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César Campoy

Banda sonora

Limbotheque: Sofisticada pasión

Tras la publicación, en formato cedé y deuvedé, de aquel Folkabaret (Rumorrecords, 2012), producido por José Luis Rupérez, todo parecía que iba a venir rodado para la formación valenciana integrada por Carol García, Raúl Ortells, Danilo Argenti, David García, Gerard Vercher y Camilo González. Aquel proyecto, basado en la personalísima revisión de algunos clásicos populares (del Funiculì Finiculà, al Vamos a contar mentiras), adornada con un par de temas propios, fue brindado al respetable a través de la particular filosofía que de la música y el espectáculo posee este combo, próximo al despiporre burlesque, y aderezado con un evidente componente de elegancia y buen gusto: «Folkabaret supuso un gran reto. Como concepto era algo arriesgado, ya que algunas de esas canciones eran muy difíciles de domesticar, pero el resultado final y la respuesta del público fueron estupendos. Aunque haya quien lo pueda considerar un trabajo menor por tratarse de versiones, estamos muy orgullosos. Además, nos sigue dando muy buena proyección», aseguran. Precisamente la etiqueta de «eclécticos» es la que siempre ha acompañado a Limbotheque («nos gusta que nos cataloguen así, y la verdad es que nos libera mucho»). Un apelativo ganado a pulso merced a su pasión por combinar ritmos y estilos sin ningún tipo de prejuicio (chanson, swing, jazz, country, cabaret, rock), pero, eso sí, bajo un manto personal de sofisticación consolidado por la arrebatadora voz de Carol.

 

Carol lo tiene todo bajo control


 

Su nuevo disco, recién estrenado, Crash, de hecho, vuelve a partir de esas bases: la variedad de registros. Eso sí, también parece marcar un punto y seguido en la carrera del combo de Alzira: Exclusivamente temas propios y con el castellano como eje vertebrador: «Lo único claro que tuvimos desde un principio es que iba a ser todo en castellano. La sonoridad de los temas se fue trabajando poco a poco aunque ya desde antes de ‘Folkabaret’ teníamos ganas de hacer algo más progresivo, por llamarlo de alguna manera. Existe una continuidad entre nuestros dos primeros discos, Mon Diable y The way, the wind, the van… y éste. También es cierto que el factor tiempo es determinante: apenas hubo un año de diferencia entre la composición y grabación de los dos primeros trabajos; en cambio, pasaron tres años sin que desarrolláramos canciones propias hasta que hicimos Crash». Una criatura, gestada en los Blackout Musice, que ha tenido que esperar un año hasta ver la luz. Tiempos difíciles, o nueva era, la que vive un universo musical en el que la mayoría de artistas ha de procurarse las habichuelas sin esperar que nadie le saque las castañas del fuego. Hay quien opina que los músicos deberían seguir centrándose en lo suyo, componer y tocar, pero cada vez son más aquellos que, como Limbotheque, optan por crear su propio sello (Mon Diable, un guiño a los inicios), buscar financiación y gestionar mil asuntos. ¿Ya no hay vuelta atrás? ¿Cuestión de obligación, o mayor libertad?: «En las dos ocasiones en las que no nos hemos autofinanciado, con Mon Diable y Folkabaret, hemos gozado de libertad absoluta, con la única obligación de cumplir con los plazos de entrega. Así que la comodidad y libertad de correr tú con los gastos radica en que puedes trabajar más a tu aire. Pero un poco de presión externa, para que la cosa avance, tampoco viene mal. Lo lógico es que el músico se dedique a lo suyo y el trabajo ajeno a la producción musical lo hagan quienes tienen que hacerlo. Pero casi nunca es posible y, por desgracia, nos tenemos que convertir en multitarea».

 

 

Mientras tanto, el cabaret de Limbotheque sigue en marcha. Un nuevo espectáculo acaba de comenzar, en el que el conjunto volverá a tirar de buenos sones, y de otro de sus seguros de vida, la puesta en escena, fundamentada, sobre todo, y sin menospreciar la indudable calidad interpretativa de sus componentes, en la destacable teatralidad de Carol: «Todo el mundo le da una cierta importancia a la imagen, ya sea con una camisa a cuadros o con un traje. Nosotros queremos mantener también una cierta coherencia entre la música que hacemos y la imagen que proyectamos. Así es más fácil que el público se identifique contigo».

 

 

El disco de la semana

 

 Polonio: Gran baile de música moderna (Malatesta, 2014)

 

El eterno verano en que parece que estamos condenados a seguir deambulando, se nos antoja el escenario cuasi perfecto para el desparrame de la nueva referencia sonora de este combo convertido, prácticamente, en agrupación musical si atendemos a lo numeroso de sus miembros y a la variedad de sus elementos instrumentales (a los clásicos bajo, guitarra y batería añadan trompeta, violín, xilófono, trombón…). Elementos, todos ellos, que en los últimos tiempos, felizmente, han vuelto a formar parte de la idiosincrasia de muchos de nuestros conjuntos pop. Porque Polonio son eso, y nada más (y nada menos): Una auténtica y verdadera banda de pop. De esas que son capaces de absorber mil y una referencias de otros tantos estilos dispares. Sin imposturas ni artificios. Y, sobre todo, sin complejos. Los derroteros del grupo que lidera de manera eficiente Toni Cárdenas huelen a esencia cool (Bailamos con el sol), pero también a agradable melancolía, o a piezas netamente románticas sabiamente extraídas de los setenta hispanos más brillantes (deliciosos los arreglos y las incontables pinceladas de La guerra privada). Y, en mitad de todo ello, un paseo por la desafiante Sonora, de mano de la inefable trompeta de Ernest Aparici. La fórmula, a priori, parece ser bastante sencilla: Estudiada combinación de acordes, de esas que suelen ser seguro de vida (Salvavidas); instantes de emotividad buscada (si La emperatriz tuviera un poco más de empaque sería casi gloriosa), y textos abrumadoramente cotidianos y aparentemente sencillos (Lugar secreto). Efectivamente, la ecuación se muestra evidente. Eso sí, quien así lo crea, y tenga arrestos, que se atreva a idear creaciones de la altura de Pirámides, o diálogos como los de El resplandor.

 

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Sobre el autor

Curioso por naturaleza. Más de media vida escribiendo.


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