La verdad, para qué lo vamos a negar, me hizo mucha ilusión la llamada. Yo estaba en mi País de las Gastrosofías, con la cabeza paseándose por algún tartar –quizás el de Askua-, cuando sonó el teléfono: “Hola, ¿te gustaría ser jurado de un certamen de tapas en Valencia?”. Mis reflexiones, que muchas veces andan más bien lentas, en ese instante se aceleraron: tapas, Valencia, jurado, ¡¿yoooooo?! Eso de que cuenten con uno le cultiva el ombligismo. Ya sabes, la cultura del ego subido. Y aunque no es lo mío, me dije. “Adelante Supercooking, que esta misión promete”. Dije que sí. Perdón, en concreto dije: “sí, sí, sí…” (a la buena gente de Cervezas Turia que pensó conmigo). Y me puse en manos de mi hada madrina: “conviérteme en algo así como un #HumanoListoParaSerJurado”. Como en el Cuento de la Cenicienta, vaya. Y ella lo hizo encantada. Bueno, me dijo lo de siempre: “Ya sabes qué te pasará cuando suenen las doce campanadas…” Todo daba igual. En mi cabeza sólo tenía tapas, tapas y más tapas. Y alguna cerveza 😉
Cogí mi cámara de fotos, me puse el traje de humano -con camisa y todo- y me dejé caer en la noble calle Marqués de Dos Aguas de Valencia (que es donde Turia tiene su casa-homenaje a la mítica cerveza). Allí conocí a los respetables miembros del jurado. Al resto. Los amigos de la Asociación Valenciana de Gastronomía –Sergio Adelantado, Rafa Alcón y, por supuesto, al frente del comando, Cuchita Lluch, su presidenta (pasión gastronómica)-. Junto a ellos, el cocinero Jordi Ferrer, el director de la Escuela de Hostelería, Ángel Campillo, y don Paco Roca, el pequeño gran dibujante que hace correr las emociones entre viñetas. Me sorprendió verlo sin pijama… 😀
Parte del jurado: Cuchita Lluch, Paco Roca, Rafa Alcón y el cocinero Jordi Ferrer. Foto Cervezas Turia.
Me presenté como un espía del País de las Gastrosofías que venía a comer tapas con ellos. Y me sorprendió, porque no les extrañó. Digo yo que pensaron que era un espía más, como ahora eso está tan de moda (Merkel’s Síndrome). El tema es que nos pusimos a hablar y hablar cuando, de pronto, como si esto lo hubiese escrito el delirante Lewis Carroll aparecieron ellos. ¿Qué quienes eran ellos? Pues un ejército de botellines de cerveza Turia que se plantificaron ante nosotros para hacernos los honores. “¡Firmes!”. Hubo fotos, aplausos de bienvenida, unos tragos y más palabras. Después, con la espuma de la reinventada cerveza haciendo cosquillas entre los labios emprendimos la senda en busca de la tapa increíble. Un verdadero maratón…
Paso a paso acabamos en Huerto Santa Clara rodeados de tapas. Todas nos miraban inquietantes. Entre ellas, sugerente como la Salomé bailando ante Herodes de Gustave Moreau, una espectacular dama de formas indescriptibles metida en una tapa. “¡Olé!”, grité con emoción contenida. La cogí como si fuéramos a bailar un tango. Ella se dejó querer. Y mordisco a mordisco iniciamos en mi paladar una danza de sabores. La gamba con su toque picante, la gula, el rospy de patata, bacon…. Interesante para empezar. Trago de cerveza y seguimos camino.
Junto a los compañeros de ruta, me dejé llevar por la serpiente de la ciudad: mucha gente, turistas y paellas al sol de las que prefiero no hablar. Acabamos escribiendo una nueva historia sobre otra tapa junto al Hotel Astoria, allí donde duermen toreros, escritores y actores. Cervecería Puerta del Mar, se llamaba el restaurante. Entramos, los botellines nos hicieron de nuevo los honores y llegaron ellas. Dos tapas sobre el ring de porcelana. En un lado, potente, contundente, con un aspecto muy saludable: la bombita de jamón ibérico. Al otro, aparentemente más enclenque pero con la fuerza interior como arma secreta: la zamburiña al horno con muselina de ajo suave.
