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Héctor Esteban

El francotirador

La sombra de González Lizondo

El valencianismo lleva años buscando un nuevo González Lizondo. Sin caer en la cuenta de que lo genuino se pare. Los mismos que reventaron el corazón del fundador de Unio Valenciana ansiaron después un cetro con un currículum de hortera ambición. La mayoría traicionó sus principios para acurrucarse al calor de un sueldo público con remite del PP, que a fin de cuentas enarboló su valencianismo gaviotero como una mentira para arrasar con ese nacionalismo regionalista que cayó con la misma fuerza que despegó.

Nadie más parirá un nuevo González Lizondo. Ni siquiera Vicente junior, con pedigrí, fue la sombra de su padre. No entendió que el carisma se mezcla con la placenta.

Hoy, en vísperas del 9 d’Octubre, Dia de la Comunitat Valenciana, el valencianismo de franja azul malvive despedazado en mil grupúsculos sin darse cuenta de que si alguna vez hubo un escenario para emerger de las cenizas es el actual. Un panorama que apunta a la fragmentación y que aprovecharán partidos como Compromís, Esquerra Unida y UPyD mientras otros se quedan a la luna de Valencia.

La batalla de Valencia con su lucha de bandera, idioma y tradición fue el abono necesario para alumbrar un proyecto regionalista con calado social. Las urnas así lo manifestaron en la década de los ochenta y principios de los noventa. Una de las imágenes para la historia del parlamentarismo español fue la naranja que exhibió González Lizondo en la tribuna del Congreso para afearle a Felipe González el desprecio de su Gobierno hacia la Comunitat Valenciana.

En este vídeo se puede ver el gesto de la naranja y una defensa de la lengua valenciana ante la entonces ministra socialista Carmen Alborch mientras Ciprià Ciscar gesticula la burla contenida.

En 1991, la Unio Valenciana de González Lizondo empezó a cavar su tumba. El mismo día en el que el fundador pactó con el PP que la alcaldía del Ayuntamiento de Valencia sería para el que lograra más votos en las municipales (el PP contabilizó 15.000 apoyos más que los nacionalistas). Desde aquel día Rita Barberá se hizo eterna en el cap i casal.

Aquello fue el principio del fin. Cuatro años después, los 80.500 votos de Unio Valenciana en Valencia ciudad, su gran vivero, se redujeron a casi la mitad: 41.109 papeletas. A partir de ahí una larga enfermedad que derivó en 3.279 votos en 2007 y a no presentarse ya en 2011.

A nivel autonómico, la jugada fue la misma. El ‘pacto del pollo’ de 1995 (se llamó así porque se cerró en el despacho del empresario avícola Federico Félix), que le dio a Zaplana la presidencia de la Generalitat, ejecutó a González Lizondo y a Unio Valenciana. Lizondo fue un líder que nunca supo valorar el poder que tenía en sus manos. Lizondo fue un mal estratega y muchos compañeros así lo criticaron.

La posterior travesía por el desierto la escenificó de manera magistral la imagen del mitin central de la plaza de toros de Valencia (aquella que en su día llenó Lizondo) en la campaña de 2003. Un auditorio vacío para escuchar a Josep Maria Chiquillo bajo un impresionante aguacero con la orquesta “Tornado” y Miss Venezuela de estrellas invitadas. Al final, la mayoría de los que se pusieron al frente del partido terminaron bajo el paraguas del dinero público del PP.

Muchos dieron el salto antes de que el barco se hundiera, hartos de que la Unio Valenciana que parieron se convirtiera en una burda imitación. Allí siguen, en la bancada popular, valencianistas como Fernando Giner y Rafael Ferraro, que ansían por encima de todas las cosas que la Acadèmia Valenciana de la Lleng desaparezca. Y hay quien sobrevive como concejal con sueldo. Este es el caso de Alfonso Novo, Mairén Beneyto y Maria Angels Ramon-Llin. Y hay muchos más que abrazaron el zaplanismo, el campismo, el fabrismo y lo que haga falta.

Por el camino se quedaron proyectos como Iniciativa de ProgrésAlternativa ValencianaIdentitat Regne de Valencia, esta última de un Miquel Zaragozà que nunca logró éxitos en sus proyectos de partido.

Los exlíderes de Unio Valenciana se han convertido en supervivientes en la familia del PP. Jose Maria Chiquillo se abriga con la calefacción del Senado. Joaquín Ballester, reconvertido a presidente empresarial, participa de la comisión de las señas de identidad del PP junto a un Valero Eustaquio que fue de lo más triste que pasó por allí. José Manuel Miralles es el actual líder y el verdugo de un sentimiento en el que muchos todavía creen (¿verdad Lluís Melero?). Miralles se vendió por un puñado de lentejas que, “llogicament”, le emplató Serafín Castellano, el verdadero ideólogo del valencianismo de la gaviota y estratega de la extinción de Unio Valenciana a manos del PP.

