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Carlos Pajuelo

Pajuelo: la chispa

LA SUERTE

LA SUERTE
Ayer mellamón un amigo con un voz sugerente y con tono de estar muy contento y me
preguntó: ¿A que no sabes lo que me ha pasado?
– No tengo ni idea. ¿Cómo voy a saberlo?- le
contesté con acento de intriga.
Te lo digo porque tienes fama entre los amigos
de “adivinador”. No sería la primera vez que adivinas sucesos que luego se han dado- me adula.
– Eso era – le contesto- cuando era más joven y mi imaginación era más fértil que parecía
que hubiera tomado o fumado algo que entonces
estaba prohibido. De todas formas, gracias, hay
cosas que se me escapan. ¡Dímelo ya, hombre!-
– Vale. Ahí va. Me han tocado dos mil euros en
la Primitiva.
– Sí que es suerte- contesto.
Es la primera persona que conozco al que le ha
tocado algo y mira que a mí nada y eso que juego desde que se puso en marcha, ni un ochavo; si
acaso alguna terminación de la Lotería Nacional.
– Te felicito. ¿Qué vas a hacer con el dinero?
– Gastarlo rápido antes de que la inflación -aunque Calviño niega la mayor- se lo coma y compraré
unas sandías y quizás unos melones de esos que
llegan hasta la Navidad; llenaré el depósito de gasolina, un par de garrafas de aceite de oliva y a lo
mejor veo de comprarme un depósito para almacenar agua, porque he leído- ¡se leen tantas cosas! – que puede que lleguemos a las restricciones
por horas si no llueve más; los pantanos están por
debajo del nivel adecuado y anuncian más olas de
calor.
– Oye, eso del depósito está muy bien- logro
decir ante la arrolladora muestra de verborrea que
Alejandro se llevaba entre manos. Lo pensaré.
Me interrumpe de nuevo y continúa con su imparable discurso matutino.
Por cierto, y sin que nadie se entere, no me vayan a llamar facha, a veces pienso que menos mal
que alguien tuvo el acierto de construir pantanos –
no me hagas caso, pero creo recordar que esa fue
una política franquista y es que alguien le soplaba
al dictador a la oreja:
– Excelencia, que llueve poco.
– Pues que guarden el agua que cae.
– ¿Dónde señor? No hay bastantes pantanos.
– ¡No me dé la lata! No ve que estoy ocupado
con unos decretos. Dé orden de construyan más.
– De acuerdo, mi general. Y ya está. Se ve que
le hicieron caso.
Tras oír a mi amigo Alejando le dije: Pues sí que
te dan de sí dos mil euros. Lo de los pantanos es
una buena idea -le sigo la corriente- aunque yo
ahora tengo otra preocupación. Creo que he logrado frenarla.
– ¡No me digas! – me contesta con voz de extrañeza. ¿Qué te preocupa?
– Lo nuclear.
– No me lo creo.
– Sí. Ahora lo han declarado energía limpia y
me acuerdo de mí mismo gritando ¡Nucleares no!
con mi pegatina en el jersey (entonces no llevaba
chaqueta, ni corbata) y está en España en plena
discusión el cierre o no de las que hay.
– Pues en Francia- añade él- van a tope
con sus centrales. Creo que quieren construir
más.
– Ya. Lo entiendo- le digo yo con ganas de
cortar la conversación.
– Espera hombre. La suerte no se me ha
acabado. Te he dejado para el final lo mejor.
– ¡No me digas!- procedo a sentarme porque adivino más discurso positivo.
– Sí. Te digo. ¿Te acuerdas de mi dolor de
rodilla y cadera?
– Claro. ¿Cómo vas?
– Igual. La suerte es que he llamado a la Seguridad Social y me han dado fecha para una
primera visita al traumatólogo.
– ¿Sí? – exclamo sin poder contenerme. ¿Y
cuándo será eso?
– Estamos en julio ¿no? – contesta él. Será
para el 18 de febrero del 2023. Me alegro porque,
además, es el cumpleaños de uno de mis hijos.
¿Es o no un motivo de alegría y de suerte?
– ¡Joded! Eso sí que es suerte. Se ha dado el
caso de que entre la petición de cita y la fecha
obtenida cuando han llamado al enfermo, este
reposaba en paz en el camposanto.
– ¡Hombre! – contesta alarmado mi amigo AleJandro-. Espero que no.
Mientras hablábamos he consultado los posos de la taza de té (me he pasado al té que lo
he visto en las series y es más elegante) y me
dan que para entonces te seguirá doliendo la
cadera un poco más, doblarás menos la rodilla
y volverás a acordarte de la mamá que parió al
conseller de Sanidad de turno, pero estarás vivo.
Enhorabuena.
Pero…
– Lo siento Alejandro, tengo una llamada entrante y es de Hacienda- ¿Vale?
– Eso sí que es mala suerte.
– Un día hemos de comer. ¿De acuerdo?
– Vale. Hasta pronto. Un abrazo.

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Por Carlos Pajuelo

Sobre el autor

Profesor emérito Universidad, escritor , publicitario y periodista. Bastante respetuoso con los otros. Noto la muy mayoría de edad física. Siempre me acuerdo de aquello de "las horas hieren y la última mata" y para aquel que trate de averiguar que significa esto ; cada uno que crea y piense lo que quiera


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