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La nariz de Zaplana

2013 mayo 17
por María José Pou

“Por razones médicas”. Es la coletilla que acompaña cualquier explicación de una operación de estética. Operarse la nariz, la mandíbula, los pómulos o las orejas. Sea lo que sea, termina por justificarse con motivaciones relacionadas con la salud pero casi nunca con la belleza.

No niego que haya muchos casos en los que ésas son las razones que prevalecen o bien que unas y otras terminan por unirse, pero lo que me sorprende es la necesidad que tienen algunos de encubrir los tratamientos de belleza. ¿No es la belleza un canon actual perfectamente aceptado? ¿Acaso no valoramos más a la gente con un aspecto agradable o, por decirlo crudamente, a los guapos sobre los feos? ¿Por qué, entonces, nos cuesta tanto decir que nos hemos operado, nos hemos puesto botox o nos hemos pinchado ácido hialurónico?

Quizás tememos que nos consideren menos por tener una belleza artificial pero ¿acaso no es artificial la utilización de pinturas, pestañas o uñas postizas, alzas en los zapatos o fajas? Desde hace milenios la humanidad hace uso de elementos que realzan la belleza, no hay más que recordar a los egipcios. Incluso, en ocasiones, esas técnicas al servicio, aparentemente, de la belleza ya existente son capaces de encubrir un defecto y potenciar un rasgo hasta el punto de hacer que la persona parezca otra. No es, por tanto, lo mismo que una rinoplastia que transforma por completo la nariz. No hay más que ver la última de un personaje conocido, la de Zaplana, para entender que una cosa es pintarse los párpados y otra, cambiar un rasgo de la cara.

Así se explica quizás que los operados intenten disimular su “culpa” con la apelación a las razones sanitarias.

La cuestión es el porqué de esa culpa. ¿Qué tiene de malo pasar por un quirófano para sentirse mejor? Ojalá algunos pudiéramos corregir los defectos de carácter con la misma facilidad con la que se corrigen los físicos. Buscar la belleza en una vida que es, en realidad, muy corta es un intento de ser feliz. Lograrla con un bisturí no reduce el mérito. Lo realmente meritorio es que solo se necesite eso para sentirse bien.

Llegar a la meta

2013 mayo 16
por María José Pou

Parece indudable que hay que felicitar al que obtiene mejores resultados, sin embargo, en ocasiones toca dar una palmada a quienes no los consiguen pero han hecho un enorme esfuerzo, sobre todo, a aquellos que lo han dado todo y no han llegado.

Esa flexibilidad es adecuada para la educación, para el reconocimiento en el trabajo y para la vida en general. A quien hace todo lo que puede no se le puede exigir más, advierte un principio popular. Es cierto. Lo justo es reconocer los méritos poniéndolos en relación con el punto de partida. Si uno empieza con un 8 y saca un 9 hay que aplaudirle, pero mucho más si lo saca partiendo de un 4.

En el debate sobre la financiación y el ajuste presupuestario entre las comunidades autónomas debería incluirse ese sentido de la justicia. Por dos motivos, primero, por la desproporción mencionada; segundo, por el respeto a los ciudadanos, que somos quienes en realidad sufrimos los recortes.

La Comunidad Valenciana no parte del mismo punto que otras que ya han cuadrado sus cuentas. No me refiero solo a las deudas que unos gobernantes poco cuidadosos con los recursos ajenos nos han dejado sino también a la falta de una financiación real, ajustada a la población de la comunidad.

Si partimos de un punto mucho más alejado de la meta que los demás corredores, es normal que tengamos más dificultades para llegar. O al menos que necesitemos más tiempo. Estamos corriendo, vino a decir ayer el presidente Fabra, por tanto hay voluntad de terminar la carrera como todos los demás. Sin embargo, los valencianos corremos por la calle exterior, con mucho más trayecto, con una pesada mochila a la espalda y, además, descalzos y a pleno sol. Justo es, pues, que se nos reconozca el mérito de no caer desfallecidos en medio de la pista o de no huir. Si además de todo eso nos ponen chinchetas en el suelo va a resultar no solo complicado terminar sino especialmente doloroso.

El pecado de nuestros dirigentes lo estamos pagando nosotros y ni siquiera tienen la decencia de reconocerlo y darnos una botella de agua y ánimos para seguir corriendo.

