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Jesús Trelis

Historias con Delantal

La Tasquita de Enfrente: la cocina de los versos descalzos

“¿Para qué voy a escribir de la Tasquita de Enfrente si ella lo dice todo sin decir nada?”, me dije.

De hecho, salí de allí pensando que sobran las palabras porque su historia la escribe su propia energía: esa que se escapa a raudales por los entresijos de esta casa de comidas de la calle Ballesta de Madrid. Una casa de comidas que ha ido encadenando vivencias, relevo de existencias,  alrededor de ocho mesas. “Lo que más me ha gustado no ha sido la comida, que también; lo que más me ha cautivado ha sido tu Tasquita, el espacio, la experiencia”, le dije a Juanjo López cuando me despedía.  

A la derecha, en una esquina, junto a la puerta, en la zona de tapeo, una mesa rodeada de cuadros y una urna en la repisa. Allí, toda su historia. Su vida. Esa que fluía por el pequeño local en cada esquina, en cada trazo de esos lienzos llenos de historias, en cada plato que era como un verso.  Mínimo. Descalzo. Limpio. Morrillo, chirivía, trufa y aceite de oliva.  ¿Para qué voy a escribir de la Tasquita, si ella lo dice todo sin decir nada?

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I. “¿Para qué voy a escribir de la Tasquita de Enfrente si ella lo dice todo sin decir nada?”, me dije.

“Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente”. Releía a Julio Cortázar mientras dejaba pasar el tiempo a la espera de que llegara la inspiración y se sentara junto a mí en la mesa. Sobre ella, reposaban los recuerdos de la Tasquita como una botella de vino que necesita airearse para recuperar todo su arte.

Recordé ante los Cronopios y las Famas, los platos de aquel lugar al que llegué un poco aturullado. O más bien, nervioso. Ansioso por conocerlo y disfrutarlo. ¡Me había hablado tanto! De hecho, me quedé al poco de estar en casa de Juanjo y los suyos, tras los primeros pasos de plato en plato, como noqueado. No por la sorpresa (que la hubo en algún caso), sino por la absoluta FRANQUEZA de cada una de sus propuestas.

Sus platos se mostraron ante mí como versos descalzos. Versos sueltos, poemas mínimos, a los que no les hacía falta rima, ni el corsé de un soneto, ni ser acotados por notas a pie de página que te expliquen qué te está pasando. Cada plato era un verso libre en toda su plenitud. Empezaba y acaba en él. Silencioso, pero intenso. Refinado. Como un abrazo con el que Juanjo te quiere dejar claro que en un solo producto, en una única palabra,  se puede esconder un océano, un paraíso, la esencia de todo, el alma. Un océano en un boquerón; un paraíso en unos guisantes; la esencia de un todo en un calamar, y el alma en un morillo memorable. Versos descalzos.

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II. “¿Para qué voy a escribir de la Tasquita de Enfrente si ella lo dice todo sin decir nada?”, me dije.

“¿Lo notas?”, me preguntó Cillero (Enrique Cillero de  Cillero&Motta) ante un carabinero al papillote que se desplegó ante mí, abierto en canal. Cenábamos juntos, por esas coincidencias de la vida -dos comensales solitarios que deciden compartir cena-,  en la primera mesa del comedor a mano derecha. Un rincón a espaldas de la bodega y bajo dos lienzos que mostraban cuerpos desnudos descorchados y un general por un pez devorado. Todo desbocadamente literario.

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El carabinero era lo que era, pero no lo veía. Sólo pude descifrarlo en toda su dimensión cuando besé su cabeza apasionadamente. (Con lengua, que diría Abraham García, maestro de guisos y de vida). “¿Sobrasada?”, le pregunté emocionado, descubriendo que lo que Juanjo hacía era chapotear contigo ofreciéndote sabiduría. Sabiduría tan concentrada, como en cualquier cuadro de los que en su casa colgaba, cualquier recuerdo, cualquier poema de Gloria Fuertes que siempre me acompaña. Y más en UN sitio como éste, que rezuma alma;

No matemos al vecino

invitémosle a tocino.

(De ‘Pacifista de verdad (Una que quiera llegar)’

siempre Gloria Fuertes

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III. “¿Para qué voy a escribir de la Tasquita de Enfrente si ella lo dice todo sin decir nada?”, me dije.

Descubrí, saboreé, toqué, viví en aquella mesa sus poemas mínimos, sus guiños a antaño, sus historias escondidas  en cada uno de sus bocados. Y  sentí observándolos…

Sentí… emoción ante la ensaladilla, que parece hecha para gozar con ella de tal manera que te llegues a preguntar: ¿para qué más, si con ella puedes tocar con tus dedos el mejor de los tesoros que escondiera Alí Babá?

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Sentí… intensidad ante la ostra, elegante como LA angora. Sentí… mariposas en el estómago (frase tan redicha a la que no puedo ni debo renunciar) ante el boquerón, al descubrir cómo me podía cautivar tanto tan mínimo bocado (la elegancia de un escabeche mimado).

