Lo veo cada día de pleno. Desde mi garita. Estudio al detalle cada uno de sus (mínimos) movimientos. Y pienso, absorto, cuáles serán sus sueños. Y sus pesadillas. Y si cuenta ovejas, carneros o cabras allí perdido en el hemiciclo, en la última fila, que es lo más parecido a un singular cementerio de elefantes. Y a veces creo que espera una princesa azul que le despierte de su letargo.
Hablo de Luis Bernardo Díaz Alperi. Impecable. A su estilo, pero impecable. Con estampa de buen anfitrión pero siempre con servicio. La corbata y la camisa a juego. Sin posibilidad de error. Pero con un detalle que le hace diferente al resto de la Cámara: su pañuelo de seda en el bolsillo de la chaqueta acorde a la combinación de colores. Un galán pasado de moda.
Reconozco que en ocasiones sufro por él. Por si en una de sus cabezaditas plenarias se recosta demasiado en su escaño de piel granate y se va patas arriba en medio de una intervención. ¡Catapúm! Y lo digo porque de esas ya he visto un par: la diputada de Esquerra Unida Ángela Llinares y el socialista Antoni Such como secretario segundo de la Mesa de Les Corts. A los sillones del hemiciclo, con sus manivelas, raíles y balanceos los carga el diablo y en uno de los descansillos que se pega el exalcalde de Alicante puede acabar sobre el noble parqué del hemiciclo para jolgorio de unos y otros.
¿Qué hace Luis Díaz Alperi en Les Corts? Pues votar y poco más. La última vez que subió a la tribuna fue el 6 de mayo de 2009. En breve hará tres años, sí, sí. ¡Tres años! Y lo hizo para defender la postura de su partido en una iniciativa del PSPV para la creación de la Agéncia Valenciana del Agua. Desde ese momento, según el diario de sesiones, el anonimato. Apretar el botón para votar y cobrar religiosamente como el resto de los 99 diputados. Entre la asignación reglamentaria, el complemento por pertenecer a la comisión de Industria y Comercio (la única en la que participa, por lo que sus visitas a Les Corts son escasas) más la dieta por kilometraje al desplazarse desde Alicante ingresa al mes más de 3.000 euros del ala. Una nómina con la que sueñan (y él en el sentido literal de la palabra) más de un parado que lleva meses a la caza desesperada de empleo. Junto a la minuta parlamentaria se gana la vida en sus ratos libres, que deben ser muchos, como asesor y gestor de empresas pagándose el autónomo.
Uno de los datos curiosos es que la declaración de bienes (obligada para todos) del diputado alicantino es una de las menos detalladas de entre las 99 señorías. Cifras globales pero sin desglose. Al tuntún. Confesión a granel. Díaz Alperi declara textual:
Y es una pena que el PP desaproveche la valía de Díaz Alperi que es máster en Derechos Humanos y Comunidad Europea por la Univesidad Pontificia de Salamanca así como perito y profesor mercantil, además de un político con trayectoria ya que de 1979 a 1983 fue presidente de la Diputación de Alicante y de 1995 a 2008, alcalde de Alicante.
El caso de Díaz Alperi no es raro. Quizá sea injusto el ensañamiento (lo reconozco) que he perpetrado, pero es que es… taaaan visible. Los partidos tienen una peligrosa tendencia a llenar sus bancadas de históricos venidos a menos que sólo por el hecho de ser lo que fueron deben ser premiados con sueldo público. En el PP, como el caso de Díaz Alperi, hay unos cuantos; en el PSPV, también: Carmen Alborch, Cipriano Císcar, Joan Lerma, … que van de oca a oca y tiro porque me toca.
Los políticos se quejan porque los ciudadanos gritan que la política está desprestigiada y desacredita. Poner solución a esta sensación es fácil. ¿Limitación de mandatos y cargo público? Ahí dejo la pregunta.