Virales o víricos

2013 mayo 15
por María José Pou

Nos estamos acostumbrando a ver cualquier cosa. No hablo de la televisión sino de Internet. En cuanto empieza a circular un vídeo de algo llamativo, vemos cómo se difunde por la Red y no hay web que no lo cuelgue bajo el pretexto de que es “lo último” o es “lo más visto”. Sin embargo, en ocasiones lo más interesante no es ni lo último ni lo más visto.

Internet potencia todo lo morboso porque atrae visitantes a la página, seguidores a las redes sociales o clics a un contenido. Algunos juegan con ello en formatos conocidos como “virales” porque se transmite con la misma facilidad que los virus informáticos. En efecto, hay vídeos que, además, son tan contaminantes y perjudiciales como los virus humanos.

Sabemos de antemano que si no los colgamos en nuestro espacio, muchos otros lo harán y se llevarán el gato al agua. La pregunta es si estamos dispuestos a renunciar a eso con tal de presumir de tacto hacia el lector, cliente o amigo. Ayer, sin ir más lejos, vivimos una jornada repleta de oportunidades de una cosa y de la contraria.

El más duro, sin duda, fue el vídeo de un rebelde sirio arrancando y mordiendo el corazón de un soldado. Será raro si a estas horas aún no lo ha visto pero le aconsejo que no lo haga. No solo por su bien y el de su estómago sino por evitar que imágenes de ese tipo “triunfen” en Internet. Prefiero el Gangnam style -que, por cierto, aún no he visto-, que grabaciones como ésa. De hecho, ayer preferí ver un “viral” de una foca jugando con un fotógrafo en el hielo antes que el vídeo del día.

Nuestro rechazo no deja de ser paradójico. La guerra es siempre una atrocidad. Toda y todas. Pero como nos hurtan la imagen de sus terribles efectos, creemos que solo lo de ayer es horroroso. Desde tiempos de Goya y mucho antes lo sabemos pero miramos hacia otro lado. Por eso nos impacta tanto ver hasta dónde es capaz de llegar el odio y la crueldad humana. Quizás es, simplemente, la prueba de que el infierno sirio nos produce arcadas pero no reacciones. Seríamos capaces de salir con un “No al vídeo” pero aún no he visto un solo “No a la guerra”.

Los lápices de Rajoy

2013 mayo 14
por María José Pou

Aunque la imagen no era reciente, hace apenas unos días el cambio de foto en el perfil de Facebook de Mariano Rajoy provocó todo tipo de comentarios, montajes y chascarrillos. Hubo quienes consideraron que su casa entera cabía en ese despacho, quienes se preguntaban por qué estaba la revista “The Economist” encima de la mesa, habida cuenta del nivel de inglés del presidente, y quienes jugaban con imágenes en el exterior a través del ventanal. Sin embargo, a mí lo que me llamó la atención era que Rajoy aparecía escribiendo en lápiz y con el ordenador apagado. De pronto, me sentí en Atapuerca.

No me preocupa que el presidente esté mirando unos papeles en lugar de la pantalla del ordenador. Es más, lo agradecí pues eso me aseguraba que su afición al plasma se reduce a las videoconferencias desde la sala de al lado. Sin embargo, me inquietó lo que de falso pudiera tener la imagen. Ya sé que esas fotos son como las de la casa de los famosos en el “¡Hola!”: son las únicas en las que el protagonista, recién levantado, está mejor que muchos de nosotros después de tres horas en maquillaje y peluquería.

La foto del despacho de Rajoy no es muy diferente a la del salón del último pijo pinturero que se retrata en el papel couché: no intenta ser una foto sino un mensaje; no pretende mostrar sino hacer ver, que no es lo mismo.

La pregunta es ¿qué transmite un lápiz?, ¿qué se ha querido decir con la exaltación del lapicero que hace esa foto? Conozco a muy poca gente que use lápices más allá de arquitectos o diseñadores, y no sé si me inquieta o me tranquiliza. El lápiz se borra, evita maltratar el documento y queda asociado, pues, a la inseguridad. Yo misma lo uso al leer por no estropear los libros. Sin embargo, para escribir prefiero la tinta.

En la mesa se ve, además, un montón de lápices recién afilados con el nombre de Mariano Rajoy en el lugar donde debería aparecer Staedtler o Faber Castell lo que parece indicar que es de una utilidad máxima. Tal vez así se explique su política: suficientemente flexible para el cambio; demasiado volátil para dar seguridad.

