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Mikel Labastida

El síndrome de Darrin

La maldición de las segundas temporadas de las series

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Lo verdaderamente complicado no es empezar, sino continuar. Los inicios –una vez se dan las circunstancias favorables para comenzar un proyecto- suelen ser ilusionantes, permiten explorar caminos, invitan a derrochar ideas y energías. No hay nada anterior con lo que comparar y queda una perspectiva por delante para desarrollar aquello que quieres hacer. Son las ventajas del folio en blanco, que, superado el vértigo, ofrece la posibilidad de dibujar todo aquello que siempre has querido hacer y ahora tienes el soporte.

Con las series suele ocurrir lo mismo. La primera temporada es –o debería ser- aquella en la que muestras lo que deseas contar y cómo lo deseas contar. Como no existe un pasado no se es preso de nada. Todo lo contrario, la única presión es no resultar suficientemente atractivo o convincente como para que tu proyecto guste. Por el miedo a que esto suceda se echa toda la carne en el asador. Y se prueba. Alea jacta est.

Si la serie funciona y se plantea una continuidad surgen problemas (el éxito también provoca problemas, sí): si se trata de calcar tal cual los elementos más exitosos de la primera tanda, la presión de estar a la altura, el temor a repetir reacciones adversas ya vividas… En la segunda temporada hay con qué medirse y eso coarta. Por ello no son pocas las series que se topan con una segunda temporada fallida, más caótica que la primera, menos atrevida o con menor singularidad. Hay excepciones, por supuesto, como ‘Halt and catch fire’, que ganó enteros según fue avanzando, o ‘Mad Men’, que mantuvo siempre la intensidad. Pero en general suelen ser un trance duro de superar. Eso no quiere decir que sean letales. ‘Juego de Tronos’ y ‘Perdidos’ tuvieron segundas partes flojas y después supieron retomar el norte y plantar unas terceras sublimes. Estos dos títulos se toparon tras estrenarse con una legión de seguidores y una expectativas altísimas, y esto no es sencillo de gestionar.

 

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Quizá algo de eso les ha ocurrido también a ‘El cuento de la criada’ y ‘Westworld’, que han firmado dos segundas temporadas problemáticas. Y a partir de aquí, spoilers. Las dos llegaban tras haber recibido numerosos halagos con sus episodios de estreno y se enfrentaban a continuar dos historias que aparentemente tenían mucho recorrido por delante. Y ahí precisamente ha estado uno de sus escollos, que se ha avanzado poco, que se han quedado a medio camino, que les ha costado dar pasos firmes y avanzar con la trama.

En el caso de ‘El cuento de la criada’ se enfrentaban al handicap de continuar un relato que se basaba en un libro publicado en 1985. La primera temporada agotaba la historia planteada por Margaret Atwood. Es verdad que si se hubiese quedado ahí habría sido una producción perfecta, pero la decisión de ir más allá con la travesía de June no era descabellada. Habíamos oído hablar de las colonias, sabíamos que existía vida en el exterior, nos habían citado a las econoesposas… Eran elementos a los que se podía recurrir en la continuación, y se ha hecho pero no han dado de sí todo lo que debían. La serie nos ha conducido a ellos pero apenas se ha detenido o ha resuelto de manera brusca o torpe las situaciones que se planteaban allí.

 

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Por otro lado la primera parte de ‘El cuento de la criada’ había acabado con la protagonista tratando de huir, algo que se truncó demasiado deprisa. El principal problema de los capítulos estrenados ha sido esa sensación constante de estar desandando lo andado. Por ejemplo, en al menos dos episodios se ha conducido al espectador por una trama en la que parecía que la criada iba a perder el bebé, algo que nunca sucedió, e incluso fue capaz de parirlo sin ayuda de nada ni nadie en una casa abandonada. ¿Cómo lo consiguió? ¿Cómo salió de allí? Una elipsis libró a la ficción de contárnoslo. En otro episodio se empeñaron en hacernos creer que iba a morir otro niño para casi al final salvarse milagrosamente. En otro momento nos inducen a pensar que Nick ha muerto, pero este reaparece después sin que nadie nos cuente qué había ocurrido. Este tipo de trampas son recurrentes en cualquier serie, siempre y cuando conduzcan a algún punto o sirvan para ir avanzando la historia en general.