Sentí… pasión desbordada ante los guisantes del Maresme con su chalota casi invisible y su trufa casi imbatible. Pasión por sentir en tu paladar toda la sensualidad del mundo en un torrente de dulzura, frescor, huerta…

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Sentí… una absoluta excitación ante el morrillo de salmón con la crema de chirivía, de nuevo con su trufa, que fue eso que llamamos placer en mayúsculas. (Perdonen mis pasiones desbordadas… ya me hago dueño yo de ellas).

Poesía culinaria en un carabinero al papillote con su cabeza tocada por la sobrasada que podría ser un Brossa de la Tasquita. Poesía en su calamar plancha que sintetiza todo de lo que te hablaba. Poesía en su lenguado a la meunière y todo un poemario en sus callos. Y, para dejarte flotando, su tarta de queso que, ya no exagero más, pero era digna de un buen alegato literario.

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Verso descalzo: el océano en un calamar.

Verso descalzo: un lenguado en su propio mar.

Verso descalzo: un lenguado en su propio mar.

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Verso descalzo: con la verdad me callo. O callos de verdad.

 

Verso descalzo, una tarta que parece un abrazo.

Verso descalzo: una tarta que parece un abrazo.

 


LA TASQUITA A SORBOS

El primer vino que me sirvieron (nos sirvieron) fue un OVNI de bodegas Navazos. En la etiqueta, un funambulista lanzaba bolas al aire, también ejerciendo de equilibrista. Hommahe, Alsace Kientz, Sake, Pegasus Bay Riesling, Collates, Main Divide Pintor Gris 2014. Las Señoras. Fue como un espectáculo paralelo para el paladar. O quizá no paralelo, sino trenzado. Cada plato tenía su compañía y valía la pena (mucho) disfrutar de ella; cada sorbo te contaba su novela. Aunque ando de retirada de maridajes trepidantes, casos como éste son la grandiosa excepción.

(A tus pies, Arturo).


 

IV.  “¿Para qué voy a escribir de la Tasquita de Enfrente si ella lo dice todo sin decir nada?”, me dije.

En realidad sí que podía decir algo. Superficial. Que Juanjo luce mocasines de cuero fino y chaquetilla blanco-impoluto que parece hasta almidonada. Como queriendo transmitir señorío. Aunque cerca de él, cuando empiezas a derribar la fachada, ves en Juanjo al cocinero que dejó la corbata porque su verdad le empujaba hacia el cálido fuego de la cocina que abrieron sus padres hace cincuenta años. Y la cocina le empujó a buscar en ella la franqueza que en muchos casos le falta a la gastronomía. No hay doble filo, ni mentira en su poesía. Ni siquiera metáfora. Todo es tan sencillo que roza lo magistral cuando das cucharada a sus callos y el paladar llora EMOCIONADO.

Salí, sí, EMOCIONADO. Había cenado con Enrique Cillero, ya te dije. Esas conversaciones enriquecen. Hablamos hasta de la poesía de Rafa Brines. “Y el pecho se consuela, porque sabe/ que el mundo pudo ser una bella verdad”. Devoramos el tiempo de aquella noche en ese templo de la cocina madrileña, en el que en una sola noche observé -como espía que uno es- que se dieron allí cita gentes de la gastronomía: los que editan las mejores historias al albor de la cocina en estas tierras desde 1905; quien mima como nadie al padre de las estrellas (Michelin, para darte más pistas); unos japoneses que lucen tres de ellas; un hostelero que hace con la trufa destellos por esa Huesca que añoro; la buena gente de Murri (Alicante),  y hasta el maestro de la luz, que en Noor crea la cocina vanguardista que da alas a la historia cordobesa.

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Así se mostró ante mí La Tasquita. Tan aparentemente sencilla como a su vez viva. Así se mostró ante mí el alma de la Tasquita de Enfrente, esa que aún alguna noche me despierta con sus caricias. Unos guisantes, un boquerón, un calamar desnudo y un sorbo de Las Señoras.

 


 

V. “¿Para qué voy a escribir de la Tasquita de Enfrente si ella lo dice todo sin decir nada?“, me pregunté… hasta que leí unos versos de Ángel González y encontré la respuesta:

“A veces, las palabras se posan sobre las cosas como una

mariposa sobre una flor, y las recubren de colo-

res nuevos”.                                                                                   

 

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Cuentos con patatas, recetas al tutún y otras gastrosofías

Sobre el autor

Soy un contador de historias. Un cocinero de palabras que vengo a cocer pasiones, aliñar emociones y desvelarte los secretos de los magos de nuestra cocina. Bajo la piel del superagente Cooking, un espía atolondrado y afincado en el País de las Gastrosofías, te invito a subirte a este delantal para sobrevolar fábulas culinarias y descubrir que la esencia de los días se esconde en la sal de la vida.


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