Garantía de 30 años

2013 mayo 13
por María José Pou

Desde que tengo memoria, los españoles estamos manifestándonos contra las leyes de educación. Lo sé porque aún recuerdo cómo nos movilizamos desde el colegio para protestar contra la LODE y los que vinieron detrás, contra la LOGSE. Supongo que igual que estos días hay padres, profesores y alumnos organizándose contra la LOMCE.

Es curioso pero a los políticos se les llena la boca hablando de fracaso escolar y miran hacia el profesorado pero pocas veces miran hacia ellos mismos y su responsabilidad cambiando constantemente de leyes educativas.

No estoy diciendo que los problemas que veo en algunos chavales de veinte años capaces de escribir “embez de” en lugar de “en vez de” o “hierno” en lugar de “yerno” sean obra de los textos aprobados en el BOE pero sí la falta de una apuesta decidida, conjunta y prioritaria por una educación de calidad en nuestro país.

Con ese sector debería suceder como en su día con el funcionariado. Se hizo fijo para evitar los vaivenes de la política. Era la forma de mantener a los técnicos en unos puestos necesarios para el funcionamiento de la administración.

Con la educación debería hacerse un esfuerzo similar, esto es, aprobando unos criterios básicos, de solvencia contrastada e imprescindibles para asegurar de que el sistema funcione.

Mucho buscar las causas del éxito educativo finés y no asumen que allí se supera la diferencia de ideología. Aquí, en cambio, usamos las aulas para adoctrinar aunque sea contra el adoctrinamiento, valga la paradoja. Por eso cambiamos tanto de ley. Porque nos creemos que la anterior tiene claves ocultas que transforman a las futuras generaciones en enemigas políticas y porque queremos que, en todo caso, las ponga a nuestro favor. No hablo de unas siglas. Hablo de todos. Ése es el problema. No hay ningún partido que no piense en tocar la educación. ¿En cuántos programas electorales se habla de pactos con todos los grupos políticos para lograr una ley que permanezca también con “los otros”? Como hacen los obreros con las grandes reformas, deberían darnos garantía de la obra. Al menos, de 30 años.

Mirarla de cerca

2013 mayo 12
por María José Pou

El otro día envidié a la infanta Elena. A pesar de todo. Y no era por su título ni por sus privilegios ni por su vida regalada sino por algo mucho más valioso: por poder mirar tan de cerca a la Marededéu como hizo ella el viernes. Lo cierto es que no sé si me merecería la pena: seguro que se me llenarían los ojos de lágrimas y acabaría por no ver nada. Ya me pasa cada vez que voy al Besamanos y salgo enrabietada por “perder” la ocasión de mirarla a los ojos con serenidad. En realidad, lo que me pide el cuerpo es dejarme abrazar por ella pero no creo que me dejen. Y hacen bien.

Supongo que algo así nos ocurre a muchos valencianos y mi caso ni es el primero ni es nada excepcional. Estoy también entre quienes la prefieren en un entorno totalmente opuesto al que hoy se vivirá en la plaza. Frente a esa devoción desbordada, a las masas, a los arranques de afecto en vivas al aire y a las ganas de tocarla hasta ponerla en riesgo, yo soy más del silencio en su Basílica, en penumbra, con apenas cuatro o cinco fieles, dándome la impresión de estar ella y yo; ella, todo oídos, como hacen las madres, yo, todo lágrimas en su regazo, como hacemos los hijos. Por eso admiré la entereza de la infanta. Yo no le aguanto nunca la mirada tan dulce a la Geperudeta sin llorar. Nunca.

Cuando voy, en un rato de esos tontos, imprevistos y casuales en los que paso por allí y entro a saludarla –no puedo pasar sin entrar- hago lo mismo que imagino hizo la infanta en ese trance: acordarme de los míos. Tanto, que no me acuerdo de mí. Siempre recuerdo a mi padre que, ya enfermo, le pedía a ella por su recuperación, también con lágrimas en los ojos, repitiendo el “mare dels bons valencians”. Él lo era, por eso confiaba en que lo escuchara.

Pero, sobre todo, le encomiendo a mi madre y le prometo: “un día de estos te la traigo”, antes de que me regañe por no hacerlo. En sus manos la dejo siempre que me voy de viaje. En realidad, la dejo siempre en sus manos. Por eso siento no poder estar tan cerca como la infanta, para despedirme como me despido de mi madre: con un beso y un “¡ma que eres bonica!”.

