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Categoría: posparto
“Los secretos” de la placenta, un órgano único en la naturaleza

Muchas mujeres embarazadas y sus maridos me preguntan: “¿cómo expulsa el feto los desechos, la orina, las heces? Es una pregunta que denota, en el fondo, un gran desconocimiento sobre el mecanismo de intercambio materno fetal: la placenta. La placenta es un órgano que tiene dos partes: una está constituida por tejido materno y la otra por tejido fetal. En efecto, se trata de un órgano mitad materno y mitad fetal. No existe ningún órgano similar en la naturaleza.

El útero está constituido por tejido muscular al que llegan vasos sanguíneos maternos (flecha roja) que invaden todo el espesor muscular, aportando grandes cantidades de sangre. Por otro lado, una capa de tejido fetal se adhieren a la pared uterina quedando entre el útero y la capa de tejido fetal un espacio “muerto” que se llena de sangre materna formando un lago venoso. El cordón umbilical del feto lleva tres vasos sanguíneos: una vena y dos arterias. Los vasos sanguíneos del feto se sumergen dentro del lago venoso materno (ver flechas verdes) pero las sangres nunca están en contacto directo; esto es lo esencial: la sangre materna y la fetal nunca están en contacto.

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Si las sangres no están en contacto ¿Cómo pueden entonces pasar de una sangre a otra el oxígeno, la glucosa, el dióxido de carbono,…? La respuesta es por difusión. En efecto, la capa de tejido que existe entre la sangre materna libre del lago venoso y la sangre fetal que circula por las vellosidades coriales es tan fina que los elementos arriba citados – oxígeno, glucosa,…- atraviesan dicha capa sin dificultad. La placenta es, por tanto, un órgano formado por dos seres vivos: la madre y el feto. Ambos comienzan ya a colaborar antes del nacimiento.

Si tienes curiosidad médica y quieres ver “en vivo” el interior de una placenta, mira el siguiente vídeo :

 

Dr. Antón Millet • Ginecólogo

Clínica Millet • Clínica de la Mujer • Ginecología, obstetricia, reproducción asistida, diagnóstico prenatal, preparto, posparto, pediatría, endocrinología, deporte, psicología y medicina estética.

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La era de las madres imperfectas

 

Mi gran amiga y compañera Ester siempre dice que a todas nosotras, justo en el momento en el que test de embarazo nos sale positivo, nos regalan una fusta… y no, no es para lo que os pensáis… ¡cuánto daño han hecho las 50 sombras! La fusta nos sirve para que nos flagelemos cuando la culpa por ser “malas madres” nos ronda en la cabeza y esto ocurre mucho más a menudo de lo que parece.

Puede que sorprenda pero en mi trabajo en la planta de Patología Obstétrica del Hospital La Fe, he visto cómo muchas mujeres se sentían culpables por tener una amenaza de parto prematuro, porque la bolsa ammiótica se hubiera roto antes de tiempo o porque su bebé tuviera una malformación. En su ansia por buscar razones que expliquen estas dolorosas circunstancias, la mayoría acaba pensando que podían haber hecho “algo mal” que desembocara en estos problemas.

Pero más allá de todas estas situaciones especiales, pongamos el caso de un parto completamente normal, una mujer que se ha preparado para ese momento y lo vive con ilusión y ganas de conocer a su bebé… Cuando llega el momento y se lo colocan en su pecho piel con piel, puede ocurrir ese enamoramiento inmediato o por el contrario, puede experimentar sentimientos encontrados y tardar en reconocer al bebé como algo “suyo”. No es necesario decir que en ese momento, la culpabilidad por no mostrarse lo “eufórica” que se espera de ella ya empieza a atormentarla.

¿Y el puerperio? Esa etapa que se supone tan maravillosa y feliz, pero que está llena de altibajos hormonales y emocionales que te hacen vivir en una montaña rusa continúa.

Si tu deseo es dar de mamar, tendrás gente que te apoye pero también mucha otra que te dedique “amables” palabras como que tu leche no es buena, que el bebé te usa de chupete o que lo matas de hambre. Y aunque tengas apoyos y lo tengas muy claro, todas esas opiniones van haciendo mella en tu autoestima. Yo misma tuve una lactancia complicada con mi primera hija y pese a ser profesional sanitario, no había día en el que no me planteara si estaba haciendo algo mal.

