EL MAESTRO DEL PRADO
Planeta
300 páginas
20 euros
El joven Javier Sierra, estudiante de Periodismo en Madrid, recorre el Prado y se tropieza con un hombre mayor y experto en la intrahistoria de algunas obras expuestas en el museo. ‘El maestro del Prado’ recorre teorías desconocidas sobre las razones ocultas que llevan a pintar una serie de cuadros pintados durante el Renacimiento en los que Sierra asegura que existe una intención de conectarse con el más allá, lanzar mensajes sobre aspectos desconocidos de la vida de Jesús de Nazaret y realizar profecías sobre el fin del mundo.
VALORACIÓN: Sierra ha sustituido a James y sus ‘Cincuenta sombras’ (https://blogs.lasprovincias.es/noslohemosleido/2012/07/18/chulazo-rico-te-va-a-dar-mala-vida/) en el top de ventas de libros en España. Este dato dice mucho de la masa lectora, pero aún más de mi escasa capacidad para conectar con los gustos más comunes. Se hará propósito de enmienda, pero no en este caso que nos ocupa.
Los descreídos ya saben que Javier Sierra no es su hombre. Hace falta un potente deseo de creer en historias en las que todo está conectado como si se tratase de una confabulación mundial y secreta para disfrutar de los textos de este autor. No es mi caso. Mea culpa. Tampoco lo pone fácil Sierra, en esta ocasión, ya que no compone una trama novelada, como sí ocurría con ‘El ángel perdido’ (https://blogs.lasprovincias.es/noslohemosleido/2011/03/15/mistica-mitologia-aventura-y-algun-delirio/). Esta vez enumera obras de arte colgadas en el Prado que él considera que poseen componentes que las vincula al más allá. El argumento es prácticamente nulo. Da la sensación de que el autor quería hablar de esos cuadros, y quería enlazarlos a través de una trama que, en el mejor de los casos, está cogida con pinzas, lo que provoca que el libro se te caiga de las manos. Abundan libres interpretaciones sobre elementos de los cuadros que “podrían ser” esto o aquello, teorías sobre un hermano gemelo de Jesús o sobre la afición de Carlos V por las ciencias ocultas. Especialmente libérrima es la conjetura que ofrece sobre una serie de caras de ‘El jardín de las delicias’. Curioso es, además, cómo el autor, desde la figura del maestro, se define a sí mismo, a Javier Sierra, cuando tenía 20 años, en la página 170, diciendo: “Eso es lo que me gusta de ti, hijo: que tu curiosidad siempre es más fuerte que tu voluntad”. En mi caso, sin embargo, es una voluntad férrea y un punto sádica la que me ha permitido terminar el libro, porque de haber sido por la curiosidad que me provocó el argumento, no llegó a la página 300 con total seguridad.
BURGUERA