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César Campoy

Banda sonora

Aún quedan ilusiones

Una de las salas más jóvenes y activas
del universo cultural valenciano, Rock City,
celebra su tercer aniversario, y sigue en la brecha,
pese a todo

 

Partamos del hecho de que Emir Kusturica es un tipo al que es difícil pillarle el punto. No hablamos de su cine (alguno dirá: «también»). Por supuesto que no. No nos referimos a su manera de construir auténticas obras maestras (reconocidas por crítica, público y grandes festivales) como ¿Te acuerdas de Dolly Bell? (1981), Papá está en viaje de negocios (1985), El tiempo de los gitanos (1988) o la descacharrantemente soberbia Underground (1995). Nos referimos a su cabezonería. Hubo una época en la que le dio por elevar a Maradona mucho más allá de los altares de medio mundo que ya frecuenta. Y, finalmente, aquel empecinamiento cristalizó en el, llamémosle «peculiar», documental Maradona by Kusturica (2008).

Nacido bosnio y musulmán, del mismísimo Sarajevo, los trágicos devenires de las guerras yugoslavas le llevaron a convertirse al cristianismo ortodoxo serbio (de hecho, acabó rebautizándose con el nombre de Nemanja, de claras connotaciones nacionalistas). El último de sus empecinamientos ha tenido que ver, nada más y nada menos, que con la construcción de una ciudad, Andrićgrad, en Visegrado, cerca del puente sobre el Drina al que el premio Nobel yugoslavo, Ivo Andrić escribió de manera tan espléndida y dramática. Cerca de allí, en una etno-villa, también levantada por el propio Emir, años ha, puso en marcha el Küstendorf Film and Music Festival, un peculiarísimo certamen, que sólo podría surgir de la imaginación de nuestro protagonista.

Porque Kusturica es un tipo que, básicamente, hace lo que le da la gana. Y, con toda seguridad, le importa bien poco lo que opine el respetable. En aquella edición de 2001 de la malograda Bienal de Valencia, Kusta desembarcó en el Almudín con un montaje sobre los horrores de la guerra. La instalación contaba con el concurso de un conejo vivo, atado. En pocos días, las numerosas protestas sirvieron para indultar al animal, pero mientras todavía permanecía allí, y mientras el artista inauguraba aquel espacio, una estruendosa traca fue disparada en la Plaza de la Virgen. Kusturica sentenció con chanza: «Vaya, esto me recuerda a mi país».

El joven Kusta y su banda pasean por Sarajevo

Precisamente en la Plaza de la Virgen, y aprovechando el viaje, Emir se subió al escenario con otra de sus pasiones, su banda de rock (ahora se llama) balcánico, The No Smoking Orchestra. Lo del nombre tiene su explicación: «No smoking», en serbocroata, se dice (y escribe) Zabranjeno Pušenje, que es el nombre de un mítico grupo de rock sarajevita en el que militó el propio Kusturica a mediados de los 80, que cultivó un punk rock simpático basado en la ironía. Cuando estalló la guerra, la formación se partió en dos, y surgió un Zabranjeno Pušenje bosnio-croata, y otro serbio. Kusta recaló en este último, y el proyecto acabó traduciendo al inglés su nombre. Años atrás, el director de cine había conocido a otra de las figuras más importantes que ha dado la música balcánica, Goran Bregović, quien, poco después, se encargaría de componer las bandas sonoras de algunos de los títulos más populares de Emir, y con quien acabó a tortazos, al parecer, por la peculiar costumbre que tiene Goran de adaptar piezas ajenas y firmarlas como propias.

Bregović y Kusturica compartieron muy buenos momentos, estudio de grabación y escenarios, cuando el primero ya era una auténtica estrella del rock en Yugoslavia con sus Bijelo Dugme. La formación, experta en llenar estadios y vender cientos de miles de discos, acabó aplatanándose, pero durante sus primeros años, ocupó un lugar privilegiado en aquella nutrida y productiva hornada de bandas que cultivaban el rock duro de manera sorprendentemente profesional y efectiva. Algunas de ellas, incluso, traspasaron las fronteras de la patria de Tito, actuaron y grabaron en países de media Europa, y llenaron páginas y páginas de prestigiosas publicaciones especializadas en lo que venimos llamando «escena heavy». Había calidad; mucha calidad.

Hamlet, en Rock City, vistos por Irene Bernad

En aquel listado de bandas amantes de los sonidos contundentes, por supuesto, podías encontrar de todo: Amantes de la esencia más progresiva, defensores del falsete, cultivadores de sonidos más convencionales… Personalmente siempre hemos pensado que una de nuestras bandas de rock urbano con más solera, Transfer, hubiera casado bastante bien en aquella movida sonora que se gestó en tierras yugoslavas durante aquellas décadas. No tan sólo por los sonidos desarrollados, sino por sus raíces y filosofía. Los extrarradios de ciudades como Sarajevo, Bihać, Belgrado, Novi Sad o Ljubljana; esas ciudades dormitorio y esos barrios obreros repletos de población modesta, de aceras y calles repletas de socavones, y cuyos límites lindaban con huertos, campos y naves industriales; las mismas en las que se gestaron proyectos como los prehistóricos Bijelo Dugme, Divlje Jagode, Riblja Čorba, Griva o Pomaranča, apenas se diferenciaban de aquella Benicalap y aquella Ciudad Fallera de principios de los 90, donde los valencianos comenzaron a cultivar su rock comprometido, testigo y narrador de realidades próximas.