“¿Por quién apostar? ¿Cuál me iba a comer?”… Me entretuve tanto con mi pensamiento que el escurridizo pequeño gran dibujante aceleró la marcha y me arrebató la croqueta. “Una croqueta siempre es una croqueta”, me pareció leer en su pensamiento. Yo en un primer instante quedé K.O. Pero bueno, luego recapacité: ¡si tengo mi zamburiña! Y quedé complacido. Paco me señaló con el dedo pulgar hacia arriba: “Esta croqueta no está nada mal”. Nos reímos y pensamos que éramos el jurado ideal para no saber a quién premiar…. “Menos mal que están los chicos de la academia y el cocinero Jordi Ferrer”, pensé.
Y rodando por el asfato llegamos hasta el conocido Sierra Aitana, pensando que la cosa se estaba animando. Un bailoteo, una sesión de boxeo gastronómico y…. “¡Atención, atención!”, gritó desde un lado de la barra un botellín de cristal convertido en paje real. “Con ustedes, la Princesa Blanca”, vociferó. Pensé que la cerveza se me estaba ya subiendo a la cabeza porque los botellines no hablan, pero lo cierto es que sobre la barra del restaurante apareció una princesa blanca hecha con queso de cabra, coronada con cebolla confitada y aposentada sobre una tosta con sobrasada. Miré al resto del jurado y les vine a decir: “Esta es mía”. Y me la comí sin pensar. (Ellos tampoco se quedaron atrás). Crujiente su pan, suave la sobrasada, el queso de calidad y la cebolla en su justo punto. La sencillez de la princesa del pueblo.
Andaba a esas alturas ya flotando -los botellines hablando, los sabores de las tapas jugueteando…- cuando de nuevo, redoble de tambores y el botellín paje que grita: “Llega la hora final. Disfruten, señoras y señores, del solomillo Real”. Pensé que esto con tanta realeza parecía un reportaje de Hola! pero me equivoqué, era muy real ese solomillo que llegó espectacular con un juego de queso fresco en su interior, confitura de frutos rojos en su corazón y un casquete ‘colorao’ para dar color y vida a una gran tapa.
Y entre sorbo y sorbo, tocaron las doce campanadas -no sé de qué reloj porque era eso de las dos y media-. Y como en los cuentos, salí corriendo de mi sueño antes de que el hechizo se esfumara. Eso sí, dejándome por el camino mi último botellín de cristal, mi última cerveza Turia. Como Cenicienta cuando perdió el zapato…
Una vez en casa me dormí agotado pensando en la ruta de las tapas. Mejor dicho, fallecí de tanta tapa. Y de camino al infierno de las pesadillas inesperadas, desperté sobresaltado. Resucité y me acordé de todas las que no había podido comer: croqueta de chipirones, trufa de morcilla y manzana, albondiguitas campanolo, huevos al escondite harinados con cerveza…
Y cautivo de mis fantasías culinarias me perdí en el más allá entre tapas y tapas, hasta que llegó un enviado de la Princesa Blanca con un botellín en la mano. Le di un sorbo y le dije: “Sí es mi cerveza”. Y me fui con la princesa…. 😉 Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.
1. LOS PROMOTORES. Mi agradecimiento a todo el equipo de Cervezas Turia y el grupo de hosteleros que impulsan la iniciativa por el excepcional trato. Cervezas Turia junto a un amplio abanico de locales de Valencia te ofrece 2 tapas y un tercio por 2,70 euros del 25 de octubre al 3 de noviembre en su ruta de tapas. Puedes encontrar toda la información adicional si te interesa en su facebook. Qué restaurantes participan, los concursos…
2. EL JURADO. La realidad es que se disfruta comiendo tapas y tomando una cerveza tan especial como la Turia, pero también se disfruta mucho aprendiendo y compartiendo reflexiones con los compañeros de la Academia Valenciana de la Gastronomía y con un pedazo de maestro como Paco Roca, que además de ser un genio del ingenio es pura amabilidad. Au!
Se acabó el ticket. La semana que viene más.
Ya sabes que me encuentras en jtrelis@lasprovincias.es
¡Salud!