Ni que decir tiene si has decidido practicar colecho con tu bebé… es fácil que te tachen de “hippie” y te digan que lo vas a tener durmiendo en tu cama hasta los 15 años

Pero no podemos olvidarnos que si optas por dar biberón, seguro que también alguien te recuerda que la leche materna es el mejor alimento para tu bebé.

A todo esto tenemos que añadir que probablemente no duermas bien, porque al contrario de lo que te han dicho tus matronas, no descansas cuando descansa el bebé, sino que te ocupas de la casa, las visitas o de tus otros hijos. Tu barriguita se ha quedado algo flácida, tu periné te molesta, sudas más de la cuenta, hueles a leche, pensar en ir a la peluquería es una utopía y en ese preciso instante se publica una portada con una de los ángeles de Victoria Secret´s, pongamos Miranda Kerr, Gisele Budchen o cualquiera de ellas, recién parida, amamantando a su bebé y absolutamente divina. O Elsa Pataky, que tras tener gemelos tiene unos abdominales que tú ni siquiera tenías antes del parto y te preguntas ¿por qué yo no? No me entendáis mal… pienso que es muy positivo que salgan esas imágenes para normalizar la lactancia materna, el colecho, el porteo etc… solo que si pudieran salir un poquito menos “perfectas” todas lo agradeceríamos.

Pero sí pensáis que esto acaba aquí, estáis muy equivocadas… Si decidís no trabajar para dedicaros a la crianza, seguro que encontráis voces críticas al respecto de cómo vuestra economía y vuestra carrera profesional se van a resentir.

Si volvéis al trabajo tras la irrisoria baja de maternidad de nuestro país, la presión por trabajar y seguir ocupándoos de la crianza como os gustaría, empezará pronto a pasar factura, con esa sensación de no poder llegar a todo, que os acompañará largo tiempo y probablemente tengáis que elegir entre pasar tiempo con vuestros hijos o ascender laboralmente. En cualquiera de los casos, suele existir un sentimiento de “pérdida” que por el contrario, la mayoría de nuestras parejas no experimentan.

Y mucho más adelante, seguiremos sacando el látigo, cuando el estrés del día a día nos haga olvidarnos que hoy era “el día de la fruta”, tocaba chandal para gimnasia o el “papelito” de la excursión no lo entregamos a tiempo. Si se nos escapa algún que otro grito, ya nos sentimos como si solo nos faltara que nos tatuasen el “mala madre” en la frente, cual letra escarlata.

Entonces si la maternidad supone ese duro camino ¿por qué tenemos la necesidad biológica y emocional de ser madres?

Porque cuando tienes a tu bebé pegadito al cuerpo, cuando lo alimentas, cuando te mira con esa cara de ser lo más importante en su mundo, cuándo eres su único consuelo si está malito, cuándo lo acompañas en sus primeros pasos, en su primer día de colegio y en todos sus avances o cuando tu hija de 12 años te dice que lo mejor del mundo es pasar una tarde contigo de compras y tomarse un batido en el Starbucks,… sientes que todo tiene sentido y que por muchas piedras que nos vayan surgiendo, por muchas exigencias que nos vayamos autoimponiendo, somos las mejores madres para nuestros hijos. Somos “maravillosamente imperfectas”

Mª José Pau, Matrona.

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Sobre el autor Antón Millet
Especialista en Obstetricia y Ginecología desde el año 2000. Trabaja en Hospital Clínico de Valencia desde 2002. Forma parte de la Unidad de Patología Mamaria del Hospital Clínico de Valencia. Es director y ginecólogo en Clínica Millet - Clínica de la mujer, una clínica de salud para mujeres que integra el trabajo de varios especialistas: ginecólogos, pediatras, endocrinólogos, médicos estéticos, deportivos y psicólogos. EN ESTE BLOG DE SALUD TAMBIÉN PARTICIPAN: Maria José Pau, matrona. Ester Furnieles, matrona. María Calpe, psicóloga.