruedas de prensa del Consejo de Ministros. Aunque sea sin voz. De fondo. Solo para animarnos viendo el glamour de la ex vice.