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Jesús Trelis

Historias con Delantal

El mejor banquete de todos los tiempos

Un buen amigo que anda siempre por la cantina, dejó el otro día por escrito que míster Cooking era algo así como “el Lewis Carroll de la crítica gastronómica”. Y aunque me sonrojó 😳  y este espía sepa ya de antemano que eso obedece a un inmerecida exageración fruto de una buena amistad, quiero que sepan ustedes que me entusiasmó. Tanto que para celebrarlo he hecho llamar al Sombrerero Loco Por un Día y a toda su cuadrilla, el gato de Cheshire incluido. Eso sí, será un banquete más propio de El País de las Maravillas que de un restaurante de alta alcurnia (por muchas estrellas y genios que habiten en su cocina).

Así que, tome asiento y dispóngase a almorzar, merendar, cenar, comer,  saborear, brindar, cantar, bailar, taconear, gritar, recitar, inventar, sonreír… SOÑAR alrededor de una mesa sinfín. Tome asiento y venga a disfrutar de…

EL MEJOR BANQUETE DE TODOS LOS TIEMPOS

La mesa va a ser de roble, olivo y castaño. De mármol, cristal y hierro forjado. Más larga que ese árbol que un día metió Camarena en su ya bendito local ( lugar sagrado en Doctor Sumsi  8); redonda como la mesa cuadrada de los de los otros caballeros del otro rey Arturo, y exaltada, viva, cambiante… alucinante como la de El Somni (qué maravilla) de los grandísimos Roca. Una mesa con mantel y sin él. Lino, puntillas, sedas… Una mesa rodeada de sillas, sillones, bancos… tronos de terciopelo, tallados, majados…. Con cuatro patas, con seis… ¡sin patas!

Lo dicho, tome usted asiento a mi lado, justo en la esquina de la parte superior central vía vertical. Por esa esquina empezarán a servir vinos y comidas los más grandes del lugar. Manuela Romeralo nos traerá el champán; David Rabasa, Alberto Redrado y José Antonio Navarrete, los tres mosqueteros del descorchado, servirán blancos, amontillados, finos, palos cortados… Y algún tinto que otro que te hará volar. 😆  Todo lo que nos pueda ofrecer  Equipo Navazos, el último rosado de Hispanos Suizas… todo lo que fluya de las bodegas de este mundo de fantasías… Vinos que sabrán a tierra y a yodo, a mar y a viña celestial…

(¿Qué le parece si mientras organizamos este tinglado, nos tomamos una copa de Bota Oloroso 46 junto a unas anchoas de mi querida Maribel, del Restaurante El Cabanyal? :-))

Como maestro de ceremonia -lo siento, pero no lo puedo dudar- que se ponga el sombrero de copa Didier Fertiliati (perdón por meterte en esta chaladuría sin previo aviso): almirante de sonrisas, crupier de amabilidad, el mago que reparte ilusión en aquel templo culinario que hay junto al mar. Este restaurante del Tim Burton de nuestra gastronomía (Quique Dacosta, el fabulador). “Hoy querido Didier, serás el Sombrerero Loco por un Día“, le anuncié.

El Elegido

Míster Cooking, más espía que nunca, toma del brazo a Didier. El aún no lo sabía. Iba a aser Sombrerero Loco por un Día.

Y junto a él que venga Chus Mirapeix (Vuelve Carolina) -que para algo fue elegido Camarero del año-; e Yvonne Arcidiacono  (Apicius), para que llene el festín de sensibilidad y le den cierta armonía. Y que me ayude a organizar esta locura Javier (crack) Andrés, para que no se me vaya la cabeza del todo. Que vengan  todos aquellos que quieran compartir mesa y servicio en este festín que es como una Cena de los Sentidos pero sin antifaz; como un Banquete de las Palabras, pero donde no hace falta recitar porque todo son versos sueltos y poemas por los que  las fantasías viajarán. Esta es la gran fiesta de míster Cooking para celebrar un sonoro…

feliz,
         feliz no cumpleaños…
te doy               
         ¿a mi?
¡a tú!                        
  