Agonizante Rubalcaba

2013 mayo 11
por María José Pou

Hay una doble tragedia en muchas víctimas. A veces, no solo sufren su propia desgracia sino que, además, han de ver cómo se las utiliza. Y si hay algo verdaderamente repugnante es utilizar a quien sufre para el propio beneficio. El problema es dirimir cuándo se hace eso en un contexto en el que no hacerlo también les daña.

Estoy pensando en las víctimas del accidente del metro. Y en Rubalcaba, al que, ahogado como está en su propio fracaso, no le queda otra que venir a ver si obtiene algún rédito en Valencia a cuenta de las víctimas del metro. Suena duro. Lo sé. Tan duro como unas autoridades paralizadas por la enormidad de la tragedia y la evidente responsabilidad pública que no supieron asumir.

Desde el principio sospeché que la costumbre política de morder una presa y no dejarla hasta sacarle todo el jugo, fue en contra de las víctimas. El PP trató el tema como hace con cualquier iniciativa del oponente: negándolo y alejándose de él para que no les perjudicara ante sus votantes. La diferencia era que, por mucho que el PSPV se pusiera debajo del árbol para recoger las aceitunas, la obligación de las autoridades era estar junto a las víctimas, apoyarlas, buscar responsabilidades y depurar lo depurable para asegurarse, al menos, de que jamás vuelva a pasar lo mismo.

Que el enemigo utilizara el accidente para desgastar al partido no era excusa para no actuar como debía un gobierno. Que Rubalcaba lo haga ahora, tampoco. Él mismo se retrata. A la desesperada. Como cuando dice que Rajoy va a aprobar la ley de educación contra todos porque no tiene apoyos. Por mucho que haya críticos y desencantados, que los hay, Rajoy “solo” tiene el apoyo de una mayoría absoluta. Solo, pero no tanto como parece estar el propio Rubalcaba.

Ni los más críticos hubieran imaginado un mandato tan descafeinado y ruinoso para el partido socialista. Y lo peor no es la triste imagen de unos partidos apurando todas las copas, hasta las más terribles. Lo malo es que a las víctimas no les quede otra que lanzarse en brazos de quien les usa con tal de que alguien se ponga de su lado.

Siempre en protesta

2013 mayo 10
por María José Pou

No sé qué pensará Catalá de su compañero Buch haciendo ojitos a los huelguistas pero yo también aplaudo, aunque con reservas. Es más, quienes consideramos que la mejor inversión es la educativa, estaríamos siempre en protesta. Digo “en protesta” y no “en huelga” porque la huelga es un recurso último, perjudicial por definición, pero inevitable en ocasiones.

Prefiero, pues, decir que tratándose de la educación, la protesta siempre está justificada. ¿Acaso no podemos exigir siempre mayor presupuesto, mejor proceso formativo en los docentes o más facilidades a las familias? Diría que sí. Y, desde luego, diría que tenemos la obligación de apretar las tuercas a los dirigentes para que la partida destinada a la educación sea progresivamente no solo más elevada sino más eficiente. Ese tándem no debe ser olvidado.

No se trata solo de dedicar cada vez más dinero sino de hacer que cada euro sea más rentable. Hablo de “rentable” en términos profundos, no en mero mercantilismo. Precisamente en este terreno, la rentabilidad no puede ser medida únicamente en razón del número de graduados o reducción del fracaso escolar, en porcentajes.

Tener éxito educando a las personas es mucho más que lograr unos estándares marcados en una tabla. Es, por ejemplo, verles reclamar una educación de calidad con firmeza, que no con violencia. O escucharles hablar de educación de calidad sin una coletilla prejuiciosa de “calidad-pública”. Entiendo lo que significa esa focalización en lo público: que nadie se vea privado de una buena educación por no tener recursos económicos. En efecto. Y yo, como Buch, lo aplaudo y lo subrayo. Pero ese principio no tiene por qué estar reñido con la opción privada. Como exigencia, me parece más plural y abierto pedir “educación de calidad para todos”, sin menospreciar a la privada. ¿Acaso es reprochable una privada con un buen sistema de becas que ponga al alcance de todos lo que, sin ellas, solo sería privilegio de unos pocos? Se me considerará utópica por pedirlo. Posiblemente. Por eso siempre sigo “en protesta”. Porque quiero más. Lo mejor. Para todos.