Uno de los pilares de aquellos Transfer, por cierto, fue Kono. Con ellos compartió más de tres lustros de carretera y autenticidad, y con ellos grabó algunos de los discos más emblemáticos de la formación: Años de Rock’n’Roll y de malos momentos (1993), La gran mentira (1995), Fin de siglo (1997)… Figura particular de nuestra escena, Kono, además, ha tratado de trabajar de y por la música desde diversos escenarios. Y, como Kusta, ha demostrado ser un hombre empecinado, constante. Sin ir más lejos, mediada la década pasada, regentó el local Pasión por el ruido, desde donde trató de seguir fomentando una forma de entender la vida y la cultura sonora. Años después, y aquí queríamos llegar, nuestro protagonista se convirtió en columna principal de una nueva sala que abrió sus puertas en Almàssera. Esa sala se llama Rock City, y el próximo sábado, 2 de agosto, celebra sus tres años de vida.

Como la gran mayoría de los espacios de nuestro territorio donde es posible ver y escuchar música, y todos aquellos donde se cultiva y difunde la cultura, a buen seguro que el equipo de Rock City también tendrá tiempo, este sábado, de dar gracias al cielo por mantenerse vivos en los tiempos que corren. Por su escenario han desfilado nombres de la talla de Marky Ramone, Barricada, Txarrena, Sôber, Obús, Napalm Death, Hamlet, Coque Malla, Uzzhuaïa, Gigatron… así como decenas de profesionales de nuestra escena actoral, ya que, con el paso del tiempo, y en busca de nuevos horizontes, la sala de la calle Coheters ha acabado por convertirse en un contenedor en el que tiene cabida, prácticamente, cualquier manifestación artística. Felicidades, pues.

 

 

Jorge Lorán, risueño

La recomendación veraniega de la semana: Entre parajes flamencos y olas valencianas

 

Jorge Lorán, una de las mitades de Dwomo, nos brinda sus sugerencias musicales para sobrellevar el asfixiante calor

 

Junto a Antonio J. Iglesias integra Dwomo, una de las formaciones más personales de nuestro espectro musical que, además, está de estreno: Acaba de publicar, a través de Granja Beat, Por el aire, en compañía de la Orquesta Pinha. Cuando le preguntamos por un disco, epé, sencillo o canción, de ésos que podría estar escuchando todo el día, es claro: «En primer lugar, para pasar un elegante verano, recomendaría un disco de esos que no se olvidan y que no pasan desapercibidos. Para mí, es abrir mi cajita de tesoretes y un regalo para cualquier alma que se emocione ante la música de verdad. También tengo que aclarar que de lo más dulce puede pasar a lo más hiriente, como la vida misma. In a bar, under de sea, de dEUS. Grupazo como ninguno. Personalidad, descaro y falta de prejuicios. Recomiendo escucharlo a un alto volumen y todas las veces que sea necesario. Como una buena película».

En cuanto a ese directo patrio que no deberíamos perdernos este verano: «Como artista y grupo valenciano para este verano, en directo, recomiendo no perderse a Le Grand Miércoles, ya que su mezcla de surf y ritmos jamaicanos tienen un punto cautivador, muy acorde con la época estival. Además, están presentando su segundo elepé, cargado de western, bailable y tan potente como refrescante. Si se los encuentran en algún chiringuito o en algún apetecible club, no lo duden».

 

 

Un día sonó…

 

Los Protones: Mis lágrimas (Regal, 1965)

El primero de los dos epés grabados para Regal por el conjunto de Abel Mena es tan inocente en sus letras como contundente en su ejecución. Guitarras, lindas armonías vocales, ritmo y mucho reverb con temas que serían capaz de animar el guateque más muermo: Si alguna vez, Desde que nací

 

Control: No me molestes más (Belter, 1971)

Belter fue la encargada de editar la primera referencia de una de las bandas con más proyección de los 70 valencianos. Abría el sencillo una pizpireta revisión del soulero Hey, Girl Don’t Bother Me, de The Tams, y cerraba una tenebrosa versión del Back Street Luv, de Curved Air. Calidad innegable.

 

In Fraganti: No tengo nada (BLAU, 1983)

Julio Bustamante y Remigi Palmero, en compañía del gran Balanzá pasarán a la historia por haberse convertido en los inventores y difusores del llamado (por los amantes de etiquetas) «pop mediterráneo». Ocurrentes letras envueltas en sugerentes melodías.

 

The Flauters: Hay enanos fuera (Al·leluia Records, 1998)

Luis, Paco, Boli y Eliseo integraron una de las formaciones con más calidad que ha dado el universo musical valenciano. Merced a un pop de altura, psicodelia y un gran sentido del humor a la hora de demostrar su virtuosismo, nos brindaron perlas como Gafas redondas o Sólo un Fox-Trot.

 

Polar: Comes with a smile (Jabalina, 2004)

Herederos directos del buen hacer de bandas tan sentidas como Galaxie 500 o The Zephyrs, Polar confirmaron con este disco, editado por Jabalina, que se habían convertido en una de las apuestas más serias de la independencia estatal: Home, Tomorrow o Understand son de otra galaxia.

 

Tórtel: Entusiasmo (Los Enanos Gigantes-El Volcán Música, 2012)

La consagración definitiva de Jorge Pérez (si alguien todavía dudaba de su valía) llegó de manos de un disco de pop luminoso, que figuró en la mayoría de listas que recopilaban lo mejor de 2012. Un creador en estado de gracia, con perlas del estilo de Los cantantes o El héroe del río.

 

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Sobre el autor

Curioso por naturaleza. Más de media vida escribiendo.


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