 

“Pero vamos rápido, sacrifica palabras, ves directamente al grano”, me dijo mi querido Didier. “¿Cuántos vamos a ser?¿A quién piensas invitar? ¿Cuándo van a llegar?”, me preguntó. “Muchos, a todos y ya”, le contesté. “Invito a todos y les espero ya”, reiteré con cierto toque de bohemia entusiasmado. “Me gustaría que viniera Modigliani, y Klimt, y la Gala que inspiró a Dalí; que estuviera por aquí Machado, Hernández y el Melquiades de Gabo, que tanto me atrapó el día que entró en Macondo con sus dos imanes mágicos”, grité por una ventana. Y le dije que esperaba al joven Alfanhuí de Sánchez Ferlosio, al Lord Byron que remó al viento, y a Marlene Dietrich… para que nos cante Lili Marlene… “Feliz, feliz no cumpleaños te doy”, canté una y otra vez.

 

“¡Si hombre, y a Sinatra , y a Juan Carlos Capel con su libreta para que levante acta; y a Audrey Hepburn mirándote de reojo mientras tú bailas claqué sirviendo…. ¿sirviendo qué? ¿tartaaaa?”, me preguntó un excitado Didier. Se nos hace tarde,  se nos hace tarde… ¡los invitados van a venir!“, gritó alterado de pronto  el siempre bueno de Chus (camarero mayor del festín), acompañado por un conejo blanco que miraba muy atacado un reloj de cuerda cuyas saetas paseaban hacia atrás.“Empecemos a desatar la magia que no hay tiempo que perder”, sentencié. “Pedirle a Fernando Gadea su tartar con patatas y tostaditas; que Vicente Patiño meta mano a su ensaladilla (gloria bendita);  y que el maestro traiga gambas de Dénia para todos. Ruégaselo, amigo mío, que así nos aseguramos que los invitados se instalen en el estrato de la felicidad y tenemos buena parte del éxito ganado”, le dije al jefe de sala de Quique.

 

 

Imaginé  que a mi fiesta venían los invitados en globo, con carruajes, colgados de una cometa o metidos en una chistera. Imaginé llegar a los mejores chefs del mundo y aquella gente a la que siempre admiré.  A Kiko Moya con una remesa de sus quesitos frescos que saben almendras y recuerdos; a Francis Paniego con sus archidivinos callos, que saben a tierra y ancestros;  a Ricard Camarena con su siempre celestial menestra en la que, como todo en la vida del picapedrero que quería ser trompetista y acabó de cocinero, nada sobra, nada falta. Todo tiene sentido.

“¿Va a venir la Reina?”, me preguntó Didier Loco Sombrerero. Me entró angustia, “¿Letizia? Debería invitarla”, me dije. “Esta fiesta es real y sideral y magistral…”. Entonces pensé qué debería hacer para que ella se sintiera bien… “Nozomi, a Letizia le gustaría Nozomi“, me dije. Porque es un lugar que parece delicado pero que tiene una fortaleza interior desconcertante. “Creo que le encanta la comida japonesa…”, suspiré. Y me puse manos a la obra… “Que nos preparen un atún de esos maravillosos…”

“¿Y el presidente va a venir?”, me volvió a sugerir mi fiel Sombrerero. Le dije que sí, que Rajoy debería estar, y que le metería en una mesa junto a Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera para que los cuatro torearan sus divergencias y se pusieran a placer sus banderillas. A todos los sentaría en un gran tonel, a lo Casa Montaña, que es de esos lugares que invita a conversar. “Unas bravas, para empezar;  el consomé, para relajar; una carne trinchada.. vaca siete años, para que… para que la sangre no llegue al río”, rumié. “Y Emiliano García, que sea testigo”

Foto de Casa Montaña

Foto de Casa Montaña

Miré entonces a Chus: “Si viene nuestra Mary Poppins Gastro -Cuchita Lluch, para los no familiarizados con el mundo Cooking-, le tenemos que preparar unas ortiguillas al estilo de El Cabanyal, un buen plato del arroz de bacalao con garbanzos que hace su madre; si viene  acompañante con ella, no vamos a dar vueltas, llamamos a Maribel, ya sabes Calle Reina 128 y que nos prepare algo tan sencillo y al tiempo maravilloso como una merluza de pincho a la romana con patatas fritas”. Ole, ole, ole… “Bueno, ella no debe faltar… es el mayor banquete de todos los tiempos…”, exclamé.