El Barbas

2013 mayo 9
por María José Pou

Ha caído un mito. No lo digo por el talento empresarial o el poder político de “el Bigotes”, del que no puedo dar fe, sino por su seña de identidad más conocida: su bigote. En general, no me gustan demasiado los mostachos y mucho menos los rancios. La mayoría de éstos me dan risa y hasta vergüenza, como el de Leandro de Borbón.

Solo se los consiento a algunos perros, como el mío, Whisky, al que, cuando le crecen mucho, llamo Lord Wiscon, pues sus bigotes, barba y porte aristocrático le dan aires de “perro de salón inglés”, como me dijo mi amigo Màxim Huerta cuando lo adopté. Lo dijo porque aún no conocía sus aires arrabaleros cuando se cruza por la calle con otro macho y le grita. A su manera, que una no entiende lo que se dirán, pero por el tono de Whisky seguro que de todo menos “bonito”.

El otro perro que tuve, Solete, tenía unos bigotes más largos que los de don Leandro y, cuando me ponía la cabeza en el regazo, le decía, muerta de risa, “quite de aquí, don Faustino, por Dios”.

Pero una cosa son los mostachos de un peludo de cuatro patas y otra, los que algunos, como “el Bigotes”, dejan crecer con alevosía y nocturnidad.

Por eso me alegré de que “Alvarito” recortara sus bigotes. Lo que no podía imaginar es que un día cambiáramos su apodo por “el Barbas”, como él mismo sugirió ayer a las puertas del TSJ. En efecto, Álvaro Pérez lleva ahora una barba recortada con la que se acercó a pedir a los medios mucho más que un cambio de apelativo.

Reclamaba, no sin razón, que se respetara la presunción de inocencia con él como se hacía con otros. Se lo reprochaba a los medios de comunicación, aunque, ante los datos que se conocen de Gürtel, el problema no es solo el mensajero. Cuando los ciudadanos saben de algunas cifras y aún notan dolorida la zona lumbar por la extracción renal nuestra de cada día, es normal que carguen sus iras contra gente como él. Sin embargo, entiendo su reclamación y prometo contenerme hasta que los jueces hablen. Ahora bien, también aviso de que, ese día, esta columna probablemente no será apta para menores ni espíritus sensibles.

Vida low cost

2013 mayo 8
por María José Pou

Minipisos, minijobs, minicoches… a veces da la sensación de que hay quienes pretenden aplicar los criterios del low cost a la vida de mucha gente. De Alemania nos llegan noticia de los españoles que van y no encuentran trabajo, cuatro de cada cinco. Y los que lo encuentran, se refieren a un contrato pequeño y precario que alivia las listas de paro pero es insuficiente para vivir. Son tareas, más que empleos; encargos a sueldo, más que trabajos que sirvan para el desarrollo humano. Quizás es el trabajo que libera pero no el que dignifica.

Junto a ello, nos venden minipisos y decenas de propuestas para “construir” viviendas en lugares inhóspitos o peregrinos. El último, el ofrecido por una empresa española en un contenedor de barco. Se presenta, y muchos otros, como una opción ecológica –por el reciclaje-, barata y accesible, en especial, para quienes no pueden ni plantearse una hipoteca al uso. Entiendo ese objetivo loable, el de ayudar a quien lo necesita, e incluso las virtudes de una casa como ésa, pero me pregunto si hemos caído en la cuenta de que todo ello rebaja al ser humano.

No es que me parezca mal aprovechar un contenedor pero solo puede ser considerado como solución provisional ante un déficit y una situación extrema, nunca como lugar definitivo. Como las aulas prefabricadas, un contenedor no es una casa; puede hacer de vivienda pero nunca será un “hogar”.

Sin embargo, hemos llegado a un punto en el que creemos poder aplicar la noción “low cost” a todos los aspectos de la vida sin afectar a la esencia. Uno de ellos es el trabajo, algo más que un modo honrado de ganar dinero.

Podemos aplicarlo a los vehículos o al desplazamiento, que no es lo mismo que “viajar”. Podemos referirnos a una forma de comer, que no es sinónimo de “alimentarse” y mucho menos de “gastronomía”. El low cost aplicado a la vida, como en algunas compañías aéreas o cadenas de alimentación, supone conformarse con lo barato aunque nos falten a la dignidad o nos den productos de pésima calidad. No le llamemos “minijob”, pues, para disfrazarlo, sino “trabajo low cost”.