Ahora, aquel valencianismo que abanderó la Unio Valenciana de Lizondo, con la Real Acadèmia de Cultura Valenciana como guía espiritual y normativo, se diluye en mil pedazos.

A bote pronto se me ocurren mil aventuras fracasadas de un valencianismo en ocasiones peligroso. Juan García Sentandreu lideró una Coalición Valenciana publicitada a golpe de talonario por mecenas millonarios. Sus dos grandes hitos fueron comprar al diputado más tonto de la bancada del PP para convertirlo en un tránsfuga y hacer noche en un céntrico hotel de la ciudad para reventar el acto de Joan Laporta y su (ex)partido Solidaritat que llegaron a Valencia al grito de Vixca la Terra Lliure. Tanto ruido publicitario hizo Sentandreu que hasta algún medio vía encuesta le dio representación en la ciudad de Valencia.

De aquel experimento de Coalición Valenciana surgió Renovacio Politica de Benjamín Lafarga, que intenta hacerse un hueco en el frente anticatalanista.

Jóvenes como Raül Cerdá (en el vídeo se le puede ver criticar la vía catalana) tratan de mantener a través de Unió el espíritu de aquella primitiva formación que nunca volverá. La estética no es ni parecida.

Accio Nacionalista Valenciana es otra de las organizaciones que han surgido en los últimos meses bajo el impulso de exmilitantes de Unio Valenciana y bajo la presidencia de Boro Vendrell. Han diseminado vallas publicitarias por varios puntos de la provincia con el fin de que empiece a visualizarse su mensaje valencianista.

Estas tres formaciones, de corte secesionista, parece incluso que han empezado a entablar negociaciones para hilar un Compromís valencianista.

UnitsxValència, una formación que contó con el apoyo de un Héctor Villalba alejado ya de la política, ha derivado en un híbrido llamado Demòcrates Valencians con Carles Choví al frente y que tiene como objetivo ser la marca paraguas a nivel autonómico de los partidos locales de corte independiente. La defensa del valencianismo existe pero sus prioridades son, entre otras, pillar cargo remunerado en la Federación Valenciana de Municipios y Provincias.

La ensalada de partidos se aliña con entidades culturales y sociales. La decana es Lo Rat Penat de Enric Esteve, que será galardonada con la Alta Distinción de la Generalitat el 9 d’Octubre. Junto a ella han surgido asociaciones de nuevo cuño con perfil valencianista como Círcul Cívic Valencià y entidades como Plataforma Valencianista, Valenciafreedom, Junts front l’AVL…. No hay que olvidar al Grup d’Accio Valencianista (GAV), sin duda el más combativo en la calle en defensa de las señas de identidad. Un valencianismo que en muchas ocasiones ha flirteado peligrosamente con partidos de ultraderecha como España 2000.

Para el 9 d’Octubre se ha organizado una marea blava en la que se mezclaran entidades, partidos y matices valencianistas. Es complicado hacer visible el músculo cuando no hay bíceps. Por la tarde, feria valencianista en la plaza del Ayuntamiento entendida más como una contra a la manifestación de las entidades de izquierda y catalanista.

El valencianismo lleva años en en limbo político. Perdido desde que la gente empezó a dar por cerrada la batalla de Valencia. La sombra de González Lizondo sigue siendo alargada mientras el PPCV mantiene su dominio sobre la venta de las señas de identidad. Ahora, ha vuelto a enarborlar la bandera como respuesta a la amenaza del tripartit0 y con el fin de ahogar cualquier movimiento regionalista. Pero han pasado treinta años.

Este post está escrito desde la ventana. No me interesa más allás de lo imprescindible el debate de las señas de identidad. Con el respeto me basta. De unos y otros. Formo parte de esa mayoría silenciosa que se guía por argumentos como este: El socorrido País Valencià.

El problema es que el valencianismo político se encasilló de tal manera que parece que no tenga proograma más allás de los símbolos. Y no hay líder. González Lizondo fue al valencianismo lo que Eliseu Climent es al catalanismo.

Lizondo fue un líder particular y peculiar. Amado y denostado. Pero fieles y detractores siempre coinciden en una cosa: reivindicó en Madrid. Incluso Joan Baldoví, de Compromís, copió el efecto naranja de Lizondo a base de camisetas, pitos y sobres.

Por cierto, al único que veo capaz de volver a poner una naranja en la tribuna del Congreso es a Alfonso Rus.

Sería curioso vivir un camino a la inversa.

 

 

 

 

 

Temas

9 d'Octubre, catalanismo, congreso, felipe gonzalez, gonzález lizondo, Lizondo, Lo Rat Penat, naranja, pacto del pollo, Unio Valenciana, valencianismo, vicente gonzález lizondo

Por Héctor Esteban

Sobre el autor

Periodista. Me enseñaron en comarcas, aprendí en política y me trastorné en deportes. No pretendo caer bien. Si no has aparecido en este blog, no eres nadie.

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