 

Sonaron las fanfarrias a lo fondo anunciando que llegaba parte de la comitiva de invitados. Didier Sombrerero Loco Por un Día gritó: “Tranquilidad, todo va a salir bien”. Y sonrió. Entonces, llegaron ellos, los hermanos RausellJosé Antonio y Miguel– con los chicos de la barra, y plantificaron en mitad de la sala una enorme plancha. Y alrededor de ella se pusieron todos, todos los cocineros que conoces y te puedes imaginar.  Y que no te voy a nombrar, porque siempre me dejaría al más del doble por citar. Eso sí, todo cambió cuando con ocho panes llegó Jesús Machi, el rey del buen pan. Y con otros ocho, Josep Rausell de la Tahona del Abuelo. Y con ocho más, los amigos del horno de Manuela…. Y otro hornero más , y otro más… 8 por 8; 64 por 64;  4.096 por 4.096… 16.777.276 panes de verdad fueron llegando de sus manos al banquete, para que no faltara para nadie en lo que era ya un milagro. El nuevo milagro de los panes.

Y entonces, pensando en eso, en lo del milagro, me dije que igual tenía que reconducir mi banquete, que quedara claro que es la gran fiesta de todos, de todo el mundo… Y pensé con los niños que un día se sentaron a mi lado, en el suelo de un restaurante en un lugar perdido de Ecuador llamado Lago Agrio. Recordé que esperaron a que terminara para pedirme los restos. Y me dije rebajando mi euforia inicial que, aunque suene a frivolidad, me gustaría llevarlos a comer a Quique Dacosta y que descubrieran la rosa que es un trampantojo, el huevo mágico que sabe como nada y huele como las hadas, el jardín de flores raras que estallan en el paladar...

Me dije que hay mucho por hacer, y que la gatsronomía también puede ser el más hermoso canto de igualdad. Una forma de reclamar dignidad alrededor de la mesa. “Si viniera Jorge María Bergoglio le llevaría a Casa Caridad a ver a Toni (espero que siga por allí como jefe de cocina) y a los voluntarios que hacen posible ese reto/sueño/milagro… la chispa de lo que allí se vive cada día también me haría falta en mi banquete… De lo contrario, todo esto no tendría sentido….

 

Me puse encima de la mesa y les vi a todos. De Pepe Solla a Dani García (más c0nocido ahora por su buguer de McDonals); de los Sandoval a Jaime Sanz y sus hijos; Begoña, Belén, Bernd, Quique, Kiko, Quintana, Miquel el del Baret, y Ciro y Manuel, Alejandro, los argentinos y los cebolleros, los señores de la Alhambra, del 534, los de la Pascuala, de la Bernarda…¡Todos!  En el gran banquete caben todos. Y vienen todos. Desde el Quillo a Huidobro; de Philippe Regol a Campanilla, Sandra Blasco y Sor Lucia… Mis/tus hermanos, tíos, primos, amigos… Los abandonados, los olvidados, los que nunca entraron a un restaurante, los que no tiene qué comer, los que no comprenden y los que me aman, también. Hasta Mafalda vendría y con ella compartiría una tarta de Ma Khin mientras me mostraría el mundo metido en un redil.

 

 

Me gustaría que todo  esto pasara y que Orlando Lumbreras en su programa lo contara (Placeres Mundanos/ Radio 3); que Gloria Fuertes bajara y levantara acta con poemas con sabor a brindis y que Echanove los recitara mientras a su alrededor copas repletas de alma lloraban gotas del vino de los dioses. Que un acordeón sonara, que un ángel se paseara encendiendo luciérnagas al anochecer, que las barreras de lo imposible se rompieran y que todos entendieran que todo es posible cuando alguien levanta su vaso en un cantina y brinda por ti, por  la vida, por tu feliz, feliz no cumpleaños.

Soñar, sonreír, inventar, recitar, gritar, taconear, bailar, cantar, brindar, saborear… ¡Comer, cenar, merendar, almorzar! Mister Cooking moments…

 

 Y el domingo 5 de abril, en LAS PROVINCIAS PAPEL, sólo te adelanto que hablaré con

EL COCINERO SIN BANDERA

(apto para soñadores)

Cuentos con patatas, recetas al tutún y otras gastrosofías

Sobre el autor

Soy un contador de historias. Un cocinero de palabras que vengo a cocer pasiones, aliñar emociones y desvelarte los secretos de los magos de nuestra cocina. Bajo la piel del superagente Cooking, un espía atolondrado y afincado en el País de las Gastrosofías, te invito a subirte a este delantal para sobrevolar fábulas culinarias y descubrir que la esencia de los días se esconde en la sal de la vida.


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