La sensación es que ‘El cuento de la criada’ no ha sido valiente, no se ha atrevido a seguir por esa línea dura que impuso en sus primeros capítulos y ha preferido además guardar mecha que poder quemar en una tercera temporada ya firmada. Con esta deriva Gilead se ha perdido en el camino, hemos sabido poco de todo el conjunto de la población y nos hemos centrado todo el rato en una June que iba y venía sin alcanzar ninguna parte. Así, personajes como el de la tía Lydia se han desdibujado y otros nuevos como el de la mujer de Nick han pasado sin pena ni gloria. La serie ha ido traicionando sus reglas sin pudor, saltándoselas. Resulta increíble que después de todo lo que ha hecho June haya conseguido permanecer ilesa (hasta Serena ha perdido un dedo).

¿Por qué apareció tan tarde el comandante que salva a Emily? ¿Y cuál es su razón para hacerlo? ¿Por qué nadie se percata y detiene la relación de June y Nick si no paran de darse arrumacos por toda la casa? ¿Por qué la mujer de Nick no lo delata? ¿Y cómo se enamora tan rápidamente de otro? Son dudas que quedan en el aire y errores que desfavorecen un título que, pese a todo, mantiene la vigencia y sigue contando con una producción visualmente fascinante.

 

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Con ‘Westworld’ también parece que se ha caído en el error de apenas avanzar la trama. Y como había que llenar diez capítulos se ha abusado de actos violentos, programándolos sin sentido para rellenar capítulos y capítulos. Creíamos que esta temporada iba a ser en la que androides y humanos se enfrentan en el exterior, pero ese momento no se ha producido. Los nuevos escenarios, Shogun World o el mundo indio, han aparecido sin ningún cometido. Y tal cual han desaparecido.

‘Westworld’ es una ficción que detrás de sus escenas de acción persigue la intención de plantear escollos y preguntas sobre temas latentes en la sociedad actual: la represión, la necesidad de ser otros, la pérdida de la identidad… Pero esta vez a pocos mensajes y conclusiones se ha podido llegar porque la trama no aguantaba ni avanzaba. Y mientras tanto, Dolores se ha convertido en otra persona (pero nadie nos ha explicado por qué o cómo), en una killer capaz de aniquilar a cualquiera e incapaz de escuchar ni atender a nadie. Y Maeve se ha desdibujado sola y ha merodeado sin brillar en ningún momento. ¿Le ha faltado valentía? No es el caso. La serie recurría de nuevo a las encrucijadas difíciles de descifrar. Lo que no le ha favorecido es tener que mirar hacia delante con la previsión de que hay que rodar algunas temporadas más y por tanto no se pueden gastar ya todos los cohetes.

 

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En cualquier caso ambas han sido dos de los títulos más relevantes del curso y muy superiores a otras segundas tandas que cayeron en lo absurdo y en lo repetitivo. Ahí está el caso de ‘Stranger things’, que repitió este año el esquema usado en la primera temporada tal cual. Para no correr ningún riesgo y de este modo no aportar nada de nada. O ‘Por 13 razones’, que simplemente estiró el chicle. No contentos con relatarnos todos los abusos que sufrió Hannah, esta vez repartieron otros más para el resto de la pandilla. Se hizo imposible de atender e increíble de creer. Todas ellas tienen posibilidad de seguir, por cierto, y llega ahora el momento de enmendar los errores y recuperar el brillo.

 

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Temas

el cuento de la criada, segunda temporada, stranger things, westworld

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Sobre el autor

Crecí con 'Un, dos, tres', 'La bola de cristal' y 'Si lo sé no vengo'. Jugaba con la enciclopedia a 'El tiempo es oro' imitando al dedo de Janine. Confieso que yo también dije alguna vez a mi reloj: "Kitt, te necesito". Se repiten en mi cabeza los números 4, 8, 15, 16, 23, 42. Tomo copas en el Bada Bing. Trafico con marihuana en Agrestic y con cristal azul en Albuquerque. Veo desde la ventana a mi vecino desnudo. El asesino del hielo se me aparece en cada esquina y no me importaría que terminase con mi vida para dar con mis huesos en la funeraria Fisher.

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