Podemos es un problema en la Comunitat Valenciana. Una piedra en el zapato para el horneado tripartito. La formación de Pablo Iglesias, a la que ahora temen aquellos que se mofaron de ella antes de las elecciones con la chanza de #pablemos, abre un nuevo escenario que, irónicamente, favorece a un PP valenciano que se agarra al clavo ardiendo de ser la mayoría no absoluta más votada.
Podemos ha roto los esquemas en Les Corts Valencianas. Antes de que existiera Pablo Iglesias en España, en Valencia ya estaba Mónica Oltra. Ambos piezas de alfafería de La Sexta. Oltra es la verdadera lideresa de Compromís. Enric Morera, el líder nominal, asume cada vez más el papel de rémora, que es realmente lo que blinda la supervivencia del Bloc en un esquema que acabará engullendo al nacionalismo valenciano tal y como lo entienden los románticos.
La explosión de Podemos, que reventó en las elecciones europeas las cada día menos fiables encuestas, es un torpedo en la línea de flotación del PSPV. El partido de Ximo Puig, el líder que suspira por ser el nuevo presidente de la Generalitat con los resultados más anoréxicos de la historia, puede ser el gran afectado por la deslumbrante llegada del partido de Iglesias, que ha cautivado tanto a jóvenes como a jubilados desencantados. Podemos, bien por el desengaño o por la reacción primaria del despecho político, incluso ha pescado en el caladero de votantes del PP que buscan la puerta de emergencia abierta para la crisis. No importa si hay o no programa.
Si el PSPV ya tenía un dolor de cabeza con Mónica Oltra y Compromís -sin olvidar la recomposición electoral de Esquerra Unida- ahora Podemos ha convertido la cefalea en crónica. Blanquerías, que es parte del sistema que detestan los antisistema, se mantiene gobernada por políticos caducos cuya manutención depende desde hace lustros de una nómina pública. Los escaños se han convertido en un juego de la oca para abrigarse en tiempos de paro y desesperación. Puig, Boix, Orengo… jerifaltes socialistas que empezaron a vivir de este cuento casi al terminar el servicio militar.
Compromís se asfixia pensando en que Pablo Iglesias y los suyos pueden ocupar su espacio. La ensalada econacionalista tiene que estar ahora más blindada que nunca no sea que por las fugas de pensamiento, palabra y omisión alguno considere que es mejor lo nuevo. Esquerra Unida, por su parte, tampoco vería mal a Podemos como coalición porque ahora es la novia que todos quieren tener.
¿Y por qué la irrrupción de Podemos en la Comunitat beneficia al PP? El cogollo está en la fragmentación del voto de izquierda. No sólo por la aparición de un cuatripartito sino porque en el parchís los cuatros colores estarían más o menos parejos en su músculo electoral. La diferencia de escaños, con un PSPV en busca de la identidad perdida, sería pequeña. Cuatro partidos de izquierda sin un dominador aplastante para hacerse con el sillón de la Generalitat. ¿Alguien se imagina a los socialistas valencianos votando a otro partido para presidir la Comunitat? Yo no. Sería un suicidio político.
La pata que falta en este tablero es UPyD. El partido de Rosa Díez, que mantiene en la Comunitat ese tira y afloja entre Alexis Marí y Toni Cantó, se ha estancado en las últimas fechas en un techo electoral que necesita de nuevos bríos para avanzar. Para formar parte del Parlamento valenciano necesita el 5% del total de los votos. Un porcentaje que le daría los escaños suficientes para tener la llave del futuro gobierno de la Generalitat. No para pactar con el PP, que si son listos no lo harán. Pero sí para fundamentar una posible abstención en la elección del presidente y permitir a Fabra gobernar en minoría si los cuatro de la izquierda no suman los escaños suficientes. Ahí está la clave.
La ráfaga: Una hipotética coalición entre Esquerra Unida y Compromís con Oltra como referente sería hipócrita. Pero en política todo es posible.